Nada crees, nada eres

einsteinHubo un tiempo en que enfrenté con tenacidad al ateísmo del internet y así surgieron una serie de artículos: El origen de Occidente, La anomalía abrámica, Virtud y buena ciencia, El rigor y la verdad, La estrella; por citar algunos que la gente hizo populares. Sinceramente me cansé de escuchar las mismas respuestas, los mismos gastados argumentos que no resisten el menor embate. He llegado a la conclusión que la mayoría de los ateos de hoy día están más interesados en no creer en Dios que en buscar la verdad de las cosas, al menos de las cosas que les interesan.

Hace poco en una charla que tuvo lugar en un clásico café de Buenos Aires, tuve la oportunidad de volver a proponer las preguntas de siempre a unos escépticos que volvían sobre los viejos argumentos: el mal en el mundo, las inquisiciones, Galileo, los curas pedófilos, Pío XII el “Papa de Hitler” etc. Las horas se sucedieron y los argumentos fueron cayendo uno por uno. Uno de ellos me aseguró que nunca había considerado que la idea del mal como alteración indeseable del bien, pudiera ser una prueba de la existencia de un Bien último y personificado, una “especie de Dios” en la que él, sin saberlo, creía. Creemos en el pan duro porque al menos sospechamos la existencia del pan fresco y no se le puede tener bronca al panadero porque el pan de ayer es duro si, en primer lugar, no creemos en la existencia del panadero.

De ahí pasamos a Galileo y mis interlocutores nuevamente se sorprendieron al ver que la Iglesia, en su crítica piadosa de la propuesta determinista de aquel hombre de ciencia, se había adelantado en unos cinco siglos a Heisenberg y su principio de incertidumbre. Les sorprendió también que la famosa frase “eppur si muove” fuera la invención de un cronista londinense y no de Galileo. Luego tuvimos oportunidad de estar de acuerdo en el problema de la pedofilia y les presenté el hecho del Padre Gordon McRae, condenado a prisión perpetua por el testimonio contradictorio de un grupo de jóvenes delincuentes que se enriquecieron como resultado de acusarlo sin otra prueba que sus dudosas e incoherentes declaraciones.

Más aún les sorprendió que la dupla papal Pacelli-Roncalli hubiera salvado la vida de más de 800.000 judíos, que los católicos alemanes en su amplia mayoría NO votaron por Hitler, etc. para eso usé los documentos y argumentos presentados ya hace años en el artículo Es la hora de acusar. Hacia el final de nuestra larga e interesante conversación llegamos al tema del darwinismo y la argumentación hizo necesario explicar como se calcula la edad del Universo. Hizo falta echar mano de un papel, explicar lo que es el efecto Doppler, una pasada básica sobre lo que es el espectro lumínico y dónde salía la famosa fórmula de Einstein, etc. A este punto, mis pacientes amigos ateos expresaron su sorpresa de que “un creyente” pudiera explicarles la Relatividad brevemente. Claro, en sus mentes, una persona creyente debe ser una especie de idiota que balbucea “el mundo es muy difícil y por lo tanto Dios es necesario”.

Cuando terminamos, hubo un momento de silencio y mientras esperábamos la cuenta se me ocurrió pedirles que pensaran en lo que su mundo sería si los cristianos no existieran. Les llamé la atención a las buenas cosas que la Iglesia trajo a Europa: la genética de Mendel, el modelo matemático de Georges Lemaître, las fórmulas del creyente Newton, los hospitales que por cientos son mantenidos en todo el mundo por caridades cristianas, las escuelas parroquiales que educaron niños por cientos de años antes que a las naciones-estado se les ocurriera la idea de la educación laica, los orfanatos, y todos aquellos inventos cristianos como el códice o la imprenta, etc. Les propuse que, si alguno de ellos se enfermaba, buscara con paciencia un hospital fundado y mantenido por ateos en donde seguramente se verían protegidos de la nociva influencia de inquisiciones, monjas, Padrenuestros y Crucifijos. Sonrieron en silencio y me dieron honestamente la razón.

Lo cierto es que mi breve exposición ni siquiera tocó la superficie de lo mucho que el cristianismo ha traído al mundo. Para muchos de nosotros la Iglesia es lo único que en estos días se parece a una comunidad real. Sigo esperando el grupo de ateos que abra un hospital, que provea refugios para los desamparados, asistencia a los ancianos, ministerios de rehabilitación para drogadictos y delincuentes, ropa para los pobres y comida para los hambrientos. La versión atea de la Madre Teresa brilla notoriamente por su ausencia.

¡Qué sería de este mundo sin esos “hipócritas” cristianos! Bueno, continuaría siendo algo así como el Imperio Romano, en el cual el ateísmo se reducía a no creer que el emperador fuera un dios y por lo tanto era un crimen contra el estado que se castigaba con la muerte. Curiosamente, el crecimiento del ateísmo y escepticismo ignorante pareciera estar causando la muerte moral de esta sociedad mundial que, en busca de la Sodoma feliz, solo ve en Dios un obstáculo y en el amor humano una molestia infame. Y mientras tanto marcha decididamente hacia su propia disolución.

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