Aquel abrazo

abrazoDuró sólo un momento. Su familia y amigos llevaron a Vinicio Riva, 53 años de edad, a la Plaza de San Pedro para que viera al Papa. Vinicio — un vecino de Vincenza, Italia — sufre de neurofibromatosis, una enfermedad genética. Ese padecimiento lo ha dejado cubierto de brotes verrugosos. Nuestro hermano Vinicio es un católico devoto. Debo admitir que su fe me hace sentir vergüenza por todas las veces que he claudicado al pasar por alguna pena menor que ni se compara con lo que sufre nuestro buen hermano Vinicio.

Hace muchos años cuando yo era mucho más joven la radio solía pasar una canción que se puso de moda. El cantautor, Gilberto Gil, escribió esa canción en un miércoles de cenizas justo cuando partía de Brasil para exiliare en el Reino Unido. Para aquellos que vivimos en los turbulentos años 70 en Latinoamérica esa canción fue un recordatorio agridulce de que aún la más feliz de nuestras expresiones culturales están conectadas con nuestros conflictos políticos y sociales. La canción en portugués se llama Aquele Abraço. Tomaría horas traducir todo lo que esa expresión llegó a significar con los años. Quiere decir, por supuesto, “Aquel abrazo” pero hay muchos otros significados asociados con ella: añoranza, melancolía, mucho dolor y muchas alegrías todo eso envuelto para siempre en dos palabras.

Así pensaba cuando vi a Francisco abrazar a Vinicio, Vinicio el deformado, nuestro hermano que carga con las marcas de una horrible enfermedad. Vi al Papa Francisco abrazarlo y vi durar ese abrazo, consolando al hombre que luego confesaría que su corazón “casi se le salía del pecho” en una oleada de indescriptible emoción. “Aquel abrazo”, pensé.

Recordé también la historia del padre Jean-Baptiste-Marie Vianney a quien se le dio la gracia de contemplar su propia alma y que no pudo comer por varios días después de esa visión, tal fue la impresión que su propia preciosa y santa alma le causó. Volviendo a pensar en la canción se me ocurrió que Francisco abrazando a Vinicio era una gloriosa metáfora que solamente Francisco podía traernos. ¡Nuestras almas están heridas por tantas cosas! Avaricia, falta de amor, indiferencia, modernismo, idolatría, egoísmo, autosuficiencia … nombremos cualquier clase de verruga, las tenemos todas en profusa abundancia. Si el Padre Vianney encontró repugnante su alma, imaginaos lo que la vuestra y la mía debe parecer! Yo sé lo que parecen: mucho peor que el dulce rostro de Vinicio y no tan blancas como la sotana de Francisco. Porque no solamente estamos llenos de verrugas y deformidades, también las amamos y esa es la terrible herencia del pecado original.

Y aún así, aquel abrazo, esos brazos abiertos como los del Redentor sobre la bahía de Guanabara; esos brazos, que nosotros herimos con la Cruz, quieren abrazarnos. ¿Fue por casualidad que esa canción le llegara a su autor en un miércoles de cenizas, en Rio de Janeiro, bajo la mirada de Jesús que lo observa todo desde el Corcovado? No creo que haya sido casualidad. Porque ése miércoles de cenizas fue — como todos los miércoles de cenizas — un recordatorio de lo que el pecado nos ha hecho y lo que la redención del exilio del pecado significa.

Un papa latinoamericano abraza a un hombre herido en la Plaza de San Pedro. En aquel abrazo Cristo abraza a todas las almas porque nuestras llagas no son suficientemente feas como para detener Su amor.

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