Marxismo cultural

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La destrucción de la Cristiandad por el marxismo cultural es un proceso que lleva ya unos siglos madurando. Irrumpe en forma global con la generación de 1968 pero esa irrupción es como la fiebre, última reacción de un cuerpo enfermo que ha incubado un mal ya por algún tiempo. El marxismo cultural es al anticristo lo que el Evangelio es a Cristo. De la palabra de Cristo surge el Evangelio diáfano, la fuerza que ordena la nueva creación por Dios comenzando por el alma de los hombres. Como todas las imitaciones de lo divino son similares al bien pero de sentido distinto, el marxismo cultural como evangelio falso sale del corazón del hombre subyugado por el pecado, se opone a Cristo y aparece como resultado de una corrupción previa y total. De Cristo viene el Evangelio pero el anticristo, por el contrario, aparece después de esas “malas nuevas” que preparan el mundo para su llegada y el acto teatral de una falsa salvación. Es el mysterium iniquitatis.

Ese misterio de la iniquidad ha existido desde tiempos apostólicos y se ha manifestado en oposición al bien del hombre si hemos de creer lo que San Pablo declaró.

Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos…” — 2 Tesalonicenses 2, 7-8

Hacer una reseña de la evidencia de este espíritu maligno llevaría muchas páginas y está fuera del alcance de este escrito. Baste entonces hacer un resumen.

Manifestaciones históricas

Es en tiempos de Constantino que el Obispo de Bizancio reclama para sí el papado, ya que el Imperio muda su capital a aquella diócesis. Con muy mala teología pero aventajado sentido político, el Obispo de la que sería luego Constantinopla argumentó que la Iglesia debía seguir al Estado, pensamiento al que el Iscariote probablemente se le adelantó. Ubi Petrus ibi ecclesia, et ibi ecclesia vita eterna fue la respuesta del orbe cristiano a las ambiciones del Primado Bizantino. La Iglesia se quedó en Roma hasta hoy y el Imperio Romano quedó para los libros de historia. Pero aquella primera ambición bizantina no se apagó y la fidelidad a Roma fue en algunos casos tenue en otros fuerte, dependiendo de la fe de los obispos orientales y de las cambiantes circunstancias de la historia. Hasta que en 1054 los obispos de Roma y Constantinopla cruzaron excomuniones y el Oriente Cristiano se fue por su propio camino. Arduo camino que lo llevó a sufrir primero los ataques musulmanes y luego la opresión del comunismo ateo amén de una buena sucesión de invasiones y tiranos inaguantables de diversos orígenes.

Para finales de los 1400 los arietes musulmanes golpeaban las puertas de Constantinopla y los seguidores de Mahoma no se detendrían hasta que fueran derrotados a las puertas de Viena. Escribe Toynbee: “El fracaso del sitio de Viena detuvo la oleada de conquistas otomanas que había venido inundando el valle del Danubio ya por un siglo.” Lo que nos importa es que la presión impuesta por el Islam envió a muchos pobladores del Asia Menor hacia la relativa seguridad de la Europa cristiana. Y con esos refugiados llegó ese espíritu que luego Von Balthasar llamaría Der antirömische Affekt, “la actitud anti-romana.” Menos de un par de décadas habían pasado desde la caída de Constantinopla cuando Lutero clavó sus tesis en la puerta de aquella iglesia de Wittemberg el 31 de octubre de 1517, iniciando así el Cisma de Occidente. Lo que nos importa en este análisis es que la rebelión de Lutero fue esencialmente la negación de la paternidad espiritual del Papa de Roma. La peligrosa idea de Lutero trajo muchas y muy funestas consecuencias pero nos interesa el “mensaje” que envió al mundo entero: si uno puede cargarse la paternidad papal, ¿por qué no cargarse al rey? dijo la Revolución Francesa. Y si nos podemos cargar al rey ¿por qué no cargarse a la nobleza? dijeron los burgueses — enriquecidos por las aventuras comerciales europeas en Oriente y América — que ya formaban incipientes corporaciones en Holanda e Inglaterra. Y no tardó en llegar Marx y proponer que nos cargáramos a los burgueses también.

De esta serie de rebeliones y de la progresiva destrucción del viejo orden post-romano conocido como la Civilización Occidental surgieron tres postulantes que luego analizaremos en más detalle. El capitalismo liberal, el socialismo fascista, y el socialismo comunista. Para 1918 habían logrado destronar o emascular a todas las testas coronadas de Europa. Los más afortunados como los Windsor fueron transformados en muñecos de exhibición patriótica. Otros menos afortunados como los Romanov fueron pasados por las armas o desterrados en desgracia.

La Segunda Guerra Mundial se peleó en gran medida para dirimir cuál de los tres postulantes habrían de regir el mundo. En realidad ninguno de los tres se impuso totalmente. Sin embargo uno de ellos, el componente marxista, fue transformando su modus operandi y aunque sus derrotas en el campo militar, económico y político fueron muchas, su avance en el campo cultural puede considerarse una macabra obra maestra. El marxismo cultural ha inundado el mundo y ha conquistado los corazones de la juventud.

El asalto principal es contra la Iglesia de Cristo, la joya que el César Romano no pudo comprar y que Napoleón, Hitler y Stalin en vano soñaron destruir. Ha sido una larga y agotadora batalla que comenzó en los polvorientos caminos de la Galilea romana cuando un hombre extraño y hermoso, Jesús de Nazareth, apareció clamando “¡Arrepentíos y creed en la Buena Nueva!” Ese hombre conquistaría Roma desde las alturas del Calvario de Jerusalén. Su historia es la historia más fascinante jamás contada.

La conquista cristiana de Roma

San Judas Tadeo, que padeció el martirio en Siria, nos dejó una advertencia en su única carta universal. En ella se intuye algo profético:

“Quiero recordaros a vosotros, que ya habéis aprendido todo esto de una vez para siempre, que el Señor, habiendo librado al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó después a los que no creyeron; y además que a los ángeles, que no mantuvieron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados con ligaduras eternas bajo tinieblas para el juicio del gran Día. Y lo mismo Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, que como ellos fornicaron y se fueron tras una carne diferente, padeciendo la pena de un fuego eterno, sirven de ejemplo. Igualmente éstos, a pesar de todo, alucinados en sus delirios, manchan la carne, desprecian al Señorío e injurian a las Glorias.” — Epístola Universal de San Judas 1:5

En esto se advierte la preocupación del santo por el rebaño que quedará en la tierra después de su muerte. Los cristianos son esencialmente un pueblo liberado pero como los israelitas de antiguo son también un pueblo en peligro de caer en el disfavor del mismo Dios que los liberó. San Judas no se refiere a un mero desliz, o a una desobediencia ocasional. El santo más bien nos advierte contra la caída completa, una alucinación, un delirio que resulta de la locura de querer vivir sin Dios, de elegir ser enemigo de Dios y de la gente de Dios. Que esto ocurra luego de ser liberados de la oscuridad y el pecado sólo sirve para hacer aún más horrible la perspectiva de ese mal.

Hoy podemos mirar a lo que fue Roma, la formidable potencia contra la cual se miden y a la que se comparan todos los aspirantes al dominio del mundo. Esa Roma, cuyas tribus intuyeron tan temprano el arte de gobernar que de ellos heredamos, la República, la idea del Senado y los Tribunos, la vigilancia que los pueblos deben imponer sobre sus gobernantes para mantenerlos probos … a esa Roma ya degenerada en mero imperio llegó Nuestro Señor sabiendo bien que se terminaba la función y que el mundo no iba a poder renacer de las cenizas de una Roma carcomida por el vicio público y privado. El paso, al principio casi históricamente imperceptible, de Cristo por este mundo dejó una banda minúscula de judíos a cargo de efectuar la salvación del orbe. En su gran mayoría los apóstoles cristianos eran hombres sin mucha educación, sin poder, sin otra arma que la persuasión y el testimonio interior del hecho más asombroso que hombre alguno hubiera presenciado: el regreso desde la muerte de su Señor que ahora los enviaba a revivir a un mundo muerto.

La magna tarea fue realizada en un tiempo bastante breve, quizás unos 300 o 400 años, según qué criterio se use para contarlos. Lo importante es que la conquista de Roma por el cristianismo consistió no en batallas entre ejércitos sino en la conquista de la mente y la voluntad de los hombres y mujeres del mundo grecorromano, uno por uno hasta cambiar la cultura de la muerte por una cultura de la vida.

No mucho después de la muerte de Cristo comenzaron a sucederse las oleadas de invasores bárbaros que gradualmente contribuyeron a la muerte definitiva del imperio. En ese contexto la Iglesia ya extendida por todo el mundo antiguo ayudó a amortiguar el golpe, convirtiendo a los bárbaros a la fe de Cristo y sentando las bases para esa nueva cosa que reemplazaría al antiguo orden y que se llamó Cristiandad. Esa viña plantada por el Señor floreció e impidió la disolución total de la Europa romana, desarrollando a su tiempo la pujante Civilización Occidental que extendería su influencia por todo el globo.

Es importante ver que la conquista de Roma por los cristianos fue primeramente una conquista moral, cultural, e intelectual antes de ser una conquista política o militar. Con el tiempo, el enemigo, mal imitador de Dios, usaría la misma estrategia para tratar de arrasar la viña plantada por el Señor.

Orden sin autoridad

San Pablo nos habló de ese tiempo de rebelión contra Dios y su creación:

“No os dejéis engañar de ninguna manera, porque primero tiene que llegar la rebelión contra Dios y manifestarse el hombre de maldad, el destructor por naturaleza. Éste se opone y se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de adoración, hasta el punto de adueñarse del templo de Dios y pretender ser Dios. ¿No recordáis que ya os hablaba de esto cuando estaba con vosotros? Bien sabéis que hay algo que detiene a este hombre, a fin de que él se manifieste a su debido tiempo. Es cierto que el misterio de la maldad ya está ejerciendo su poder; pero falta que sea quitado de en medio el que ahora lo detiene. Entonces se manifestará aquel malvado, a quien el Señor Jesús derrocará con el soplo de su boca y destruirá con el esplendor de su venida. El malvado vendrá, por obra de Satanás, con toda clase de milagros, señales y prodigios falsos. Con toda perversidad engañará a los que se pierden por haberse negado a amar la verdad y así ser salvos. Por eso Dios permite que, por el poder del engaño, crean en la mentira. Así serán condenados todos los que no creyeron en la verdad sino que se deleitaron en el mal.” — 2 Tesalonicenses 2:3-9

La Iglesia ha conocido rebeldes y herejes desde el principio. En el texto citado San Pablo nos avisa que el “misterio de la maldad” ya ejercía su poder en tiempos apostólicos. El tiempo pasaría. Lenta pero seguramente esa fuerza maligna sembraría herejías y divisiones entre los cristianos que siempre debieran haber sido “un solo rebaño bajo un solo Pastor”.

Así se fueron perdiendo partes de la Iglesia, el norte de Africa sucumbió al Donatismo y luego al Islam como antes había sucedido a muchas iglesias nestorianas de Asia. En 1453 Constantinopla, separada de Roma cinco siglos antes, caía ante el avance islámico mientras al mismo tiempo los últimos árabes eran expulsados de España ahora consolidada bajo los reyes de Castilla y León. Colón partía hacia las Indias y descubriría sin saberlo un nuevo mundo que luego se llamaría América. No muchos años después en Lepanto, los musulmanes sufrirían una derrota aplastante en el mar. A las puertas de Viena serían derrotados otra vez, deteniéndose por fin su avance sobre la Cristiandad. Europa configuraba así sus fronteras modernas y pronto sumaría millones de almas y un continente entero en los cinco siglos por venir. Pero el misterio de la rebelión seguiría activo en el mundo. En Alemania, un monje agustino escandalizado por la vida lujosa de los prelados romanos se rebeló contra la autoridad papal.

La Reforma Alemana.

La rebelión contra el Papa, de hecho el rechazo total de su autoridad, no pasó sin consecuencias. La primera fue la proliferación de “iglesias” cristianas disidentes con Roma que se multiplicaron por toda Europa y siguen naciendo y dividiéndose hasta nuestros días. La segunda consecuencia fue la introducción de una idea que cambiaría el destino de Occidente para siempre y sembraría las semillas de la destrucción de la Cristiandad. Había llegado el momento en que la negra flor del misterio de la iniquidad floreciera esparciendo su venenoso perfume por doquier. Esa idea consistía en afirmar que puede haber orden sin autoridad desde el momento que los revoltosos se arrogaban el derecho de vivir su religión ordenando su vida a su mejor saber y entender luego de una somera y poco docta lectura de las Sagradas Escrituras.

Hasta entonces se consideraba al Papa como el delegado de Dios entre los hombres. Ese hombre, el Obispo de Roma, se reservaba el derecho de mantener a los reyes de la Cristiandad en línea con la verdad de Cristo. Si bien no todos obedecían sus edictos y bulas, lo cierto es que la autoridad del Papa no se discutía, era un hecho que la cátedra de Pedro tenía autoridad espiritual sobre todo cristiano. Cuando los Protestantes se hicieron a la mar de la historia sin reconocer esa autoridad, era lógico que los monarcas temporales, cuya autoridad no tenía un puro pedigree divino, comenzaran a intuir una posible rebelión. Y no tardó mucho en ocurrir que la autoridad de reyes, príncipes y nobles se cuestionara así como se había cuestionado al Papa. Desde la Revolución Francesa hasta la Revolución Bolchevique y después, las cabezas coronadas de Europa son miradas por muchos como trastos obsoletos y caros que viven en un espacio precario con el tiempo contado.

Se puede remontar el origen de muchos males del mundo actual a aquel acto desafiante de Lutero que nos legó la idea de que puede haber orden sin autoridad. Las consecuencias políticas de la Reforma sentaron las bases de las revoluciones por venir: nos trajo a John Locke que negaba la idea cristiana de la historia para presentarnos una escalera de progreso constante que nos lleva de los “pantanos primordiales” a una futura “era dorada.” Karl Marx por su parte propuso la creación de un orden político y económico de acuerdo con el materialismo dialéctico y la lucha de clases. Freud se afanó buscando en el interior de la mente humana los traumas que le negaban la paz al hombre sin Dios. Y finalmente Darwin que nos presentó la vida humana como el último resultado de una competencia brutal en la que solamente el mejor equipado sobrevive.

La abolición del hombre como hijo de Dios estaba ya en los planes y solo había que llevarla a cabo. La barca de Pedro se enfrentaba ahora a un mar turbulento y amenazador armada solamente con la gracia de Dios y la “tradición entregada una vez a los santos” que habían logrado vencer al Imperio Romano y ahora veían cómo se comenzaba a destruir al mundo con una falsa copia del mensaje evangélico con el que ellos habían cambiado el rumbo de la historia.

Tipos de organización económica

Brevemente, para evitar confusiones más adelante, quiero dejar esta nota para distinguir el capitalismo liberal de su variante silvestre al que llamaremos “capitalismo natural” o “economía orgánica”. Esta forma de economía existe desde que el mundo es mundo. Munido de sus propias habilidades, potencia e inteligencia el hombre explota los recursos naturales del planeta — el “capital” o patrimonio que Dios le ha dado — trabajando para subsistir primero y luego tratando de lograr un excedente que mejore su condición y la de su sociedad inmediata. En su fascinante libro, Knowledge and Power George Gilder comenta:

“La guerra entre la fuerza centrífuga del conocimiento y la fuerza centrípeta del poder continúa siendo el conflicto primario en todas las economías.”

La riqueza se origina esencialmente en un saber o conocimiento específico. Ya en 1971 el destacado pensador de Stanford, Thomas Sowell, escribía que “todas las transacciones económicas se fundamentan en una diferencia de conocimiento,” es decir en cosas diferentes que cada uno de nosotros conocemos mejor o peor que otras personas. De hecho, Sowell agrega que el hombre primitivo en su cueva poseía los mismos recursos materiales que nosotros dominamos hoy pero no sabía aún cómo utilizarlos. O sea que no hay nuevas materias primas, no hay nuevo capital real. La diferencia entre las edades prehistóricas y esta era de abundancia en la que vivimos radica en la acumulación de conocimientos. No hay duda que vivimos en una economía del saber y sin embargo el conocimiento no es algo parecido a la riqueza material o algo que se asocia con ella, sino que es esa riqueza en un sentido real y eso es exactamente lo que comerciamos o intercambiamos dentro de una economía natural. Cuando voy a un almacén y compro algo, el almacén posee el conocimiento necesario para adquirir, guardar y tener listo para la venta eso que yo quiero comprar. Sin el almacén yo tendría que adquirir el saber necesario para obtener ese producto de otra manera, generalmente a mayor costo e inversión de tiempo y esfuerzo. Cuando compro ese producto, de alguna manera intercambio mis conocimientos por los del almacenero.

Tal “capitalismo orgánico” — o economía natural — existe desde siempre y no contiene una carga ideológica determinada ni adquiere connotaciones políticas; no se propone esclavizar al hombre, ni modificar sus tradiciones o normas morales sino que más bien les presta servicios orgánicamente. Las deformaciones que tal tipo de economía pueda sufrir son las mismas que la condición humana impone a otras actividades, incluída la religión, el arte, la política, etc.

Este tipo de economía debe ser distinguida del capitalismo liberal, que responde a una serie de reglas y abstracciones que buscan reducir a un sector de la humanidad a cierto grado de servidumbre recortando por motivos egoístas la libertad que Dios le diera originalmente al hombre.

Tres aspirantes a usurpar el poder mundial

En lo político-económico surgen al final del siglo XIX tres distintas variantes que se disputan el dominio de Occidente y el mundo. Estas son:

  •  El Capitalismo Liberal
  •  El Socialismo Fascista
  •  El Socialismo-Comunismo

Muchos y buenos economistas e historiadores han definido estos términos. Para los propósitos de este escrito lo único que nos interesa es que esas tres variantes se proponen un mundo sin Dios, la abolición de la libertad humana, y la destrucción de la economía natural que no conviene a sus designios. Las tres variantes proponen la regulación de la actividad económica como arma para someter a la humanidad a un proyecto común. En él el individuo es un mero engranaje en la maquinaria de producción de la que se beneficia solamente una minoría de elegidos.

El orden cristiano es el enemigo natural de este nuevo orden. Históricamente hablando, las fuerzas desatadas por la Gran Guerra Europea destronan o neutralizan a las cabezas coronadas de Europa y se apoderan de los resortes del Estado en muchos países. Para 1939 en Norteamérica rige el capitalismo liberal; en la recientemente creada Unión Soviética rige el socialismo-comunismo; mientras que en Alemania, Italia y muchos países de Latinoamérica rige el fascismo en sus diferentes formatos. En la guerra iniciada en 1939 que continúa en la Guerra Fría, estos tres sistemas buscarán infructuosamente la hegemonía sin lograrlo. Hacia fines del siglo XX parecen homogeneizarse por medio de adoptar parcialmente algunas políticas de sus antiguos adversarios.

Es necesario agregar una nota sobre el uso contemporáneo de la la palabra “fascismo” sin olvidar su significado original.[1] En estos días que corren los cultores del marxismo cultural usan la palabra “fascismo” como un mote denigrante que aplican tanto a los fascistas bien definidos (que presentemente son escasos) y a cualquier otra posición política que ellos deseen denigrar. Entre estos otros están las personas que naturalmente entienden que su fe religiosa, su patria, su familia, su propiedad, su profesión, etc. son cosas dignas de ser defendidas y atesoradas. Estos individuos de bien son naturalmente nacionalistas en el mejor sentido de la palabra, pues no son una masa chauvinista inflamada por la retórica de un líder que quiere utilizarlos políticamente; no responden a una ideología diseñada por quienes desean utilizarles y despojarles de su libertad. Más bien esas personas son ciudadanos que aman su fe, su patria, su familia, porque naturalmente razonan y entienden la nobleza del mundo natural ordenado por Dios y desean conservarlo así. Que los marxistas culturales tachen a estas personas de fascistas es un abuso y una falsedad, pero además es una especie de “proyección” freudiana, ya que muchos de los sistemas engendrados por el marxismo cultural entran sin mayores problemas en la definición clásica del fascismo.[2]

Habiendo hecho esa aclaración vuelvo al tema que me ocupa. La exitosa ofensiva cultural del marxismo cambiará la cara del mundo en los años que siguen al fin de la II Guerra Mundial. Es esta ingeniosa y destructiva variante la que analizaremos ahora.

La corrupción del mundo

Llegamos así a esa consecuencia inesperada de la Reforma Alemana que es el marxismo. Nos conviene retener lo leído hasta ahora como un marco de referencia sin olvidar que la conquista cristiana del Imperio Romano fue primeramente una conquista moral, luego cultural, y finalmente intelectual y física. Todo ese tiempo la Iglesia libró una batalla en dos frentes: uno el frente del mundo pagano y otro el frente de la sedición interior producida por sectas y disidentes internos de todo tipo. De entre estos últimos nos llegaría el mayor desafío de la historia, un ataque frío y coordinado, diseñado desde el principio para destruir no solamente a la Iglesia sino también a todo lo bueno que ella sembró en el mundo.

“Estos son fuentes secas y nubes llevadas por el huracán, a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas. Hablando palabras altisonantes, pero vacías, seducen con las pasiones de la carne y el libertinaje a los que acaban de alejarse de los que viven en el error. Les prometen libertad, mientras que ellos son esclavos de la corrupción, pues uno queda esclavo de aquel que le vence. Porque si, después de haberse alejado de la impureza del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se enredan nuevamente en ella y son vencidos, su postrera situación resulta peor que la primera. Pues más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que les fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: ‘el perro vuelve a su vómito’ y ‘la puerca lavada, a revolcarse en el cieno.’” — 2 Pedro 2, 17-22

Occidente está en los tramos finales de una revolución cultural, moral y religiosa. De entre las mismas filas de nuestros intelectuales, estadistas, políticos y clérigos se ha levantado un movimiento secularista y agresivamente antireligioso que conquistó primeramente las aulas de las universidades y seminarios así como también las élites académicas de casi todo el orbe.

En la década de 1960 este movimiento completó la conquista de las instituciones de enseñanza y rápidamente se extendió al plano individual conquistando la mente y la imaginación de los jóvenes, especialmente de aquellos que iban a ser en pocas décadas los líderes políticos del mundo occidental.

Así comenzó la Kulturkampf la guerra cultural que aún arde en muchas partes del globo. En esta guerra el secularismo ha ganado la mayor parte de las batallas y se ha impuesto en el mundo intelectual, entre los académicos, en los escenarios de la industria del entretenimiento y en buena parte de la comunidad política. Aunque no ha logrado controlarlo todo, ahora es mucho más fuerte que lo que era a principios del siglo XX.

Nos enfrentamos a una fuerza anti-Dios, anti-tradición y anti-cristiana, resuelta a revolucionar y cambiar fundamentalmente al mundo entero. Debemos considerar especialmente la fuerza divisiva de la así llamada “Revolución Sexual” que ha sido usada — como veremos más adelante — como un ariete para dividir y debilitar a las sociedades occidentales y aún a la Iglesia. De tal manera que hoy tenemos “dos mundos” que difieren el uno del otro intelectualmente, moralmente y teológicamente. Por definición estos dos mundos no pueden coexistir de manera pacífica ya que inevitablemente uno debe prevalecer sobre el otro.

En los años que siguieron a la gran guerra y especialmente desde el fin de la II Guerra Mundial parecía que se impondría el capitalismo apoyado tenuemente sobre las bases de la moral cristiana con una visión cristiana del mundo y de la historia. Esto fue cierto por un tiempo. En lo político y militar las pujantes economías de posguerra fueron capaces de contener las formas más virulentas de fascismo y socialismo-comunismo tanto en lo militar como en lo económico. Sin embargo el “marxismo cultural” fue claramente capaz de ganar la batalla de la cultura. Hoy el marxismo y sus variantes son la parte dominante del panorama cultural. La situación ha progresado hasta el punto en que los tradicionalistas somos la contra-cultura. El mundo se ha dado vuelta en menos de cien años pero el proceso que logró este cambio ha estado latente por siglos.

Marxismo 1.0 fracasa miserablemente

En el centro del marxismo está la necesidad de que el Estado sea dueño de los medios de producción y que el mismo disponga de los bienes producidos de manera que ‘beneficie a todos por igual’. En tanto el capitalismo liberal busca que el reparto lo haga el proceso de oferta y demanda altamente regulado e inclinado a favorecer los intereses de las grandes corporaciones multinacionales que no tienen lealtad a ninguna bandera o pueblo. Elfascismo propone una mezcla de ambas cosas con la clase trabajadora socializada y puesta al cuidado de una selecta minoría de elegidos a los que la nación debe obediencia total.

¿Cómo fue que los promotores del comunismo marxista pudieron idear una manera de conquistar Occidente? No lo lograron con armas o ejércitos sino con valores, con referentes culturales y las ideas que surgen como consecuencia de su aceptación.

Karl Marx trazó una hoja de ruta para la imposición de sus ideas. La frase “Trabajadores del mundo: ¡uníos!” resume el plan de Marx para lograr el dominio de las fuentes de producción por medio de galvanizar a las clases trabajadoras. Una vez que los proletarios del mundo estuviesen unidos en un solo bloque, harían sentir su fuerza y dominarían eventualmente las fuentes de la riqueza mundial, deponiendo a los empresarios capitalistas y decidiendo su propio destino. El marxismo veía los grandes defectos del capitalismo liberal y proponía unir a los obreros del mundo entero para imponer una “dictadura del proletariado” que llevaría a cabo la construcción de un mundo nuevo modelado de acuerdo a las ideas marxistas. Pero la rebelión de los trabajadores nunca llegó. En vez de eso, en 1914 los trabajadores del mundo se alinearon con sus líderes tradicionales, bajo sus respectivas banderas y lucharon por sus reyes y gobernantes en la Gran Guerra de 1914-1918. Fue una desilusión total para los marxistas de la primera generación cuando los trabajadores del mundo probaron más allá de toda duda que estaban más identificados con sus tradiciones nacionales, monarcas, iglesias, costumbres, etc. que con las nebulosas abstracciones de Karl Marx. El proletariado no salió a luchar por una sociedad sin clases, más bien salió a luchar por la sociedad en la que esos hombres habían nacido y crecido. La idea marxista falló y — si fue impuesta en Rusia en la Revolución de Octubre de 1917 — fue más el resultado forzado por una minoría de intelectuales moscovitas, astutos y oportunistas, que lograron manipular las circunstancias a su favor para copar el poder. No hubo una unión del pueblo o de los trabajadores para luchar por una sociedad sin clases. [3]

Marxismo 2.0 el copamiento de la cultura

Con el tiempo los marxistas se dieron cuenta que debían usar métodos diferentes. Los trabajadores no iban a luchar para darles a ellos el control del mundo y así instalar una sociedad sin clases. Aquí entra en la escena un italiano llamado Antonio Gramsci quien — mientras se hallaba en prisión — concibió y puso al papel una serie de planes que luego se recopilaron bajo el título de Quaderni del carcere o sea “los cuadernos de la prisión” Allí Gramsci expone su idea de la “larga marcha por las instituciones” ¿Qué era esta “larga marcha” que Gramsci proponía? Frustrado por el éxito y la popularidad del fascismo, por la inagotable energía del capitalismo y los escasos resultados que el marxismo estaba obteniendo entre los italianos, Gramsci y sus compañeros cayeron en cuenta que los trabajadores estaban demasiado inmersos en sus respectivas culturas como para interesarse en las difusas abstracciones marxistas. Teniendo esto en cuenta, Gramsci propone un plan de lucha distinto: el marxismo debe integrarse a la cultura y cambiar la forma de pensar de las personas. Era necesario desalojar el patriotismo tradicional, el amor a las tradiciones nacionales, el apego al país natal, a Dios y a la religión porque estos elementos obraban como una pared que les impedía realizar la revuelta internacional que las ideas marxistas demandaban. Era entonces necesario desgastar y eventualmente destruir los fundamentos culturales de la sociedad occidental.

El foco de acción de esta larga marcha serían desde entonces la mente y las motivaciones del individuo. Era necesario entrar subrepticiamente en las escuelas, universidades, seminarios, iglesias y sobre todo en los medios de comunicación: periódicos, editoriales, productoras de cine, estaciones de radio, agencias de noticias y en la incipiente industria de las grabaciones musicales para ir creando al principio una cultura paralela que luego pudiera reemplazar a la cultura entonces dominante, minando así las creencias y convicciones cristianas. De esta manera se esperaba que la mayoría de la gente abrazara los ideales marxistas, abriendose así las puertas de la Cristiandad al asalto final de estas fuerzas hostiles.

Es necesario distinguir este asalto como un asalto cultural distinto pero coordinado con las fuerzas políticas a disposición del marxismo. En vez de asaltar militarmente a la Cristiandad marchando para forzarla a adoptar ideas políticas extrañas, la gran marcha se realizaría a través de las artes, la educación y los medios de comunicación. En esto consiste la silenciosa y sistemática erosión que sufren los cimientos de la civilización occidental. Este trabajo de zapa tiene un solo objetivo: hacer que la sociedad sea más receptiva a la toma del poder político por los marxistas concentrados en realizar su sueño de un nuevo orden mundial sin clases sociales y sin ciudadanos en conflicto con los planes de la élite dirigente. Para llegar a ese punto era necesario destruir la cultura cristiana, lo que una vez se llamó Cristiandad o civilización occidental.

Religio depopulata

Si se separa a la gente de su religión se la separa de su comunidad con otras personas de la misma identidad religiosa. Al atacar la religiosidad el marxismo atenta contra el mismo centro de la persona. La idea es atomizar al hombre para luego someterlo. El slogan de Marx se contradice bastante con las acciones de los nuevos marxistas. El grito de “Trabajadores del mundo: ¡uníos!” se transformó en una demanda silenciosa que rezaba “Trabajadores del mundo: ¡separaos!” De ahí la genialidad de los patriotas polacos que que bautizaron a su movimiento sindical “Solidaridad” llevándole la contra al marxismo que busca encerrar al hombre en sí mismo, acobardándolo, transformándolo en un ente que no ama ni es amado por nadie. La ayuda y la solidaridad naturales a cualquier grupo humano es la base de toda religión y por eso la religión es el gran enemigo del marxismo que se propone imponerse sobre la voluntad humana como un dios para oprimir al hombre y negarle su individualidad.

El marxismo cultural ataca a la religión porque es una forma colectiva de asociarse y sostenerse. En eso el Estado marxista no admite competidores porque pretende ser el que forma al individuo desde la cuna exclusivamente para sus propios fines. Una vez indoctrinado, el individuo verá en el individualismo un vicio y en el colectivismo marxista una virtud. Las repúblicas constitucionales con sus protecciones legales al individuo son el segundo enemigo del marxismo. Los términos “república popular” o “república democrática” tan usados por los soviéticos en su tiempo, se entienden jocosamente hoy día porque la gente siempre supo — a pesar de la propaganda — que esos términos eran mentirosos. Nunca hubo verdadera representación republicana en la Unión Soviética y la apelación a términos como “popular” o “democrática” no alcanza para ocultar la realidad de un solo partido cuyos dirigentes — una nueva oligarquía —viven la gran vida a expensas del pueblo; o la falta total de poder representativo del individuo que no tiene más remedio que “elegir” un solo candidato. El éxito del marxismo es incompatible con la supervivencia de las repúblicas representativas como forma de afirmación y protección de los derechos del individuo ante el poder avasallador del Estado. De ahí que los marxistas culturales promuevan el “multiculturalismo” o la inmigración incontrolada con el objeto de diluir la identidad nacional de cada país.

La escuela de Frankfurt

En 1923 ciertos miembros del Partido Comunista Alemán fundaron un instituto en la Universidad de Frankfurt. Este fue llamado originalmente el “Instituto para la Investigación Social” pero luego sería llamado simplemente la Escuela de Frankfurt.

Esta nueva generación de marxistas bajo la dirección de Max Horkheimer buscaba aprender de los errores que los habían llevado al fracaso en los años que precedieron a la Gran Guerra. Oportunamente se dieron cuenta que Gramsci estaba en lo correcto, que asaltar las instituciones frontalmente no iba a causar el derrumbe del sistema imperante. Antes era necesario cortar la yugular cultural del sistema y eso requería la ya mencionada “larga marcha por las instituciones”.

El nuevo llamado a la acción consistía en cambiar la cultura occidental para facilitar la revuelta global de los trabajadores. La creación de una cultura receptiva al colectivismo que reemplazara gradualmente a la cultura cristiana era el nuevo objetivo que luego fue descompuesto en varios sub-objetivos secundarios. Ya mencionamos la debilitación y la ruptura de la religión: ahora era el turno de la familia. Destruir la idea de la familia como unidad de soporte y refugio del individuo ya había sido practicado en Rusia con las leyes que habilitaron el “amor libre” llenando las ciudades de huérfanos y niños abandonados, fértil terreno para el adoctrinamiento comunista. Sin familia el individuo tendría que recurrir al Estado en casos de necesidad.

Mientras estos genios de Frankfurt pensaban como reventar la cultura, Adolfo Hitler subió al poder. Entre los líderes de la Escuela de Frankfurt había muchos judíos y una organización marxista con miembros de esa raza no era exactamente lo que Hitler amaba. El Führer era básicamente anticomunista y antisemita. Los miembros de la escuela tuvieron que hacer las maletas pronto ¿A dónde se marcharon? ¿A Rusia? No, se fueron a los Estados Unidos donde un académico de izquierda puede vivir bien sin mezclarse mucho con el sudoroso proletariado. Con la ayuda de Columbia University — que algunos llaman jocosamente Communist University — establecieron una cabeza de playa en ese país, capitalista por excelencia.

Terrorismo cultural

Un miembro prominente de la Escuela de Frankfurt, György Lukács nos deja estas interesantes reflexiones en una grabación magnetofónica muchas veces citada:

“Yo veo la destrucción revolucionaria de la sociedad como la única solución. Un cambio mundial de valores no puede tener lugar si los revolucionarios no aniquilan previamente los antiguos valores.”

Lukács es el creador del “terrorismo cultural” que nos legó la educación sexual en todos los niveles de enseñanza, la cual se usó y aún se usa para inyectar conceptos como “amor libre”, “la obsolescencia de la monogamia”, la “irrelevancia de la religión”, la “naturaleza arcaica de la familia de clase media” y otras monstruosidades por el estilo.

Por estos medios se viene llamando a la juventud a rebelarse contra la moral tradicional y los valores fundamentales de la fe cristiana y de la civilización occidental. Estas ideas dieron origen y son los cimientos de la así llamada revolución sexual de las décadas de 1960 y 1970. Estos ideales fueron abrazados sin mayor resistencia por los hijos de aquellos que pelearon la II Guerra Mundial, esos cuyas inhibiciones naturales ya habían sido debilitadas por las drogas y el alcohol. Muchos se preguntan qué le pasó al mundo en el que una vez crecieron y la respuesta es obvia: la mayor parte de ese mundo ha desaparecido y ha sido reemplazado parte por parte por los ingenieros sociales del marxismo de posguerra. Como dijo una vez — casi proféticamente — el activista norteamericano Abbie Hoffman: “vamos a capturar a vuestros hijos” que es exactamente lo que ha ocurrido. Nuestros hijos viven en territorio ocupado por los mentores del terrorismo cultural. Ahora caminamos por las calles de este mundo y estamos aterrorizados por cierta clase de jóvenes de aspecto desaliñado que parecen abundar en todos lados.

La herencia de Gramsci

Gramsci murió en 1937 pero sus escritos sobrevivieron y se convirtieron en el plan estratégico para de-cristianizar a Occidente:

“El mundo civilizado ha estado completamente saturado de cristianismo por dos mil años. Cualquier país fundado sobre los valores judeo-cristianos no puede ser tomado hasta que esas raíces hayan sido cortadas, pero para cortar las raíces, para cambiar la cultura, una larga marcha por las instituciones es necesaria. Sólo entonces el poder caerá en nuestras manos como una fruta madura.”

La nueva generación del libertinaje, enemiga de la libertad estuvo más que bien dispuesta a aceptar la propuesta del marxismo cultural. La generación hippie cayó en manos de sus manipuladores “como una fruta madura”. La armadura cultural del capitalismo, el cristianismo, comenzaba a mostrar sus primeras rajaduras. En la década de 1960 los cristianos comenzaron a retroceder ante el avance de la revolución cultural en curso. La literatura y el cine se llenaron de personajes cristianos pintados negativamente mientras que el mismo demonio era presentado como un personaje divertido y accesible. El título de una famosa canción de los Rolling Stones en esa época lo dice todo: “Simpatía por el Demonio”. La pornografía comenzó a ser popular a medida que nuevas formas de distribución se inventaban para abaratar el costo final al público. Mientras tanto, ciertas películas como Love Story presentaban el sexo premarital como una cosa no solamente deseable sino también sana y hasta necesaria. La respuesta de la Iglesia a esta andanada de inmoralidad fue apenas una tibia condenación que no pasó de ser académica. Desde el púlpito, la mayoría de los clérigos no hablaba en contra de esas cosas. Hubo religiosos que trataron de presentar esta “nueva moral” bajo una luz positiva en un vano intento de no perder su ascendencia sobre la grey. Ese esfuerzo patético, que llevó cosas como la música profana a los altares de la Santa Misa, terminó espantando más que atrayendo a la gente. Los bancos de las iglesias se vaciaron y muchas iglesias terminaron sus días desacralizadas y vendidas para cubrir los gastos diocesanos. La Iglesia se rindió sin siquiera ofrecer resistencia. En algunos países se dejó de rezar en las escuelas, se retiraron los crucifijos de las aulas, se dejó de enseñar el contenido de los libros sagrados y se expurgaron los pensadores cristianos de la enseñanza. En los Estados Unidos durante la administración demócrata de Lyndon Johnson, se prohibió el rezo de oraciones en la escuela aduciendo que violaba la separación de Iglesia y Estado. En realidad, a partir de ese momento el Estado no solamente se separó de las confesiones religiosas cristianas sino que comenzó a portarse en forma hostil con ellas. Cuando el mismo gobierno ordenó a las iglesias guardar silencio en temas políticos, todos obedecieron a pesar de la clarísima y rampante inconstitucionalidad de esa orden que ni siquiera emanaba del Congreso sino simplemente de los burócratas de la oficina federal que regulaba los impuestos. Se hizo evidente entonces que, a menos que la gente resistiera reclamando con energía esas libertades perdidas, nunca se recuperaría la cultura cristiana que se derrumbaba ante la vista del mundo entero.

Lo que queda claro ahora, ya que han pasado muchos años desde entonces, es que estas fueron las primeras medidas diseñadas para que la gente no usara sus iglesias y asociaciones religiosas para fines útiles. La idea de los marxistas culturales estaba dando resultado: la gente con diversos problemas de susbsistencia debía recostarse en el Estado y ni tan siquiera pensar en buscar ayuda en la iglesia local. Recuerdo una anécdota que alguien me refirió, era la historia de un hombre que atravesaba un período de dificultades en su vida y decidió ir a confesarse. Imaginen la sorpresa de este hombre cuando el confesor le informó que el gobierno de ese Estado podía referirlo a un psicólogo gratuito ¿Hubiera hecho semejante cosa Nuestro Señor? No. Sin embargo el mismo nos anunció que “por el aumento de la maldad, el amor de muchos se enfriará” y no se equivocó en absoluto.

El marxismo busca separar al hombre de sus puntos de referencia culturales por medio de romper las conexiones ancestrales que mantienen unida a la sociedad de tal manera que la gente instintivamente termine considerando al Estado como la única alternativa en momentos de necesidad. Los medios que se usan para lograr el cercenamiento de los antiguos lazos son: el arte, la literatura, el cine, la televisión, la prensa, etc. que implantan ciertas ideas y conceptos que preparan el terreno para la siembra de ideas colectivistas. Cuando el entrenamiento está terminado, el individuo solamente ve al Estado como el gran padre, la gran solución para todas las cosas.

Colectivismo y libertad

La humanidad no es una simple agrupación de voluntades separadas e independientes. Desde tiempos inmemoriales hemos participado con una sola voluntad en tareas que se proponen para el mayor bien del mayor número de personas. Así el hombre voluntariamente entrega una parte de sus esfuerzos y una medida de obediencia a quienes son capaces de liderar y llevar a cabo un proyecto común. La cultura misma es el resultado de un esfuerzo colectivo en el que todos colaboramos con algún aporte de acuerdo a nuestras particulares capacidades. El marxismo cultural utiliza el colectivismo como una manera de politizar los esfuerzos sociales, entregándolos a la autoridad de una élite marxista, y sometiendo a los participantes a un programa rígido que en esencia intenta destruir la condición humana de todos los participantes, tanto dirigentes como dirigidos. Esta visión implica que, si algo es suficientemente importante, debe ser puesto bajo la responsabilidad del Estado quien se asegurará de que todos se conformen a la realización del proyecto. Nótese la inversión de la dirección moral — que es la única diferencia entre las dos formas de colectivismo — en la primera el hombre entrega de buena gana el esfuerzo y el talento del que dispone pues él mismo y aquellos a quienes él ama y estima (familia, patria, nación) serán los beneficiarios de su generosidad. Eso indica que el objetivo del proyecto es el beneficio del hombre mismo y la realización del proyecto ennoblece a los que colaboran como bien lo dice la Biblia: “que el hombre vea el bien por todo su duro trabajo. Es el don de Dios” (Eclesiastés 3:13). La variante del marxismo práctico apunta a que el hombre trabaje pero no vea el bien que resulta de la entrega generosa. Lo que aparece para reemplazar a la libre voluntad del individuo es la coerción del Estado. Una vez que el marxismo logra el control de las definiciones morales, toma el comando de la situación y sus dirigentes deciden por sí mismos qué deben hacer los hombres bajo su dominio sin importarle su voluntad individual. En la asociación natural los hombres son voluntarios movidos por el amor fortalecido por los lazos naturales que lo unen a su familia, patria y nación; mientras que en la asociación colectivista del marxismo o el fascismo los hombres son reclutas motivados por el miedo al poder opresor del Estado que aduce una necesidad moral para quitarle al hombre el mayor grado de libertad posible. En este orden perverso el individuo pierde su humanidad y también la pierden sus dirigentes: nadie, absolutamente nadie, es ciudadano. De esa manera el problema que se busca resolver por medio de la acción colectiva termina generando un daño mayor que la inacción pues por la acción colectivista dictatorial se pierde la condición humana de todos los que participan. El hombre no conoce mayor daño en este mundo que la negación de su propia humanidad.

Teoría crítica

Teoría crítica, en filosofía, se denomina al trabajo teórico de los pensadores de diferentes disciplinas relacionados con la Escuela de Frankfurt: Theodor Adorno, Walter Benjamin, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Jürgen Habermas, Oskar Negt o Hermann Schweppenhäuser, Erich Fromm, Albrecht Wellmer y Axel Honneth entre otros que ya hemos nombrado antes. La idea de la teoría crítica es el examen agresivo de todo aspecto de la vida tradicional y su análisis desde una perspectiva marxista. Ciertas cosas que son generalmente aceptadas como “Colón descubrió América”, “Cervantes el autor del Quijote”, “hogar dulce hogar”, “el trabajo honesto ennoblece”, “la libertad es un atributo natural del hombre”, “la familia es la base de la sociedad”, “la Biblia es la Palabra de Dios”, “con mi patria para bien o para mal” etc. Todas estas cosas son sistemáticamente atacadas en el cine, en los medios, entre los educadores y hasta entre nuestros clérigos. De esta manera la juventud es constantemente adoctrinada por esas fuentes y se rinde a ellas porque se presentan como la voz de la verdad que les ayuda a no creer en “supercherías” originadas en las “edades oscuras”. Así los jóvenes pierden todo punto de referencia moral o intelectual y gradualmente se vuelven incapaces de formar sus propios juicios, aceptando en cambio — como si fuera una verdad revelada — el consenso de la mayoría académica y mediática marxista que lo rodea. Así esos referentes tradicionales son reemplazados por cosas como “el patriarcado represivo”, “los colonos siempre maltrataban a los indios”, “la Inquisición mató a millones de personas”, “las cruzadas fueron genocidios financiados por el Vaticano”, “el oro de la Iglesia podría alimentar al mundo entero” y otras barbaridades que nadie analiza en lo más mínimo pues el análisis agresivo se limita a las creencias o principios tradicionales mientras que no se permite analizar del mismo modo las propuestas marxistas.

Así se llega a aceptar como verdades incontestables que el sistema está controlado por “banqueros y políticos racistas que además son antisemitas, xenófobos, misóginos, sexualmente frustrados, adheridos a principios religiosos obsoletos e hipócritas” [4] y un largo etc. que todos hemos escuchado ya demasiado. Cuando estos principios han encontrado su hogar en el corazón de los jóvenes como una semilla enterrada en tierra fértil, comienza a dar fruto que aparece en las conversaciones, historias, libros, canciones, obras de teatro, y en todo lo que produce esa generación. Estamos presenciando el efecto de este anti-evangelio en la cultura. Donde el Evangelio de Cristo dio vida a Occidente, ahora el mensaje del marxismo cultural produce la cultura de la muerte y arrastra al abismo todo lo que encuentra para allí construir la abominación final que emergerá de las profundidades para enfrentar a Cristo mismo.

Conclusión

grouchoNo es un placer pasar por este tiempo. Hemos nacido en “esta hora” para dar testimonio de la verdad y esta es quizás la hora más impermeable a la verdad de toda la historia humana. Es una época que “no puede tolerar la verdad sino que ama la mentira” y hasta ha producido aquella canción de los años 1980 “tell me lies, tell me sweet little lies” [5] un insidioso sonsonete con un mensaje terrible para los pobres jóvenes en cuyas mentes se plantó.

¿Qué haremos? Pues, haremos verdad. No queda otro remedio. Es posible que la verdad argumentada, presentada coherentemente, sea proscripta brutalmente por algún reglamento mundial del Anticristo. Deberemos entonces hacer verdad con nuestra forma de vivir o de morir por la verdad. Tenemos el ejemplo de los santos y mártires de toda la historia que vivieron sus propios apocalipsis personales y nos dejaron su enseñanza. De entre esa “nube de testigos” que supieron declarar la fe con todos sus actos y en toda ocasión, extraigo dos: San Agustín de Hipona y San Isidoro de Sevilla, que son — no es casualidad — dos santos que vivieron en el ocaso de Roma. Ambos fueron santos que “hicieron verdad” al filo del fin del mundo. Cuando el Imperio se desmoronaba y aún no había una Cristiandad, pusieron las bases para que Occidente creciera de las semillas por ellos sembradas: las bibliotecas de San Isidoro salvadas de perecer calentando a los godos en fogatas de invierno. Y los pensamientos de Agustín de Hipona que le dieron a la Iglesia las bases de su primera teología sistemática. Agustín e Isidoro contemplan el futuro desde las alas del Espíritu Santo, vieron muy lejos, más allá de la ruina y el desorden de esos difíciles años. Sabían ambos que el Espíritu de Dios flotaba sobre la haz del abismo recreando todo, ordenando el caos. La fe de ellos es valiosa porque trabajaron sembrando para que otros, en siglos futuros, pudieran cosechar.

Esos dos santos son un buen ejemplo a seguir. No podemos curar el mundo que se ha marchado ya muy lejos de Dios pero podemos dar testimonio de la verdad defendiendo nuestra fe. Si Cristo tiene que adelantar Su venida para evitar que perezca toda carne, es porque la cosa se va a poner mucho más dura de lo que está. La densa oscuridad cubrirá la tierra. De hecho, ya está bastante oscuro y sin embargo cuanto más avanzada esté la oscuridad, más cerca estará el Señor de nosotros, listo para rasgar la negra noche del mundo diciendo: “No temáis, rebaño pequeño, porque vuestro Padre ha decidido daros el reino.” Es el deber de un cristiano verdadero el trabajar y orar para ver esa hora.


[1] El fascismo es una ideología surgida en Europa entre 1918 y 1939 cuyo fundamento son las ideas y práctica política del italiano Benito Mussolini. El término proviene del italiano fascio (‘haz, fasces’), y éste a su vez del latín fasces (plural de fascis). Su objetivo político es el corporativismo estatal totalitario a la par de una economía dirigista, que se propone lograr por medio de la sumisión de la razón a la voluntad y la acción, deformando hacia el chauvinismo el concepto de nacionalismo clásico y contaminándolo con componentes victimistas o revanchistas, en un marco de violencia social contra los enemigos del Estado, a los que se opone un eficaz aparato de propaganda y represión. Presenta una negación a ubicarse en el espectro político aunque generalmente se lo ubica a la derecha extrema del mismo asociándolo con la plutocracia e identificándolo algunas veces como capitalismo de Estado, o bien identificándolo como una variante del socialismo de Estado. Se presenta como una “tercera posición” opuesta al capitalismo liberal y al socialismo-comunismo de tipo soviético.

[2] Ver nota al pie número 1.

[3] Como nota aparte, debe destacarse la enorme ayuda que la URSS recibió de los Estados Unidos, entonces durante la administración de Woodrow Wilson, que puso a disposición del gobierno de Lenin ingentes cantidades de dinero, alimentos, semillas y maquinarias agrícolas sin los cuales la Revolución de Octubre hubiera fracasado estrepitosamente. Uno sospecha que los motivos de Wilson no fueron quizás muy altruistas. Una Rusia capitalista hubiera sido un formidable adversario comercial para los Estados Unidos en el mundo de la posguerra. El socialismo-comunismo, con su sistema de centralizar la producción y la administración de todo, prácticamente garantizaba la continua debilidad de la economía soviética. Confirman esa sospecha las hambrunas y las matanzas que continuaron hasta bien entrada la década de 1930 y el calamitoso fin de la experiencia soviética. Mientras Rusia se desangraba en un experimento social que resultaría en un fracaso vergonzoso, quedaba el campo llano para que los capitales norteamericanos insertaran sus productos cómodamente en Europa y Asia.

[4] Fuente documental Cultural Marxism (Political Correctness) por James Jaeger.

[5] Fleetwood Mac; Tell me sweet little lies. Trad: “Cuéntame dulces, pequeñas mentiras.” 1986.

Bibliografía

Cultural Marxism (The Corruption of America) documental filmado por James Jaeger.
Fools, Frauds and Firebrands: Thinkers of the New Left, por Roger Scruton.
Knowledge and Power: The Information Theory of Capitalism; por George Gilder.
Wealth, Poverty, and Politics; por Thomas Sowell.
Liberalismo: Pecado, Iniquidad, Abominación; por el  P. Horacio Bojorge, SJ.
El Liberalismo es Pecado; por el P. Felix Sarda y Salvany.

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