Para traer belleza al mundo

“Estamos creando un desierto”, se quejaba Antonio Carlos Jobim, el célebre compositor brasileño, en una entrevista concedida poco tiempo antes de su fallecimiento en 1994. Hablaba de la dirección que está tomando la humanidad en general.

Al considerar los resultados de varias décadas de una cultura cada vez más secular, coincido plenamente con Jobim. La tozuda insistencia de las fuerzas políticas liberales en borrar a Dios y la religión de la vida pública ha producido amargos frutos a través de los años. Diariamente el aborto termina con miles de vidas. El terrorismo se ha vuelto una epidemia. Jóvenes resentidos deambulan por las calles de ciudades europeas incendiando autos y gritando “¡Abajo la ley!”. (Podrían ser los nietos de aquellos otros jóvenes desconformes que hace medio siglo afirmaban “Dios ha muerto”.) El capitalismo liberal y las fuerzas de la globalización hacen estragos en las economías mundiales. En pocos años, millones de personas han pasado de una existencia productiva modesta a los horrores de la pobreza extrema. Hoy se trata de salir al encuentro de los cambios en el clima, las pandemias y la inestabilidad social, con miles de leyes inefectivas aprobadas por fuerzas políticas débiles y fracturadas.

A medida que el concepto de Dios es arrancado del corazón de la cultura, sobreviene el caos en la sociedad. Muchos creen que estamos viviendo en tiempos proféticos.

¿Hay una salida? Creo que sí. Nuestra esperanza radica en aquellas mismas cosas que los secularistas a ultranza están intentando sepultar: Dios y la Fe. El alejamiento de Dios nos ha metido en este estado de confusión. Es probable que si volvemos a implantar el amor de Dios en la vida de nuestras sociedades podamos traer al mundo un poco de paz, orden y belleza.

¿De dónde viene la belleza?

Hace muchos años, cuando era un adolescente, mientras mis padres aun se encontraban bajo la influencia de los Testigos de Jehová, solía leer nuestra vieja Biblia familiar. Era una de las pocas cosas católicas en casa que no habían sido destruidas por el ojo vigilante del culto jehovista.

La Biblia estaba ilustrada por hermosas imágenes de arte clásico. Presentaba obras de Rafael, Giotto, Michelangelo, Rembrandt y otros pintores famosos del pasado. Las notas aclaratorias eran abundantes, esclareciendo el texto bíblico con información histórica y también con profundos conceptos teológicos de la Iglesia Católica. La leía casi en forma secreta, dado que los Testigos consideraban que estaba contaminada por la “religión babilónica”. Mis padres la guardaban solamente con fines de referencia, principalmente para citar ciertas partes de los libros Deuterocanónicos con la intención de demostrar que eran “espurios”.

Las prohibiciones de la secta tuvieron el efecto de despertar la curiosidad natural de mi joven intelecto, de modo que comencé a utilizar el libro con frecuencia en mi estudio bíblico personal. En aquellos días, contrariamente a práctica de la mayoría de los Testigos de Jehová, yo no empleaba las publicaciones de la Sociedad Watchtower en mis estudios de las Santas Escrituras. En cambio, leía la Biblia directamente. A su debido tiempo, me di cuenta que nuestra biblioteca tenía algunos comentarios bíblicos que valía la pena investigar. Estos libros interpretaban las Sagradas Escrituras en forma sencilla y creíble; mientras que en los mismos pasajes la Watchtower proporcionaba interpretaciones distorsionadas y poco probables.

Tuve la suerte de encontrar en nuestra biblioteca una traducción al español de comentarios de Jamieson, Fausset y Brown. Tambien frecuentaba las notas aclaratorias de la Biblia Católica del Padre Straubinger, uno de los más brillantes traductores bíblicos de todos los tiempos.[1] Aquellos dos eran los únicos libros relacionados con la Biblia que teníamos en casa que no estaban publicados por la Sociedad Watchtower.

Mientras examinaba esa antigua Biblia de familia, quedaba embelesado por las obras de arte de la antigüedad. Los Testigos de Jehová creían que el “verdadero cristianismo” le había sido revelado alrededor de 1870 a Charles Taze Russell (un próspero tendero de Pittsburgh relacionado con la masonería, y que fundó la Sociedad Watchtower luego de deambular por el Espiritualismo y el Adventismo del Séptimo Día). Aún hoy los Testigos de Jehová sostienen que la entera Cristiandad ha estado bajo el control de Satanás aproximadamente desde el final del primer siglo después de Cristo. También afirman que luego de la muerte del último apóstol –alrededor del 99 después de la era cristiana- la verdadera fe ya estaba completamente corrompida. El producto de esta supuesta corrupción, nos dicen, son todas las religiones cristianas (excluídos, porsupuesto, los Testigos de Jehová). Como muchos otros grupos fundamentalistas, entienden que la Iglesia Católica es la “Ramera de Babilonia” del Apocalipsis según San Juan.

De modo que, allí estaba yo con quince años de edad, admirando los frutos del arte católico mientras que al mismo tiempo me decían que todo eso era producto de una cultura pervertida por el mismo demonio.

En lo más profundo de mi ser, sabía que algo estaba terriblemente errado con esa doctrina de la “corrupción”. Por ejemplo, no podía contemplar la Virgen de las Rocas de Leonardo sin comparar su obvio sentido de lo sobrenatural con las ideas simplistas de los Testigos de Jehová. Efectivamente, ahí está Juan el Bautista bautizando al Niño Jesús. Desde el punto de vista fundamentalista, eso es una contradicción evidente del registro bíblico. Sabemos que Jesús fue bautizado cuando tenía alrededor de treinta años y Juan era solamente seis meses mayor que él.

Sin embargo yo entendía en ese entonces que la misión del arte era revelar aspectos ocultos de la realidad expresándolos a través de símbolos. A mi parecer, el arte no era simplemente una instantánea de la naturaleza sino una manera de dirigir la mente y los sentidos hacia realidades que no son evidentes.

Usando mi propia definición casera de arte, pude colegir que el aparente anacronismo de esa pintura estaba apuntando quizás a la eterna inocencia de Jesús. Recuerdo que mis incipientes interpretaciones eran sumariamente desechadas por mi padre que las consideraba disparates peligrosos. Pronto aprendí a no hacer comentarios en voz alta.

Poco a poco, comencé a descubrir cómo actuaba el Espíritu Santo en la historia. El arte cristiano no apareció por azar. Fue el producto de la cultura cristiana. Me daba cuenta que el Reino de Dios a través de la historia transformaba gradualmente el entorno de la humanidad, asimilando las sociedades antiguas a su paso.

En los años siguientes, seguí mi búsqueda y llegué al punto en el que pude comprender que el encuentro entre mundo de la antigüedad y la revelación cristiana, no resultó en la corrupción del cristianismo, sino en la gloriosa conquista del mundo por Cristo. Finalmente fue la apreciación de la belleza en el arte antiguo la que abrió mis ojos a las consecuencias de las misteriosas palabras de Jesús a Nicodemo: “el Espíritu va a donde le plazca”. El proceso de mi descubrimiento fue muy interesante.

Un poeta frustrado me da una pista

Los jóvenes estudiantes de inglés se encuentran tarde o temprano con la obra de William Butler Yeats. Cuando me estaba familiarizando con el idioma, encontré por casualidad uno de sus poemas. Al principio, me encantó el flujo casi musical de las palabras. Con el paso de los años, volví una y otra vez a este poema, leyendo y saboreando su belleza. Con el tiempo, el significado y la estructura de la obra de Yeats se me hizo más evidente.

El poema comienza por situarnos en un tiempo determinado “al final del verano”. Los ardientes días del verano de la vida han terminado. La pasión ha extinguido su fuerza.

Tú y yo nos sentamos, al final del verano,
Y esa hermosa mujer, tu íntima amiga,
para hablar de poesía.
Dije: ‘Las rimas nos demandan tiempo
Y el verso que consume un breve instante
Me ha demorado cosiendo y descosiendo
Mejor es desgastarse las rodillas,
Fregando el pavimento o partir piedras,
Como los pobres, al fragor o al frío,
Que con dulzura combinar sonidos
Pues eso es trabajar más duramente
Que aquellos que nos juzgan indolentes:
El ruidoso conjunto de clérigos, banqueros y maestros
Al que los mártires llamaron mundo.’

El autor está acompañado por dos mujeres, una es su queridísima Maud, (sabemos que nunca aceptó casarse con él) la otra es la amiga de Maud. Están conversando sobre poesía. Una tarea difícil y nunca apreciada, dice el poeta. Las personas prácticas no valoran este tipo de trabajo. El artista es una especie de mártir, injustamente despreciado por el mundo como si fuera un holgazán. Aquí Yeats emplea el significado cristiano de la palabra «mundo”. El mundo considera a la producción de belleza como una afeminada pérdida de tiempo. Yeats llama al mundo un ente ruidoso; en oposición a los dulces sonidos de la poesía. Es necesario entonces ser poeta para saber lo duro que es hacer poesía.

Fue entonces que oí hablar,
A aquella hermosa joven por quien muchos
Arderán de dolor al escuchar
Su voz tan dulce y suave:

En ese momento, la amiga de Maud interrumpe sus reflexiones. Yeats considera su belleza desde un ángulo casi negativo. Su voz es dulce y suave, nos dice. En realidad, coloca a esa hermosa mujer más cerca de los dulces sonidos de su poesía que del ruido que el mundo hace. Pero no se queda en eso. A continuación se pregunta cuántos corazones se romperán tratando de conquistar esa belleza. Antes de permitirle que hable, nos advierte que la belleza y el dolor están misteriosamente unidos. Luego habla ella:

‘Haber nacido fémina es saber
Aunque en la escuela nunca nos lo enseñan
Que habremos de esforzarnos por ser bellas’

La mujer está de acuerdo con el poeta. La belleza no nace sin esfuerzo de la inocencia natural del inconsciente primitivo, como era popular pensar entonces. La belleza es el resultado del duro trabajo, afirma la mujer. La belleza está atada al dolor, agrega el poeta. En su respuesta, Yeats recuerda el nexo inevitable que existe entre la belleza y el dolor fuera del Paraíso. Esa parece ser una reflexión de su frustrado intento de conquistar el amor de Maud.

Es cierto, dije, que nada hay de bueno
Desde el tiempo de Adán, que no ganemos
sin afán esforzado…
Hubo entre los amantes del pasado
Quienes pensaron que el amor debía
Expresarse en con tal galantería
Que en suspiros citaron anhelantes
De viejos libros palabras amantes.
Hoy hallamos en semejante ciencia
una elegante forma de indolencia.

Es probable que, si bien se puede trabajar en la belleza, el amor no puede ser el resultado de un simple esfuerzo. De igual manera, recitar simplemente precedentes de viejos libros palabras galantes no transforma a un amante en poeta. Yeats se detiene sin llegar a la conclusión de que la belleza tal vez sea una ilusión. Podrá ser clasificado por algunos como un poeta moderno, pero –al menos en este poema- contempla la total imposibilidad de aprehender el amor como si fuera un verdadero romántico.

Al oir del amor quedamos mudos
Las brasas de la tarde se extinguieron
Y en el tardío verdeazul del cielo
La luna circulaba cual cáscara vacía
Que la marea de los siglos lava
Entre estrellas, arena, años y olvidos,
Tuve un susurro para tus oídos:
Que fuiste bella y que trabajé
Como de antiguo por amarte bien
Que todo fue feliz y sin embargo
Hoy nuestro corazón gastado acuna
Harto el cansancio de esa inútil luna.

Se hace una referencia al amor y la conversación llega a su fin. Este silencio repentino aparentemente es un símbolo de la resignación de Yeats que abandona la lucha por el amor de Maud. Habiendo despertado al amor por su belleza, se esforzó por conquistarla sin éxito y ahora observa fatigado la vanidad de sus esfuerzos. La temporada estival de la pasión ha quedado reducida a una fría cáscara. Un amor sin respuesta. Así termina el poema. La imagen pinta un universo desolado y sin sentido. Del amor no correspondido resulta el silencio, que deja oir solamente los mecanismos de la materia, faltos de todo significado.

Yates se ha encontrado con una verdad eterna: un mundo sin amor es un desierto. El amor sin respuesta carece de esperanza. Quizás resulte útil advertir que, en la época en que Yeats escribió Adam’s Curse, nuestra sociedad moderna estaba comenzando a tomar forma. Consecuentemente, la humanidad estaba dando los pasos finales en la conquista del mundo, a pesar de la advertencia de Cristo sobre el tremendo costo que esa conquista exige.

Yeats hace amplio uso del lenguaje cristiano que todavía impregnaba la cultura de su tiempo. Se refiere a la maldición que Dios puso sobre la tierra, forzando a los descendientes de Adán a luchar y a morir. Ya no contemplarán la abundante perfección del Edén. Satisfacer el deseo del hombre será difícil. La tierra siempre dará espinas y cardos, pero la más exigua producción de belleza requerirá sudor y lágrimas.

La desobediencia de Adán ha hecho que el mundo se precipite en una desintegración lenta pero segura. Lejos del favor de Dios, la humanidad conocerá la desesperación de la soledad, tal como la conoció nuestro poeta. Dios está callado y aparentemente despreocupado por el destino que la humanidad ha elegido. A medida que se produce el flujo y reflujo de la marea del tiempo, esa luna presidirá indiferente por largas eras de oscuridad. El hombre trabajará tratando de construir un Paraíso fuera del Edén. El amor vano de Yeats por el inflexible corazón de Maud parece una buena analogía de la ausencia de Dios que hace que la vida del ser humano parezca un fenómeno inútil.

Este es el punto decisivo del problema: el amor le da significado a nuestro paso por esta vida. En forma superlativa, el amor de Dios le da significado a todo el universo. La diferencia entre la esperanza y la desesperación, Edén y el desierto es tener o no tener amor.

El amor es real y lo real es amor

Volviendo a mis días de mi juventud cuando estudiaba la Biblia, recuerdo aquellos hermosos ejemplos del arte europeo como un tipo del Jardín de Edén donde todo resultaba agradable a la vista y deseable. Nunca pude captar del todo el concepto hasta muchos años después, cuando leí El Gran Divorcio, de C. S. Lewis. Lewis presenta allí una interpretación artística del Paraíso y el Infierno. Para demostrar de alguna manera la diferencia entre estos dos lugares, Lewis les asigna ciertas características. El Paraíso es duro, mientras el Infierno es frágil, casi etéreo. Los seres que descienden al Infierno parecen desaparecer poco a poco hasta dejar de existir. Las almas que se elevan más alto en el Paraíso adquieren la dureza de la vida infinitamente abundante. Cuando leí esa descripción del Paraíso tuve una especie de revelación. Aquí tenía lo que necesitaba para comprender el origen de esa abundancia de belleza en el arte cristiano.

Al tiempo de mi conversión al catolicismo, me fue fácil entender la idea del rescate del error de Adán por Cristo. Capté perfectamente el concepto básico de Cristo como la semilla del Reino de Dios y la figura del árbol que crecía majestuosamente de esa minúscula semilla caída a tierra. Pero la analogía de Lewis me ayudó centrarme en la idea de que el Reino de Dios es una realidad sobrenatural que penetra un mundo débil y decadente. Si esto tuviese que ser presentado como una de esas películas de ciencia ficción del verano, la hubiese llamado “El Retorno de los Arquetipos “.

De una sola vez, vi el Reino de Dios, que comienza con los materiales más humildes: una joven judía, su Hijo Carpintero y sus doce ayudantes tristemente imperfectos. No obstante, desde esos modestos comienzos, los discípulos del Carpintero se extenden por todo el Mundo Antiguo en unos pocos siglos. Los vemos conquistar la capital del Imperio Romano sin un ejército. Los vemos establecer el centro de su Iglesia directamente en las venerables colinas de Roma. Desde entonces, el título de Pontifex y la Púrpura Imperial ya no descansaría en los hombros de nobles guerreros romanos sino en las espaldas de viejos obispos cristianos. El idioma del orgulloso Imperio se pierde para el mundo pero sobrevive en la Iglesia del Carpintero. El mismo Imperio se desplomó y vinieron edades oscuras pero la Iglesia emergió invencible de todo tipo de desastres: las invasiones bárbaras, plagas universales, el avance del Islam. Y lo que más me maravilló: la Iglesia sobrevivió a pesar del mal arraigado en sus propios hijos e hijas. Una edad de oro pasa, solamente para ver la siguiente alcanzar nuevas alturas.

¿Cuál es el secreto de la capacidad de supervivencia de la Iglesia? ¿Cómo logró surgir de épocas mucho más oscuras que la nuestra y conquistar la anarquía, la pestilencia y la barbarie? ¿Qué hace invencible a la fe? ¿Qué impide la extinción de la esperanza cristiana?

Me animaría a decir que la fuerza que la sostiene es el amor de Dios. El amor en este caso no es el eros de Yeats sino el agape de Cristo como dice San Pablo en la Primera Carta a los Corintios 13,13 “Y ahora quedan la fe, la esperanza y la caridad; pero el don mayor es la caridad.” En términos básicos, fe, esperanza y caridad (entendida como amor al prójimo) son elementos permanentes. Estas son realidades durables que penetran este mundo como una espada afilada atraviesa sin esfuerzo la carne corrompida.

Al principio, Cristo prometió una Iglesia invencible. “He orado para que tu fe no falle” le dijo a Pedro en Lucas 22,32. Más tarde, en Lucas 12,32 Nos da esperanza diciendo “No temáis rebaño pequeño porque vuestro Padre ha decidido daros el Reino”. Además, lo que es todavía más sorprendente en Mateo 16,18: “Edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

Es cierto que Cristo llama a la Iglesia “rebaño pequeño”. Los secularistas agresivos ciertamente quisieran que nos comportáramos como un rebaño pequeño y temeroso. Algunas veces no nos damos cuenta plenamente de que la Iglesia es también el Reino. Ahí está el secreto de la invencibilidad de la Iglesia. Ella no es de este mundo. Está hecha de material forjado en los Cielos. Su núcleo estructural es el amor de Dios.

Cuando Jesús dice “las Puertas del Infierno no prevalecerán contra ella,” la mayoría de nosotros no comprendemos el sentido primario de la frase. Nadie considera a una puerta como un arma de ataque. Las puertas no son armas. Las puertas son cosas que impiden que el enemigo irrumpa y saquee la ciudad. Ellas estan ahí para impedir que un mundo robado sea reconquistado. Por lo tanto, el infierno NO es el atacante. La fuerza de ataque es la Iglesia. Esta innegable verdad–que recibimos directamente de los labios de Jesús–debe ayudarnos a poner las cosas en perspectiva.

Cuando el concepto de Iglesia-Reino comenzó a tomar forma en mi mente durante los primeros meses de mi conversión, llegué a comprender con mayor claridad las fuerzas que pugnan en la batalla por la conquista del mundo. Pude ver por qué la belleza se hace escasa a medida que la sociedad secular se aleja de Dios. La belleza, la dignidad y la verdad son absolutos porque provienen de Dios. Los que proponen un mundo sin Dios están proponiendo en última instancia un modelo de sociedad repulsivo, humillante, opresivo y estéril.

Tom Jobim lo comparó con un desierto. Hoy estamos más cerca del producto final y lo podemos llamar por su verdadero nombre: infierno.

Si debemos luchar por la justicia, si debemos trabajar incesantemente mientras vivamos en este mundo, recordemos al menos por qué estamos luchando y trabajando: la belleza de nuestra fe, nuestra esperanza imperecedera y la realidad invencible del amor de Dios. No estamos agazapados temblando en la oscuridad. Estamos golpeando con fuerza las puertas del infierno hasta que caigan derrotadas. Nuestra mejor arma es el amor de Dios. Solo el amor de Dios puede devolvernos el sentido y la belleza. A nosotros nos han encomendado para entregarlo al mundo.


Referencias

[1] Esta Biblia de estudio es una obra clásica de la literatura de todos los tiempos. Su autor, el P. Johann Straubinger, era licenciado en las Sagradas Escrituras por la Universidad de Münster, Alemania y misionero en Argentina. La obra refleja en forma simultánea las concepciones teológicas de la espiritualidad teutónica y la usanza más pura y elevada del idioma español. La traducción de Straubinger de los textos bíblicos es notablemente literaria y asimismo fiel a los textos originales, especialmente al hebreo y al arameo. La Biblia Española de las Américas, publicada medio siglo después, reproduce casi textualmente la versión del Padre Straubinger.

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