Al infierno

infiernoRegresó a su casa luego de cenar con un cliente. Estaba satisfecho, no tanto por haber cenado bien, sino porque su cliente había pagado la generosa cena bien regada con un buen vino. La casa estaba en silencio, su esposa dormía el sueño pesado de los sedantes. Era la única manera de dormir para ella desde que se habían mudado a esta casa alquilada, más pequeña y modesta. La casa grande donde había criado a sus hijos había sido vendida para cubrir la enorme sentencia que le pasara aquel juez. “¡Maldito juez!” pensó cuando se acordó de aquella casa en la que había invertido tanto dinero y esfuerzo, el total de su juventud ahora dilapidada. El negocio también se había perdido, pero nunca se dio por vencido, estaba seguro que un día podía recuperarse. Pero la realidad había erosionado sus esperanzas poco a poco. Ahora era un viejo que debía trabajar para vivir y sabía que no conocería el descanso hasta que llegara su último día. Le cansaba los huesos llegar y ver a su mujer, ver su cuerpo en ruinas con ese rictus de amargura que no se le borraba desde el día aquel en que lo perdieron todo. “¡Maldito juez!” volvió a pensar cuando la vio en la cama dormida ante el televisor que emitía silencioso algún programa de medianoche que su esposa no llegó a terminar de ver. No entendía cómo la mujer podía ver televisión el día entero con la mirada ausente perdida en dirección de la pantalla, la mente rota solamente podía hallar distracción en contemplar la caja de colores que danzaban frente a ella mientras se hundía más y más en la depresión, la decrepitud, y la locura. “Nunca pudo superar el brutal cambio de vida” siguió pensando y repitió sin querer: “¡Maldito juez!” Las piernas le dolían, le estaban dando problemas como siempre pero el dolor se agudizaba año tras año. Poco a poco perdía la movilidad y se preguntaba cómo iba a hacer para trabajar cuando lo inmovilizara el dolor. Ya pasaba los setenta y había perdido todos los ahorros luchando por mantener lo que tenía. “¡Maldito juez!” volvió a pensar mientras desataba las vendas que protegían sus piernas del roce de los pantalones. La sombra roja de su enfermedad se extendía con los años. Ahora llegaba de la ingle hasta pasar las rodillas y un par de manchas habían aparecido en sus pies en la zona en la que le apretaba el empeine de los zapatos. Se quitó con cuidado los zoquetes de algodón que en un tiempo habían sido ropa fina pero ahora estaban gastados y casi transparentes. No tenía dinero de sobra para vestirse como en los viejos tiempos. Sentado al borde de la cama se agachó para alcanzar el reloj que se le había caído y ahora estaba a menos de un palmo de distancia. Sintió un fogonazo de calor subir por la columna vertebral y vio que estaba cayendo hacia adelante con la cabeza a plomo. El golpe contra la mesa de luz lo aturdió y por unos segundos se quedó mirando el estúpido fulgor del televisor en la oscuridad. La mente se le escapaba ahora, luchaba para retenerla pero no tenía suficiente fuerza para mantenerse consciente. La luz del televisor creció hasta llenar la habitación y de golpe vio otra casa. Era la casa de su hija en la Florida, los nietos dormían y su hija estaba en la cocina preparando algo para el día siguiente. Pensó que era siempre un par de horas más temprano en la costa este pero no entendía cómo podía verles. La luz se hizo más intensa y ahora le permitía ver a su esposa. Estaba joven, el cabello rubio recogido, como lo llevaba cuando aún no tenía treinta años. La veía desnuda pero su cuerpo era más grande y se podían ver como cortes que marcaban la piel con unas líneas iridiscentes y azules. Una voz le dijo que ésas eran las marcas que él le había hecho. Protestó diciendo que jamás había golpeado a su mujer. La voz le explicó que esos eran los adulterios que él había cometido contra ella. Se multiplicaban bajo la luz intensa. De golpe todo desapareció, ya no estaba en su cuarto y una fuerza lo sostenía flotando en el aire. Estaba desnudo y sentía el pecho vacío. Solamente podía mirar hacia adelante. Vio la cara de un ser que no era ni hombre ni mujer, era un rostro luminoso. Una mano que flotaba cerca del rostro iluminado apuntaba a un globo de luz, como una burbuja que ahora flotaba entre su cara y la cara del ángel ¿Era un ángel? Entonces, en la burbuja pudo ver las dos largas filas de antepasados que confluían en el origen de su propia alma. Algunas de esas caras eran nobles y luminosas pero le miraban con tristeza e indignación. Vio entonces comenzar su vida en el lecho de sus padres, se vio nacer y crecer. Vio el pájaro aquel que había torturado cuando a los ocho años decidió que iba a ser malo, traidor y artero hasta conseguir todo lo que su alma ansiaba. Vio todos y cada uno de sus adulterios, mentiras, avaricias, robos, venganzas, odios … todos se disolvían en un remolino de ceniza negra. Vio la cara severa del juez y la casa lujosa en la que había vivido. La vio disolverse junto con todo lo demás y llegó a ver por último su último pecado: la envidia con la que observó a su último cliente disfrutar la cena y el vino. Le había molestado que el hombre gozara de buen apetito, le había disgustado su sencilla alegría al invitarle. Se dio cuenta que el cliente le había tenido pena y que eso despertaba en su propia alma un sentimiento de desprecio por ese hombre simple que deseaba hacerle un bien, ese breve y reconfortante homenaje de una sencilla comida y un poco de vino. El desfile de miserias cesó y la cara del ángel se volvió inquisitiva. Pasaron quizás unos segundos pero a él le parecieron siglos. “¿Qué dices?” dijo el ángel y una rabia que le ardía en los genitales y en el corazón respondió “¿Y qué maldita cosa debo decir? ¡Me alegro que el muy tragón haya pagado la cena que tanto disfrutaba!” El ángel cerró los ojos y él comenzó a sentirse pesado. Caía atravesando regiones de luz hasta que llegó a un lugar. Se sintió joven y fuerte. Se levantó buscando con la mano izquierda la mesa de luz para incorporarse. Descubrió que no tenía que apoyarse. Tenía fuerza. También descubrió que no estaba ya en su cuarto. El vigor de su cuerpo lo sorprendió. Parado en la oscuridad observó a su alrededor. No podía ver mucho pero en la escasa luz pudo ver que sus piernas estaban ahora muy inflamadas y de sus heridas salían cresas negras. Se horrorizó pero solamente por un segundo. Una nueva cara para nada angelical se materializó frente a él. Sintió que la odiaba y un segundo después se dio cuenta que solamente podía sentir odio. Miró hacia arriba y lejos, muy lejos vio la cara del ángel de luz. “¡Maldito juez!” dijo antes que el fuego lo tragara para siempre.

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