Consagrados en el Camino

P. Bevil Bramwell, OMI

romanus-cessarioDesde que Jesus se definió a Sí mismo como el Camino de Dios, hombres y mujeres consagrados, o sea aquellos que se comprometen por votos o promesas a seguir “el consejo evangélico de castidad, dedicación a Dios, pobreza y obediencia fundamentado en la palabra y ejemplo del Señor” están en el Camino por medio de ese compromiso.

Como ya he dicho otras veces, el catolicismo es un Camino y no una mera colección de fascinaciones religiosas en las que gastar tiempo y dinero, emplear la mente y a las que debamos ajustar nuestra moral. Para aquellos en la vida consagrada, esas fascinaciones pueden ser el amiguismo, formar camarillas, gastar dinero, comprar cosas de cristal, viajar por el mundo, o mirar televisión. La lista de tentaciones no tiene fin y es seductiva.

Una vez que caemos en cualquier cosa que ocupa nuestro tiempo y ensucia nuestras mentes perdemos tanto el tiempo que pudiera ser dedicado a Cristo como la calidad de vida necesaria para permanecer en el Camino. Ya por dos milenios, aquellos en la vida consagrada han tenido que confrontar presiones extraordinarias que quieren moldearles al espíritu de este mundo.

Los monjes primitivos huían de las ciudades para vivir en el desierto. San Benito de Nursia tomó a sus monjes a lugares en los que ellos pudieran orar y trabajar. Los contemplativos se encierran en el claustro donde pueden estar frente al terrible amor de Dios en silencio. Aquellos en los institutos seculares separan tiempos fijos para orar alejados de su actividad profesional.

Benedicto XVI enseñó que la vida consagrada es: “Una vida dedicada a seguir a Cristo en Su castidad, pobreza y obediencia, que así se vuelve ‘exégesis viva de la palabra de Dios’.” Al ver a un religioso uno debiera ver el Evangelio manifestado delante de nuestros propios ojos en los eventos ordinarios de la vida.

Esa persona está viviendo la vida de Cristo. El Occidente pagano después del iluminismo transpuso ese concepto a un ideal irrealizable, lo que inmediatamente lo volvió irrelevante en la práctica. Se lo redujo a algo “imposible de practicar”.

Históricamente, la vida consagrada ha dado origen a varias manifestaciones de profesionalización de las vocaciones — hacer lo que sea para escapar a las demandas de vivir el Camino en forma constante. Algunos religiosos han llegado a ser miembros del gobierno, otros son parte de grandes instituciones. Otros también se dedican a ser maestros, doctores, enfermeras.

Nada de eso es en sí mismo un problema — hasta que la profesión se adueña de la vida consagrada y ésta pasa a un segundo plano. Quizás hoy los institutos seculares pueden enseñar a las antiguas órdenes la forma de no ser devorados por sus profesiones.

La vida consagrada no es tan individual como el Occidente moderno lo entiende. Hoy Occidente está fascinado con el aislamiento, un aislamiento que tiende al solipsismo. La cultura occidental está obsesionada con que cada persona viva su propia verdad — sea lo que sea que eso signifique. “Sigue a tu corazón” nos dicen; pero eso es algo que, digamos, Adolfo Hitler hizo. Así que debe haber algo que no estamos considerando.

En vez de eso, el hombre o la mujer consagrados son parte de una comunidad, una comunión de oración, solidaridad, verdad y amor. La comunidad es más grande que el individuo y le mueve a trascender su propio ser.

Yendo un poco más allá, la comunidad de vida consagrada sólo existe por medio de participar en la comunidad más amplia que es la Iglesia. La gran comunidad tiene el don de juzgar a quienes fundan comunidades consagradas y a sus carismas. La comunidad menor no lo tiene.

La relación entre la comunidad de vida consagrada y la gran comunidad eclesial es crucial para mantener a la comunidad menor abierta a la gracia y a la verdad de Cristo tal como se la presenta en la Iglesia. Visto de otro modo, la integridad de la comunidad más pequeña manifiesta la integridad de la Iglesia en un area local determinada.

La idea occidental de comunidad en un sentido utilitario, que existe para recibir exenciones de impuestos, comida, servicios de salud, etc. no es una comunidad de personas creciendo juntas tal como San Benito lo imaginó y como la Iglesia trata de nutrir donde sea posible.

Un individuo consagrado está llamado a una vida integrada, es decir a seguir a Cristo el Camino en vez de seguir a un grupo de religiosos. Así el individuo contrasta contra el paisaje cultural pagano. La integridad del consagrado está “en el mismo corazón de la Iglesia como elemento decisivo de su misión, porque ‘manifiesta la naturaleza interior de la vocación cristiana’ y el esfuerzo de la Iglesia entera que, como novia de Cristo, hace para unirse a su esposo.” (Juan Pablo II)

Así que los religiosos o consagrados no son parte accidental de la vida de la Iglesia; son modelo tanto para el clero como para el laicado que muestra cómo seguir a Cristo. Hacen presente los carismas extraordinarios de San Benito, Santa Clara, o cualquier otro santo que fundara sus comunidades. Necesitamos todos esos carismas para apreciar la grandeza del Divino Hijo. La comunión de los santos en el cielo tiene así su contraparte en la tierra.

Una última y sabia palabra de Benedicto XVI: “Quisiera renovar la invitación a los consagrados a mirar al futuro con confianza, confiando en la fidelidad de Dios y en el poder de Su gracia que siempre puede operar nuevas maravillas: ‘Vosotros tenéis no solamente una gloriosa historia que recordar ¡sino también una gran historia por realizar! Mirad al futuro al cual el Espíritu os está enviando para hacer cosas aún más grandes.’”


El Padre Bevil Bramwell, OMI PhD ha publicado Laity: Beautiful, Good and True y The World of the Sacraments. El presente artículo ha sido traducido del original en inglés presentado en The Catholic Thing.

Traducido por Carlos Caso-Rosendi

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