Descendencia

David Warren

keynesDe un artículo reciente en elCatholic Herald, vemos que la tátara-tátara-tátara nieta de Carlitos Darwin ha perdido su fe en el materialismo científico. El asunto ha estado flotando en los medios católicos y la blogosfera desde junio. Y ahora ha aparecido en el National Catholic Register, lo que me permite mencionarlo aquí libremente. Es que me da gusto ser el “último en dar la noticia”.

Laura Keynes desciende de otra vertiente de la familia que dio a John Maynard Keynes al mundo (creo que era su tátara-tátara-tio abuelo). Esto es lo más profundo de las entrañas de Bloomsbury — en otras palabras, desde nuestro elevado punto de vista: el mismo centro del territorio enemigo en el mundo angloparlante. Si el Darwinismo es la cosmología, el keynesianismo es su teoría económica; y por más de un siglo y medio, el liberalismo progresista ha sido el producto de esta aristocracia intelectual auto-publicada. Este asunto pertenece a una familia ampliamente extendida — uno entra o sale de ella por matrimonio — con líneas de descendientes que se remontan a muchas generaciones pasadas, aún hasta el barbado sabio de Down House. Y es que él mismo estaba muy consciente de su elevado pedigrí intelectual; de estar desde su nacimiento en la vanguardia del liberalismo iluminista y de su correspondiente activismo social.

El famoso debate de 1860 en Oxford entre el obispo anglicano, Samuel Wilberforce, y Thomas Henry Huxley, el perro guardián de Darwin, fue en sí mismo un asunto de familia. Samuel era el hijo de William Wilberforce, el gran emancipador de los esclavos; tanto él como Huxley eran, en su fuero íntimo, herederos de la tradición evangélica de la “Secta de Clapham” — que apareció con toda su fatua majestad, hacia fines del siglo XVIII. Ambos eran hombres de ciencia y Wilberforce no era ningún tonto en lo que toca al conocimiento de biología entre sus contemporáneos. Ninguna de ellos tenía la más mínima paciencia para con el “medievalismo oscurantista”. Pero Huxley ya se desplazaba desde sus principios cristianos hacia el agnosticismo.

Ambos eran del tipo evangélico y progresivo que había “liberado a los esclavos” y fundado Freetown en Africa Occidental, entre otras acciones caballerosas de filantropía cristiana. Ellos eran los que habían hecho sonar el trueno de la honestidad moral en el Parlamento Británico y marcaban el paso de la auto-glorificada progresía victoriana hasta los confines de la tierra — desde la pequeña Inglaterra hasta las playas más lejanas del Imperio Británico. Es que habían fundado además la Sociedad Misionera Anglicana y laSociedad Bíblica Británica, junto con casi todo otro cuerpo de ferviente evangelismo anglicano. Eran “cristianos militantes.” Pero eso que ahora llamamos el componente “Bloomsbury” degeneró en un agnosticismo sofisticado y extraño que pasó por etapas de cientificismo y socialismo hasta llegar al amargo ateísmo de hoy día — sin sacrificar ni un poquito de fervor ni adquirir siquiera una pizca de autocrítica.

Es una historia fascinante, quizás demasiado frecuentemente recordada, pero siempre sin suficiente ironía. Ademas de su campaña anti-esclavista, William Wilberforce y su entorno habían hecho campañas en contra de la inmoralidad local, fundando innumerables sociedades para la reforma de los malos hábitos y la supresión del vicio público. No solo la esclavitud fue declarada ilegal sino que también por medio de un altisonante asedio, el parlamento fue persuadido a pasar varias proclamaciones contra “el beber excesivo, la blasfemia, el habla profana y procaz, la indecencia, y la profanación del Día del Señor” amén de otras “prácticas disolutas, inmorales y desordenadas”. (Tiendo a llamar esas cosas, “la Sharía Crstiana” ya que refleja la vieja admonición coránica—que no presbiteriana— de “dar órdenes de hacer lo bueno”) Ellos fueron los que pusieron la “niñera” en nuestro Estado-Niñera. Con esa heroica resolución de promover continuas reformas y mejoras se apoderaron de la imaginación victoriana — sus ecos aún se escuchan en el alarido de batalla del progresismo, mucho después que su Dios protestante muriera. (Así que ahora la llamaremos, “Sharía Progresista”).

Porque a través de Darwin, Huxley y su vanguardia también descubrieron la Evolución, o quizás más precisamente, la Evolución los descubrió a ellos. Lo que en la Europa continental fue recibido como una teoría tentativa, llena de agujeros, resultó para Inglaterra —y por ella a todo el mundo de habla inglesa— una refutación de las Escrituras. El grupejo de Bloomsbury fue la vanguardia de eso que llegó a ser efectivamente en una nueva religión secular. El Origen de las Especies fue el documento fundamental de esta nueva fe científica — el reemplazante del Génesis. La religión evangélica no fue transformada sino que más bien fue abandonada. Lo más talentoso de entre los Bloomsbury se volcó al esteticismo y al “arte por el arte”. La honestidad moral continuó, pero con su polaridad revertida. La vieja obsesión por el vicio sexual, por ejemplo, se volvió experimentación sexual. Entretanto, los que entre ellos estaban más interesados en la ciencia comenzaron una nueva inquisición, persiguiendo y eliminando las posibilidades de empleo entre aquellos que se desviaban de la ortodoxia darwiniana en los ámbitos académicos que iban conquistando y controlando uno tras otro.

Esta era gente que ya por largo tiempo estaba habituada a identificar su propia posición como el nivel moral más elevado. Con eso hacía juego el hábito de demonizar a quienquiera que estuviera en desacuerdo con ellos y la técnica de sustituir el debate con la difamación. En mi concepto el graznido de lo “políticamente correcto” le debe tanto a la Secta de Clapham como a la inspiración soviética; y el relajamiento catastrófico de las exigencias intelectuales resulta en gran medida de su negativa a debatir.

Feminismo y homosexualismo nunca fueron cosas nuevas pero el destructivo filo político que adquirieron fue aguzado en Bloomsbury. El cuchillo de la nueva política sexual fue estocado en el cuerpo político con el mismo celo que antes impulsara las campañas “para el fomento de la piedad y la virtud, por la prevención y castigo del habla profana y la inmoralidad”. (Aquí me refiero al título de la Proclama Real impulsada por el partido de Wilberforce en 1802).

“Señor, el mundo decae a medida de envejece” — o más bien, es hecho nuevo en cada generación a partir de la semilla de la generación precedente, y es maravilloso ver su metamorfosis. Yo mismo he vivido lo suficiente para ver el liberalismo de la generación de mis padres transmutarse en mi propia forma de liberalismo y luego en el liberalismo de mis propios hijos. Lo que es inconcebible en una generación, se vuelve concebible en la siguiente, y rigurosamente necesario en la que sigue. Lo que se nos presentó como la corriente del progreso no se mueve acompañando al sentido del tiempo hacia un objetivo predeterminado sino más bien en arcos y espirales, ora hacia adelante, ora volviéndose sobre sí misma, rodando, lanzándose, derrapando en su curso y finalmente girando, tropezando y dando volteretas hasta que encuentra el suelo en una magnífica explosión.

***

Mi propia huida del progresismo hacia la Iglesia Católica fue una cosa más bien complicada. Supongo que empezó cuando yo tenía seis años y mi padre me envió a una escuela nombrada en honor de San Antonio de Padua en Lahore, Pakistán. No lo hizo con alguna intención religiosa, ya que él mismo era ya un metodista pos-cristiano, sino con la misma intención que tantos otros en la India sub-continental, gente de diversas corrientes religiosas que confiaban sus hijos a las escuelas de misioneros católicos porque ésas eran las que mantenían, por mucho, el mejor nivel académico. Si fui elevado por esa experiencia fue solamente de las orejas, porque hasta hoy me estremezco al recordar a aquellos como el Hermano Berg que me castigaban por escribir sin sacarle punta al lápiz.

Ni siquiera mi conversión al cristianismo me llevó a la Iglesia Católica, aunque me acercó mucho. Estuve a un palmo de distancia de entrar a mis veintitrés años y lo hubiera hecho si los representantes locales (en la Inglaterra de 1976) no me hubieran parecido más progresistas que cristianos. Y es que estaba huyendo del progresismo y lo hice al principio hacia los almenares del anglicanismo.

Lo que finalmente me trajo a casa fue la contemplación de la Historia. Me impresionó gradualmente que esta Iglesia estaba enseñando en su catequesis, precisamente la misma doctrina que había empezado a enseñar diecinueve siglos antes y continuaba haciéndolo en el siglo XX. Sí, con frecuencia se había desviado en su conducta, se había inclinado y a veces había llegado a tropezar, pero continuaba corrigiéndose una y otra vez, volviendo al rumbo original y de hecho sin torcer el timón aunque la barca hiciera agua. Ninguna otra institución en esta tierra, tripulada como debe ser, por humanos, puede ni pretender hacer lo mismo. Al final me convencí que Dios nunca la abandonaría, que Cristo era su timonel y que el Espíritu Santo llenaba de viento sus velas.

***

Pero se suponía que aquí hablara de Laura Keynes, nuestra reciente conversa de Bloomsbury. Una chica brillante, al menos si nos guiamos por la medida de sus logros académicos; por lo que personalmente sé de ella; y por ser una refugiada singular, dadas las ventajosas conexiones de familia que tiene — al estilo de John Henry Newman — y que ahora abandona a propósito. Ella se ha propuesto, por lo que he podido leer por ahí, no solamente ir a Misa los domingos sino también llegar a ser uno de esos “apologistas católicos” que el grupejo de Bloomsbury siempre ha despreciado especialmente.

Como dijo una vez Huxley, refiriéndose a los argumentos de la Iglesia de Roma: “están cuidadosamente calculados para destruir todo lo que es moralmente elevado por naturaleza en la libertad intelectual y política de la humanidad.” Richard Dawkins repite más o menos lo mismo hoy, sin esa ostentosa sonoridad pero con cierta pomposidad histérica. Y es que, si han tenido un solo tema consistentemente a través de todas las generaciones de Bloomsbury, este ha sido injuriar a la Iglesia Católica — de un lado primero y después de otro y otro más. Esto es lo que la conecta con la Reforma y la herencia protestante en general ya que, por más erráticas que fueran sus doctrinas, los descendientes de los primeros cismáticos han sido absolutamente consistentes en condenar a Roma.

Bienvenida a bordo, señorita Keynes.

Lo que me fascina es la sugestión de que su conversión fue significativamente impulsada por la lectura de los autores del “nuevo ateísmo” provenientes de la propia tribu que ahora ella abandona. Así describe la “extraña mezcla de airada emoción que encontré entre ellos: rabia ante la idea de Dios; rabia por las restricciones al comportamiento; rabia ante la voluntad coartada; orgullo en afirmar la propia voluntad; orgullo en sentirse intelectualmente superior; desprecio por quienquiera que exponga su propia vulnerabilidad al rogar por la gracia de Dios. Es importante recordar que donde hay ira frecuentemente hay dolor. Veo mucho dolor entre ellos. Creo que ese dolor viene de la idea de estar en control, de tener autonomía.”

Hay más: “La cuestión de si la existencia de Dios es demostrable mediante argumentos racionales ha mantenido a filósofos y teólogos ocupados durante siglos. Le pediría a los que lo exigen que me explicaran cómo es el cierre esta discusión le resulta útil a la causa de la razón. Les respondo siempre con suavidad pero si alguna vez perdí la paciencia les he espetado: “¡Sólo tienes que ir y leer a Tomás de Aquino!”

Considere por favor, gentil lector, lo que estas afirmaciones implican. Lejos de desviar a los jóvenes intelectos, la legión de ateos: Dawkins, Dennett, Harris, Hitchens (y Grayling, Krauss, Shermer, Stenger, et alia), han estado haciendo la obra de Dios. Lo han hecho involuntariamente, seguro, pero es un milagro del Espíritu Santo, que está siempre infinitamente adelantado a la más ágil de las metes humanas. En este caso los nuevos ateos han presentado el argumento en contra de Dios tan claro, tan obvio y tan simétricamente opuesto a la verdad que no pueden sino ganar almas para la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica — y en efecto están empujando a los inteligentes hacia el bando de Cristo.

Digamos un pequeña oración de gracias por cada uno de estos oscuros, pequeños promotores del ateísmo y esperemos que Nuestro Señor los bendiga siempre con el mismo “mecanismo” de conversión.

Traducción Carlos Caso-Rosendi

Anuncios