El origen de Occidente

En estos últimos años ha crecido el coro de los que llaman a la erradicación de la religión por considerarla perniciosa para la civilización. Repiten sin pensar los reclamos que comenzaron con el anticlericalismo de la Revolución Francesa, que insistía que la religión –especialmente la Católica— era una superstición que solamente atrasaba el desarrollo potencial de la humanidad. Desde aquellos lejanos días hay siempre quienes quieren vestirse fácilmente de “intelectuales” y para ello no hay nada más expeditivo que afectar un rechazo de la religión en nombre de una supuesta superioridad intelectual. El individuo anti-religión es tomado inmediatamente por un libre pensador, un transgresor de las reglas del “sistema” y otras sesentayochadas diversas que no tienen ningún asidero en la realidad. Para quienes pueden ver el juego, la famosa postura antirreligiosa revela siempre lo mismo: mala formación intelectual, pobreza en el manejo de conceptos abstractos, poca lectura y muchos prejuicios alimentados generalmente por el deseo de no ceñirse a los límites de la moral sexual.

Decíamos que la Revolución Francesa—sí, la que le cortó la cabeza a Lavoisier, padre de la física moderna—comenzó la moda ésta del intelectualismo automático. Nada mejor y más sucinto para un ignorante con ínfulas de pensador que comerse un par de curas para el desayuno y transformarse ipso facto en un adalid de la libertad y un tipo inteligente e informado.

Pero siempre hay retógrados medievales como yo (ya véis, lo tengo asumido) que se empeñan en probar con los hechos, que los tales secularistas enemigos de la religión están muy equivocados. Insisto que es el cristianismo, las ideas cristianas, las que crearon primeramente el intelecto occidental, con su genuinamente original mezcla de individualismo, curiosidad y ecuanimidad cívica, valores que a su vez dieron origen a sociedades concretas que promueven los derechos del ser humano, la ciencia y los gobiernos democráticos. La incoherencia del secularismo de hoy es comparable a la del hombre que un buen día le dice muy fresco a su vecino que él inventó el Internet y construyó la torre Eiffel. Los secularistas modernos creen que de alguna manera esa vaga mezcla de darwinismo, psicología freudiana y marxismo que ellos profesan, imaginó e impuso los derechos humanos, la justicia social, la democracia y la ciencia en el mundo moderno, que hasta entonces estaba “atrasado” por las “supersticiones religiosas”. Una incoherencia tan grave que se olvida de la canasta con la cabeza de Lavoisier, posiblemente la cabeza más valiosa de Occidente en esa época, hasta que la guillotina revolucionaria la separó del cuerpo que la sostenía. Quizás si Lavoisier hubiera vivido unos años más, Newton y Einstein no hubieran tenido que trabajar tanto.

Y sólo para mostrar algunos ejemplos ¿Cómo es posible que las religiosas cabezas de Newton o Mendel, llenas de “supersticiones” fueran tan brillantes como para ver lo que nadie había entendido por siglos? Eso, hasta ahora ninguno de los entusiastas secularistas del internet me lo ha explicado. Por el momento, una inspección de la historia de las ciencias revela una enorme cantidad de curas, monjes, obispos y creyentes. Desde Copérnico hasta Polkinghorne los creyentes parecen tener una habilidad sobrenatural (con perdón) para hallar soluciones concretas a problemas de toda laya. Los no-creyentes o los escépticos, sin embargo, son buenos para crear ciencias “borrosas” como el darwinismo, que luego de acumular pilas y pilas de fósiles, ha conseguido generar más preguntas incontestables que respuestas irrefutables. No olvidemos la psicología freudiana, cuyos desarreglos todavía estamos sufriendo y que nunca pudo alcanzar la madurez epistemológica de, digamos, las leyes genéticas que comenzó a descubrir Mendel. El pináculo de las ciencias borrosas hay que reconocérselo a Marx. Todavía estamos esperando el paraíso de los trabajadores, pero por la insistencia que ponen los trabajadores del mundo en emigrar a países capitalistas… pareciera que el paraíso laboral no es parte de la geografía marxista que una vez cubriera la mayor parte de Asia y una buena parte de Europa… su legado de pobreza, contaminación y desarreglos sociales sigue siendo la prueba más evidente de la incoherencia secularista. Pero claro, ellos dirán que esos fueron simplemente experimentos fracasados donde no se hicieron las cosas bien. Lo bueno del secularismo es que siempre hay otro lugar a donde ir a experimentar y si falla, a echarle la culpa a otros.

Algunos de estos secularistas han alcanzado a leer libros o verles la tapa. Hasta hay entre ellos quienes hablan de “los griegos” y les atribuyen la fundación de Occidente, que iba bien (según ellos) hasta que llegaron los cristianos con sus ideas atrasadas. El problema con la teoría de los griegos y romanos como fundadores del Occidente que hoy tenemos (por el momento) es que realmente no puede establecerse una relación directa entre el total de las ideas de esas civilizaciones y el total de la identidad intelectual y cultural de eso que llamamos Occidente o la Civilización Occidental. Pero para enfrentar esta contradicción hay que educarse en forma y no basta con comerse algunos curas más.

Los griegos y los romanos no eran muy diferentes de los persas o los chinos en cuanto comparamos las estructuras intelectuales que crearon y las sociedades que establecieron como consecuencia. Griegos y romanos creyeron en la anakuklosis, o sea los inevitables ciclos o eras que dominan la vida de la humanidad. No solo ellos, todos los otros pueblos de Europa y Asia compartieron ese Weltanschauung. Se puede decir que ese tipo de concepto es lo que previno que sociedades muy avanzadas como China o India, fueran capaces de desarrollar las matemáticas avanzadas que luego fueron desarrolladas en Occidente y que hicieron posible la explosión tecnológica europea.

Otra consecuencia de esa concepción fatalista del mundo es la anquilosación de las sociedades en sistemas de castas imposibles de superar y que históricamente evitaron que esas sociedades desarrollaran sistemas de derecho y maneras de gobierno democráticas, otro de los grandes elementos del asombroso desarrollo de Occidente.

En aquellas sociedades de concepción pagana predominaron siempre sentimientos profundamente pesimistas en los que el miedo a la muerte impregna la psiquis social. El pagano entiende la vida como un juego incomprensible de gato y ratón, en el que él es el ratón y los dioses son los gatos. Aun aquellos que pudieron sacarse de encima a los dioses (por ejemplo Epicuro) no pudieron pasar de entender la vida humana más allá del placer y displacer que la gobiernan y que termina en la aniquilación final del ser. La muerte es inevitable, la vida no tiene sentido, los dioses no sirven de ayuda… “comamos y bebamos porque mañana, hemos de morir y por las dudas hagamos algún sacrificio a los dioses, para que en caso que existan, nos sean propicios”.

De todo ese complejo panorama de gris desesperación apenas decorada por el placer y el amor… quizás el budismo es el mejor producto. El budismo predica la aniquilación total del ser y del deseo del ser como condición para la realización absoluta en Nirvana. Algo perfectamente opuesto a la idea cristiana de la satisfacción de todo deseo humano en la contemplación de la visión beatífica. Pero me estoy saliendo del tema…

Volviendo a los paganos… A ese mundo de quieta y no tan quieta desesperación llegó Abrahán. Un tío que de intelectual no tenia nada. Un nómada medio pastor, medio guerrero y comerciante que viajaba entre la medialuna fértil de la Mesopotamia y Egipto. Definitivamente un tipo original porque creía haber hablado con Dios, el Dios único y verdadero, nada menos. Y creía que Dios le había hecho una promesa “haré tu descendencia numerosa como las estrellas del cielo” lo que al pobre Abrahán, de 90 años, sin hijos y casado con una chica de 80 le debe haber parecido una broma de mal gusto. Pero la creyó y le hizo caso a Dios que le siguió hablando. Creer o reventar, más de la mitad de la población del mundo de hoy dice creer en el Dios de Abrahán.

Este Dios tan peculiar le fue dando sus doctrinas gradualmente a los descendientes de Abrahán. Entre ellas una doctrina que el resto del mundo de la Edad de Hierro ciertamente NO compartía y que la ciencia del mundo NO creyó hasta que fue comprobada a principios del siglo XX, unos 40 siglos después de la muerte de Abrahán y confirmada por Penzias y Wilson en la década de los 1960. Le tomó a la ciencia cuatro mil años para ponerse a la par de un hebreo en camello.

Esa doctrina única de los hebreos (llamados así en honor a la casa de Heber, el antepasado de Abrahán) dice que el universo tuvo un principio y que todo lo que contiene fue creado por Dios. Los dioses de la época eran como las amas de casa americanas de hoy, todo lo compraban hecho. Zeus, Horus, Marduk y todos los demás son dioses que encuentran el universo hecho y a veces hacen cosas nuevas pero siempre, a partir de cosas que estaban por ahí, fueran ellas la luna, un toro, una esposa o lo que fuera. Los equivalentes paganos del génesis universal son comparables al Génesis de los hebreos como una composición de primer grado compara con una obra de Shakespeare.

Con el tiempo llegó a la familia de Abrahán un maestro galileo llamado Jesús. El nos dió lo que hoy llamamos el cristianismo. Esta inesperada fuerza irrumpió en el Imperio Romano del primer siglo y transformó la sociedad completa. Los creyentes cristianos no podian abortar a sus bebés, ni exponerlos al frio o ahogarlos como lo hacían los paganos. Tampoco podían ir a entretenerse al circo a ver como las fieras destrozaban a los pobres condenados. Tampoco creían que el emperador fuera un dios y se negaban a quemarle incienso. Estos locos de remate creían que el alma del emperador era a la vista de Dios esencialmente igual al alma de cualquier esclavo. Los cristianos enfrentaban la muerte con calma y dignidad, lo cual frustraba al público del circo que deseaba ver un poco de drama. Los cristianos creían como los hebreos que todo tiene un principio y para ellos la muerte era el principio de la eternidad.

Una de las ideas más raras de los cristianos era la caridad. En el mundo antiguo solamente los judíos tenían algún concepto de la caridad como mandamiento divino. Cuando las plagas azotaban una ciudad, los cristianos entraban en ella, en lugar de huir, ayudando a otros, inclusive a aquellos que iban al circo a verlos morir despedazados. Cuando cayó el imperio y los bárbaros invadieron Europa a gusto y placer, fueron los cristianos los que preservaron los libros y la cultura en general. Al cabo de algunas décadas los bárbaros invasores se volvieron cristianos también y salieron a invadir lo que quedaba de la Europa pagana, ya no con armas y ejércitos, sino con el Evangelio.

Los cristianos introdujeron en Europa la idea—rarísima entonces—que Dios era razonable y no se podía contradecir a sí mismo. En esa breve doctrina están contenidos dos pilares del progreso de Occidente: la verdad existe, puede ser hallada y deducida por medio de la observación y la razón. La razón no es arbitraria o contradictoria consigo misma, pues proviene de Dios que es la fuente de toda verdad.

Así crecieron las ciencias en el jardín que Jesús plantó en el Mediterráneo, al principio lentamente y luego en un crescendo que no se ha detenido hasta nuestros días. Así se inventaron en Europa los monasterios, los hospitales, las universidades y las logias de artesanos, las imprentas. La Iglesia limitó el poder de los reyes, que ya no pudieron ser dioses y estaban llamados a ser justos (aunque pocos lo hayan logrado)… gradualmente llegaron las instituciones democráticas, a partir de la Magna Carta. Se descubrió un Nuevo Mundo y sus habitantes se sumaron a la familia de Abrahán…

Y ahora, cuarenta siglos después de Abrahán, vienen estos secularistas y nos dicen que la verdad es relativa, que Dios no existe, que los que reniegan de la religión son más inteligentes que los que se guían por ella… y toda una sarta de mentecateces demasiado larga como para escribirlas aquí.

En realidad estos neo-paganos solo tienen dos opciones: la primera es aprender las cosas bien y volverse cristianos (mucho más entretenido que ser pagano) y la segunda es, sufrir las consecuencias de aplicar en su vida las propias ideas. Espero que sean al menos tan listos como los bárbaros y que se unan a nosotros en mejorar al mundo, que buena falta le hace después de estos últimos cinco siglos de incoherencia.

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