La América nativa

mascara-jadeAntes que el hombre llegara, en el principio América se extendía vasta y virgen entre el Atlántico y el Pacífico. Cordilleras nevadas, selvas, desiertos, punas y pampas esperaban al hombre, abundantes en extraños animales que el hombre no había visto jamás. A su tiempo-un tiempo muy discutido entre los especialistas-llegaron los hombres. Algunos se abrieron camino desde las estepas de Asia Oriental a través de las Aleutianas y Alaska, otros quizás llegaron cruzando el mar desde Oceanía. Los gigantes de la Isla de Pascua parecen esperar a sus ancestros, fija la mirada en el poniente. Los primeros americanos fueron cazadores y pescadores.

Aún no se había producido la revolución agrícola en la medialuna fértil que abarca los cursos del Tigris y el Eufrates. Los faraones de Egipto tardarían miles de años en aparecer. La aparición de los primeros americanos se pierde en los albores de la historia de la humanidad. Cuando la civilización llegó a Media, Egipto y China los primeros americanos ya vivían aislados y tuvieron que inventarlo todo desde la raíz. La agricultura y la escritura fueron inventadas sin el beneficio de poder copiar los exitosos experimentos asiáticos que precedieron a la Edad de Bronce.

Hoy sabemos que los descendientes de esos primeros americanos fueron grandes agricultores. La patata, el tomate, el aguacate, la yuca, el maíz y muchos otros productos agrícolas son el producto de siglos de ingenioso mejoramiento. Año tras año los arqueólogos descubren como las civilizaciones de América se sucedieron, perfeccionando la agricultura, la metalurgia, la matemática y la astronomía. Ingenieros brillantes aprendieron a trabajar la roca con una precisión asombrosa. Docenas de pueblos desde las sabanas venezolanas hasta los confines del Chaco, desde las selvas del Alto Perú hasta Marajó, fueron gradualmente creando la biota más rica del planeta en la cuenca del Amazonas. Muchas de estas civilizaciones se han perdido para siempre y nunca sabremos los nombres de sus reyes, ni escucharemos el sonido de su idioma o de sus canciones. De alguna manera, sin embargo, su legado subsiste en los misteriosos monumentos que han sobrevivido en todo el continente. Las enormes esculturas olmecas que parecieran representar a un pueblo de rasgos africanos, los inmensos terraplenes artificiales del Beni boliviano, Machu Pichu la ciudad de los antiguos perdida entre las nubes que coronan los Andes, las ciudades y pirámides mayas y mexicas, los grandes poblados de las naciones de América del Norte que los arqueólogos recién están comenzando a explorar. La herencia de estos pueblos perdidos es vasta y enigmática. Silenciosamente nos propone la pregunta ¿qué pasó con todos estos pueblos? En Europa y Asia sobreviven romanos, griegos, eslavos, chinos, egipcios, persas. De una manera u otra, a pesar de los cataclismos de la historia algunos pueblos se las han arreglado para conservar parte de su herencia cultural ¿Qué es lo que pasó en América? ¿Por qué ha sobrevivido tan poco en comparación?

1492 el año del contacto

Muchas de las religiones del mundo declaran que Dios nos habla por medio de las cosas creadas. Para nosotros, los católicos, la historia no es meramente una sucesión ininteligible de batallas, invasiones, dinastías e imperios. La historia es la magnífica tela en la que se pintan la creación del hombre por Dios, la caída del hombre, su lucha por sobrevivir en un mundo hostil y la redención que el amor de Dios ha provisto para salvar a la raza humana. En este fantástico marco Dios pinta el drama de la creación, usando edades, reinos, razas, continentes y una colección enorme de cosas majestuosas e impresionantes, como corresponde al poder de su divina voluntad. La historia puede ser vista como un evangelio escondido que declara la gloria de Dios de una manera sutil y a la vez magnífica. Solo Dios puede llevar a cabo obras de esa enorme magnitud en el tiempo y en el espacio.

Las Américas estuvieron escondidas del resto del mundo hasta la llegada de Cristobal Colón-a lo que hoy es Santo Domingo-en Octubre de 1492. Hoy hay evidencia clara de contactos anteriores a esa fecha entre europeos y americanos. Marinos noruegos ya habían establecido postas de comercio en Groenlandia, Terranova y Maine. Algunos parece que llegaron a explorar las costas de América del Norte, llegando hasta lo que es hoy Cuba y la Florida. Los arqueólogos también han hallado fragmentos de porcelanas producidas en China, lo que indicaría un contacto al menos tenue entre Asia y América. En todo caso el contacto con los pueblos allende el mar parece haber sido muy raro y esporádico, hasta esa mañana del 12 de octubre de 1492 cuando el almirante genovés puso pie en la Isla de la Española por primera vez.

Quién era Colón

Aquí debemos hacer un breve desvío para identificar a este hombre, Cristóbal Colón, cuya figura histórica se agiganta a medida que pasan los siglos. Cristóforo Columbo, era original de Génova, “la soberbia reina del mar”. Esta ciudad del norte de Italia ha sido por siglos una poderosa sede de banqueros, comerciantes, astilleros y navegantes. La región que Génova preside, la antigua Liguria, fue también en un tiempo la patria de los reyes de Italia. Algunos historiadores afirman que Colón era miembro de una piadosa familia de judíos convertidos al cristianismo. Su nombre pareciera indicarlo. En esos días los conversos del judaísmo solían adoptar ciertos nombres particulares (de árboles, pájaros) para indicar su origen y así poder reconocerse entre ellos después de su conversión. El nombre “Columbo” significa “palomo” en el dialecto genovés, mientras que Cristóforo significa “el que lleva a Cristo” o “el que carga a Cristo” y es también el nombre de San Cristóbal, un santo muy querido de los genoveses de todas las épocas. También sabemos que Colón dejó España el día 3 de agosto de 1492, precisamente la fecha en que, por decreto real, los judíos y musulmanes debían abandonar España.

Con Cristo a cruzar el mar

Como ya dijimos, Cristóforo es el nombre de San Cristóbal en el dialecto genovés, siendo él uno de los santos preferidos de los naturales de Génova. Muchos afirman que los santos que elegimos para bendecir nuestro bautismo y confirmación, imprimen algo de sus propios caracteres en el alma del nuevo discípulo. Esto parece ser especialmente cierto en el caso de Cristóbal Colón. Primeramente, San Cristóbal era en esos tiempos, el santo patrono de los viajeros. No se sabe mucho a ciencia cierta de la vida de San Cristóbal, pero las leyendas populares dicen que era originario de Canaán, que su nombre era Offoro y que era un hombre de poderoso porte además de ser un viajero incansable. En uno de sus viajes, Offoro conoció a un ermitaño que le enseñó la fe cristiana. Como resultado, después de su bautismo, Offoro dedicó su vida a ayudar al prójimo cargando a los viajeros debían cruzar un caudaloso rio. Un día le tocó cargar a un pequeñín que resultó volverse cada vez más pesado a medida que Offoro se adentraba en el agua. Al llegar a la orilla opuesta el Niño le reveló que El era Cristo, que llevaba sobre sí el peso del mundo. Desde ese momento, el santo tomó el nombre de Cristóforo o Cristóbal, que significa “el que lleva a Cristo”.

Es realmente una asombrosa coincidencia que Colón tuviera en su nombre la evidencia del Espíritu Santo, tradicionalmente representado como un palomo y que le fuera encomendado el llevar a Cristo al cruzar el Atlántico. De hecho es notable que la nave capitana fuera la “Santa María” llamada así en honor de la Madre de Dios. Esa nave estaba ya destinada a quedarse en las Américas ya que Colón ordenó que se la desmantelara para hacer un pequeño fuerte al que llamó “Santa Trinidad” en honor de Dios mismo. En un modo simbólico, Colón trajo a América a María, Jesús y la Santa Trinidad y los dejó en América como semilla para futuras generaciones. ¿Es ésta una simple coincidencia o es la mano de Dios escribiendo en las páginas de la historia? Algo en lo que vale la pena meditar.

Las consecuencias del contacto

El nuevo continente que Colón abrió para los europeos estuvo por siglos aislado del resto del mundo. En 1492 Europa estaba entrando en la Edad Moderna, mientras que gran parte de las Américas apenas arañaban el fin del Paleolítico. Sin embargo el choque entre estos dos grandes bloques tuvo consecuencias que aún hoy-cinco siglos más tarde- no hemos esclarecido totalmente. Para explicar esta situación es necesario establecer un paralelo que, sin duda, será inexacto. Sin embargo esta comparación nos ayudará a poner una base para analizar el impacto del choque entre Europa y América. Presento este paralelo en forma de pregunta ¿Por qué América no estableció una relación con Europa más similar a la que, casi al mismo tiempo, se estaba estableciendo con China y Japón? En China, las potencias europeas establecieron puertos y ciudades en la costa para concentrar el comercio. Así nacieron colonias como Hong Kong y otras. La realidad del asunto es que países como China y Japón no estaban mucho más avanzados que los imperios del Inca o de los Aztecas. La diferencia radica, a mi juicio, en que los populosos países del Asia eran inconquistables aún con cierta superioridad tecnológica. Hay otros factores, desde luego. Los imperios americanos desconocían la caballería y las armas de fuego, mientras que sus contrapartes asiáticas al menos disponían de caballería. La inconquistabilidad de los países asiáticos residió mayormente en sus enormes poblaciones cuya sujección militar hubiera demandado un sacrificio inmenso a los europeos. No es sino hasta 1945 que una potencia asiática cayó por primera vez vencida por un invasor occidental y para eso se necesitó un avance tecnológico tan grande como la bomba A, además de ciertas circunstancias y justificaciones políticas que esperamos no se repitan jamás para perjuicio de nadie.

La diferencia radica entonces en la baja población que los conquistadores encontraron en las Américas. Cortés y Pizarro conquistaron para España territorios vastísimos con exiguas fuerzas de apenas centenares de hombres. Una vez subyugados los nativos, la corona española nunca necesitó un ejército estable para mantener la paz. Dicha paz se extendió desde principios del siglo XVI hasta las guerras de la independencia americana que mayormente surgieron en el siglo XVIII. Hasta hace poco se barajaban cifras muy bajas al estimar la población de las Américas al tiempo de 1491. Es muy probable que nunca sepamos la cifra exacta pero una estimación “a ojo de buen cubero” nos pone hoy en varias decenas de millones de personas, posiblemente en la cercanía de los 100 millones.

¿Por qué estimamos estas cifras? Primeramente tenemos dos grandes imperios, el Imperio Azteca en México y el Imperio Incaico en lo que es hoy Perú y Bolivia. Incontables tribus habitaban el resto del continente al sur y hacia el norte de México comenzaban a surgir confederaciones organizadas responsables por la construcción de ciudades inmensas que desaparecieron unas pocas décadas después de la llegada de los Europeos a América. Como llegó a suceder esa desaparición es uno de los más fascinantes enigmas de la historia.

No tan salvajes como los invasores

mascaraEn su libro 1491 el periodista Charles C. Mann escribe: “Antes de convertirse en el Nuevo Mundo, el hemisferio occidental estaba vastamente más poblado y era mucho más sofisticado que lo que se había supuesto hasta ahora. En esos tiempos era mucho más saludable para vivir que Europa. Las evidencias que se están descubriendo en lo que respecta al tamaño de las poblaciones y su avanzada agricultura nos lleva a conjeturar algo asombroso: la selva amazónica puede ser después de todo, un artefacto de origen humano.”

Para darnos una idea de la importancia de las civilizaciones americanas que desaparecieron en el siglo XVI podemos citar por ejemplo el tamaño y la funcionalidad de las ciudades. Tenochtitlán, la capital del Imperio Azteca tenía entonces sistemas de aguas corrientes y servidas. Las calles aztecas eran modelos de limpieza y prolijidad. Cualquiera de los habitantes de Tenochtitlán vivía en un ambiente mucho más saludable y limpio que el rey de Francia, quien aún siglos después construyó el palacio de Versalles sin un solo cuarto de baño. La ciudad más grande del mundo en esos años no era Roma, ni París, ni Londres: era Tenochtitlán y con ella existieron antes de la llegada de los europeos, enormes ciudades que apenas estamos comenzando a descubrir: Cuzco, Cahokia, Calakmul y muchas otras.

Tenemos también los reportes de Hernán Cortés, Francisco Pizarro y otros exploradores que llegaron a ver los últimos días de estos vastos imperios. Muchos de ellos se quedaron boquiabiertos ante la grandeza y vigor de estos centros urbanos. Contrario a lo que cree el común de la gente, los conquistadores españoles no destruyeron estas ciudades para apropiarse de sus tesoros. Si bien hubo casos de saqueos y desmanes, el mayor daño que los europeos causaron fue totalmente sin intención. Tuvieron que pasar cuatro siglos para que hombres como Jenner y Pasteur establecieran la ciencia de la microbiología para que pudiéramos entender las fuerzas invisibles que barrieron a las naciones indígenas de América.

Una pista de lo que pasó nos la da el explorador francés René Robert Sieur de La Salle, quien pasó en 1682 por la misma zona del Mississippi que Hernando de Soto había explorado cien años antes. De Soto no había podido establecer una colonia en esa parte del mundo porque estaba “poblada con numerosas aldeas empalizadas y con muchos arqueros dispuestos”. Un siglo después La Salle encontró las ruinas de esas aldeas pero ya no estaban pobladas. Las civilizaciones que las habían sostenido tan solo dos generaciones atrás, habían desaparecido dejando las ciudades intactas. De Soto tuvo la oportunidad de ver ciudades como Cahokia desde la relativa seguridad de las balsas con las que exploró el Mississippi. Las vió intactas y en plena actividad, llenas de gente y bien defendidas. Lo que sucedió en los años que siguieron a su visita es una de las páginas más tristes de la historia de América.

Cuando Colón dejó la Isla de la Española en 1492 dejó también a uno de sus marineros que se enfermó y murió de viruela (variola mayor). En un desproporcionado intercambio, también uno de sus oficiales contrajo la sífilis (causada por la espiroqueta pallida) que era común entre los taínos de esa isla. La sífilis reflorecería en Europa de tanto en tanto en los siglos por venir pero el efecto de las enfermedades europeas en la población americana iba a ser devastador.

En los años por venir los cerdos que escaparon de las piaras de Hernando de Soto en Georgia, un marino francés con hepatitis viral que naufragó en las costas de Massachussetts y quién sabe cuántos otros focos de infección, se sumarían a la primera visita de Colón y extenderían un negro manto de pestilencia y muerte que-según algunos estiman-destruyó el noventa por ciento de la población de América. Tenemos algunos datos de cómo se extendieron las epidemias y estos datos confirman que las enfermedades se extendieron más rápidamente hacia el sur que hacia el norte. En 1492 Cristóbal Colón realiza el primer contacto, en 1510 Diego de Velázquez comienza los primeros asentamientos españoles en Cuba. En 1519 Hernán Cortés llega a México y en 1620 los primeros colonos ingleses llegan a Plymouth, Massachussets. Esto completa un período de aproximadamente 130 años. Cuando los colonos ingleses llegan a Massachussets ya encuentran poblaciones de los indios Cohasset y Narrangasset completamente diezmadas por la peste (posiblemente hepatitis viral).

Cuando Francisco Pizarro llega Cajamarca del Perú en 1531, ya la epidemia había pasado por el imperio incaico eliminando aproximadamente a un veinte por ciento de la población en pocos años. Entre las víctimas estaba Huayno Capac, el Inca y su heredero Ninan Coyuchui. El vacío de poder generó una guerra civil entre Atahualpa y Huaskar-ambos posibles herederos al trono-lo que aumentó todavía más las penurias de la población. Apenas unos días después de derrotar a sus enemigos y consolidar la paz del reino, Atahualpa recibió noticia del desembarco de Pizarro. El fin llegó en poco tiempo para las series de civilizaciones que habían prosperado en Sudamérica por tantos siglos y que extendían su poder desde Ecuador hasta el sur de Chile, desde las costas peruanas del Pacífico hasta el borde de la gran cuenca amazónica en Bolivia y Brasil.

De no haber sido por las enfermedades que debilitaron a todas las sociedades americanas sin excepción, la conquista de América hubiera sido tan imposible como la conquista de la China o del Japón. La historia hubiera sido completamente diferente. Los españoles, franceses e ingleses que gradualmente se establecieron en América, pudieron hacerlo porque las sociedades nativas habían sido debilitadas por las sucesivas oleadas de viruela, difteria, influenza, poliomielitis y otras enfermedades, algunas de las cuales sobreviven hasta este día.

En diciembre de 1531, mientras Pizarro consolidaba su conquista en el Perú, al otro extremo del continente americano, el obispo de México recibe un reporte sorprendente: la Virgen María se le ha aparecido a un sencillo nativo llamado Juan Diego Cuauhtlatoatzin en la colina del Tepéyac. Una serie de poderosos milagros confirma la aparición. El portento es seguido por miles de conversiones entre los nativos y en los años por venir, cerca de nueve millones de nuevos cristianos entrarán en la Iglesia en los territorios que se extienden entre California y las costas del Golfo de México. Así comenzó la cristianización de América: por las manos de María de Nazareth.

El clamor de la sangre

“Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo” (Génesis 4, 10).

Dejemos por un momento a Pizarro comenzando a establecerse en Perú y a los sorprendidos religiosos e indígenas de la mejicana Tenochtitlán, asombrados por la aparición entre los suyos de la Reina del Cielo en 1531. Retrocedamos unos años hasta 1398, ciento treinta años antes de la aparición de la Virgen en la colina de Tepeyac. Ese año nacieron dos niños que habían de cambiar la historia de los aztecas. Uno de ellos fue Moctezuma, el último emperador y el otro, menos conocido para muchos de nosotros pero no menos importante: Tlacaellel, el arquitecto del imperio azteca. De él dice el historiador azteca Quauhtlehuanitzin: “Hubo muchos grandes reyes y guerreros que inspiraron temor en los pueblos cerca y lejos, a lo ancho de la tierra. Pero el de mayor coraje, el más ilustre de la nación, fue el gran capitán, el gran guerrero Tlacaellel. El fue quien estableció la adoración del demonio Huitzilopochti, el dios de los mexicas.”

Tlacaellel fue el organizador y fundador del imperio azteca que Cortés encontraría unos cien años más tarde. Tlacaellel vivió casi un siglo y durante ese siglo de vida llevó a cabo un plan magistral para cimentar el poder de los emperadores aztecas entre los pueblos de la región. El mismo rehusó convertirse en emperador y prefirió ser la eminencia oscura detrás del poder. Rechazó la oferta de ser coronado con las palabras: “ya soy un rey”. Al impulsar la abundancia de sacrificios al demonio Huitzipochtli promovió una sucesión de guerras regionales cuyo solo objetivo era capturar víctimas para los sacrificios que ofrecía “como pan caliente salido del horno, blando y delicioso.” A la edad de treinta y un años en 1429 emergió como un poderoso líder militar y designó por su propio poder a tres emperadores. En efecto fue regente del imperio por sesenta y siete años.

Quizás el momento más macabro de la macabra vida de Tlacaellel ocurrió en 1487 cuando ya contaba con ochenta y nueve años de edad. Ese fue el año que se dedicó el gran templo piramidal de Huitzipochtli en el centro mismo de Tenochtitlan, un impresionante edificio de unos trescientos metros de altura, formado por toda clase de apartamentos, corredores y santuarios donde moraban los sacerdotes del dios. Los dos ‘dioses’ principales del panteón azteca-a quienes se realizaban la mayoría de los sacrificios humanos-eran Huitzilopochtli y Tezcatlipoca. Sus ‘sacerdotes’ se pintaban su cuerpo de negro; su cabello, que nunca se habían cortado, estaba permanentemente empastado con sangre seca. Sus dientes estaban afilados en puntas agudas. El nuevo templo fue construido y dedicado por orden de Tlacaellel quien, para la ocasión, decidió ofrecer el más grande sacrificio de vidas humanas en la historia del imperio. Recopilando los abundantes relatos de ese nefasto día, el historiador R. C. Padden lo describió de esta manera:

“Antes de que rayara el alba del dia de la inauguración, los legionarios prepararon a las víctimas, a quienes fueron alineado de a uno en fondo sobre los escalones de la gran pirámide en una línea que se extendía hasta las avenidas de acceso por toda la ciudad perdiéndose de vista en la distancia. A las personas congregadas sobre los techos de sus viviendas, debió parecerles que la fila se extendía hasta los confines de la tierra. Las pobres víctimas eran prisioneros de guerra y esclavos esperando su turno en cuatro hileras que avanzaban hasta cada uno de los altares ubicados en cada lado del tope de la pirámide. Tlacaellel y los tres reyes de la triple alianza mexica, comenzarían el sacrificio oficiando como sacerdotes en la macabra ceremonia mientras resonaban ensordecerdores los tambores de piel de serpiente.”

Las víctimas eran rápidamente dispuestas en el altar donde el sacerdote les arrancaba el corazón con un rápido golpe de un enorme cuchillo de obsidiana. La operación era rápida y precisa. Una vez sacrificada la víctima se la empujaba, dejándola rodar escalones abajo donde los ayudantes destazaban los cuerpos que serían cocidos luego para servirles de alimento. La ceremonia continuó por cuatro días consecutivos y sabemos que al menos 80.000 personas fueron sacrificadas. Tlacaellel ordenó a todos los nobles con sus familias a presenciar el espectáculo. Superados por el horror de tan horrible vista, la mayoría huyó aterrorizada pero aunque pudieran escapar de semejante espanto, no podían escapar del nauseabundo olor a sangre humana que invadió la ciudad entera. La matanza de 1487 es una de las páginas más horribles en el largo catálogo de horrores de la historia del hombre.

Lo que no sabían los participantes y las deseperanzadas víctimas de la masacre, era que ese diabólico orden social estaba por cambiar para siempre y que antes de que pasara esa triste generación, la nación entera sería rescatada para el amor de Cristo por medio de eventos tan asombrosos como jamás se hubieran visto.

Sálvanos de quienes que nos devoran

El Salmo 14 puede usarse para entender como Dios atendió la angustia de los pobres y oprimidos pueblos de las américas. ¿Nunca aprenderán los malvados, los que devoran a mi pueblo como si fuera pan, y no invocan al Señor? La gracia de Dios estaba por ser derramada en formas nunca vistas. Tal gracia vino sobre estos humildes indígenas mejicanos como una verdadera lluvia de bendición.

En esos días, en el pueblecito de Cusutitlan, no muy lejos de Tenochtitlan vivía un muchachito, a la sazón, de unos trece años de edad. Ya para entonces estaba aprendiendo el oficio de tejer “tilmas”, los tradicionales ponchos de fibra vegetal que caracterizan a su pueblo. El era uno de los “macehualtin”, o sea un pobre muchacho de casta inferior. Es posible que asistiera a los sacrificios de aquel horrible día, llevado quizás por la curiosidad. Su nombre era Cuauhtlatouac, “el que habla como el águila”.

Unos cuarenta años más tarde Cuauhtlatouac sería bautizado con el nombre cristiano de Juan Diego y fue a él a quien la Madre de Dios se le apareció en la colina de Tepeyac en el mismo lugar donde antiguamente se adoraba a la diosa azteca Toniatzin. En otra de esas admirables casualidades de la historia, la aparición dió origen a una advocación de la Virgen que recibió el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, como antes se llamara a la Virgen María en Extremadura, España. Ya Colón había nombrado una de las islas del Caribe con ese nombre, en agradecimiento a Nuestra Señora por haber salido con vida de un naufragio. Una de las etimologías posibles  nombre viene, como Fátima, del árabe “wadi-al-loub”, o sea “río de los lobos” aunque la más creíble viene del nombre romano para ese río: Flumen Lux Speculum que sobrevivió como Guadalupe agregando la palabra árabe para “río” que ese wadi. Es posible, dice Becerra Tanco (1666), que Nuestra Señora usara el nombre nahuatl de “tequantlaxopeuh”, que literalmente significa “la que nos salva de los que nos devoran”. Curiosamente las varias etimologías tienen evidentes coincidencias místicas que San Juan Diego seguramente hubiera entendido bien.

Hay un pasaje del Antiguo Testamento que podría aplicarse a esta parte de la historia de las américas.

“Dios viene … su majestad cubre los cielos y su alabanza llena la tierra. Su resplandor es como la luz, brotan rayos de sus manos y allí está el secreto de su fuerza. Delante de él avanza la peste y la fiebre sigue sus pasos. Él se detiene, y hace vacilar la tierra, mira, y hace estremecer a las naciones. ¡Se desmoronan las montañas eternas, se hunden las colinas antiguas, sus caminos de siempre! … …[Oh Dios] has traspasado con tus flechas la cabeza de sus jefes, que se lanzaban tempestuosamente para destrozarme, entre gritos de alegría, como quien devora a un pobre ocultamente. Con tus caballos has surcado el mar, entre el bullir de las aguas caudalosas.” (Habacuc 3)

Si bien la generación de Tlacaellel fue extremadamente sangrienta, los aztecas no fueron los únicos en servirse del sacrificio humano para aterrorizar a los pueblos y adorar a sus dioses. Se han descubierto evidencias de sacrificios humanos entre las culturas del altiplano andino. El canibalismo también fue practicado por otros pueblos del continente en distintas épocas de la historia. No creo que podamos imaginar el horror de los pobres esclavos y prisioneros. Los restos de sacrificios de niños en Perú y Bolivia nos llenan de tristeza e indignación y asentimos al castigo divino que vino sobre esos pueblos cuando menos lo esperaban. Dios entró en las américas tal como lo describe el profeta Habacuc, precedido de pestilencia y muerte, fundiendo las montañas con su poder. Nos sentimos justificados a pensar que ahora, el continente vive su destino cristiano en nosotros, sus nuevos habitantes ¿Estará Dios de acuerdo con nosotros en que, finalmente, llegaron tiempos mejores para las américas?

Las mismas abominaciones en nuestra era

Es difícil llegar a una cifra más o menos exacta cuando se trata de estimar la cantidad de gente sacrificada por los predecesores y seguidores de Tlacaellel. Mucho menos si quisiéramos calcular la cantidad de sacrificios humanos que ocurrieron en las eras que precedieron al descubrimiento. Lo cierto es que la llegada de los europeos a América no terminó para siempre los exterminios ni la opresión. Muchos santos como el Obispo Zumárraga o San Francisco Solano, predicaron contra las prácticas injustas a las que algunos indígenas fueron sometidos en los últimos cinco siglos. En estos últimos años, me animo a afirmar, han surgido ideas y prácticas tan sangrientas, crueles y demoníacas como las de Tlacaellel y aún más crueles. Organizaciones pro-aborto han logrado torcer las tradiciones legales de muchos países y en lugares como los Estados Unidos de América ya se contabilizan más de treinta y cinco millones de abortos al tiempo de escribir este artículo. El infanticidio y la eutanasia ya se practican veladamente. Hay quienes trabajan para establecer estas prácticas legalmente. Esto parece ser solamente el principio de una serie de abominaciones, algunas de la cuales son inconcebiblemente inhumanas y satánicas.

Uno no puede dejar de preguntarse seriamente qué es lo que Dios va a hacer esta vez para detener esta nueva generación de asesinos. Verdaderamente el registro infame de Tlacaellel y sus adláteres ha sido superado en número y ferocidad ya hace mucho tiempo. No debería sorprendernos si la compensación divina por tales crímenes supera en fuerza a la que recibieron nuestros antepasados precolombinos. Con este pensamiento quiero dar fin a esta nota. Seguramente habrá quienes objeten la validez de mi exposición. A ellos les pido que se dirijan a la historia y la miren una sola vez, al menos, de la manera que la hemos observado en estas pocas y breves líneas.

Bibliografía

The Wonder of Guadalupe, por Francis Johnston, publ. TAN books, Rockford, Illinois, 1981.

Our Lady of Guadalupe and the Conquest of Darkness, por Warren H. Carroll, Christendom Press, Front Royal, Virginia, 1983.

1491, por Charles C. Mann, Vintage Books/Random House, New York, 2006.

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