La lección de Agustín

sanagDesde Hipona, al otro lado del Mediterráneo San Agustín miraba a Roma como la madre de la civilización, sustentadora de la Pax Romana, de las leyes, de las artes y de esa nueva fuerza que había surgido en Palestina tres siglos antes: el cristianismo que ahora llenaba el imperio con nuevos ímpetus ya no de conquistar naciones y hollarlas bajo las cáligas romanas sino de evangelizarlas para traerlas al rebaño de Cristo. Esa visión de Agustín quedó destrozada cuando las noticias del saqueo de Roma le llegaron en 410 a.D.

Debe haber sido un golpe tremendo para aquel hombre, ahora obispo, que se había convertido en 387 cuando nadie soñaba que Roma pudiera ser humillada. Agustín mismo representaba entonces la fusión de dos mundos que se encontraban en su propia alma. El Agustín pagano estaba sumergido dentro del mundo clásico greco romano y al hacerse cristiano su poderoso intelecto buscó la fusión de lo mejor de su mundo con este otro mundo cristiano que se abría prometedor y lleno de esperanzas delante de él.

Con la caída de Roma, Agustín ve caer también su propia concepción del mundo y debe buscar en lo profundo de su alma la manera de reconciliar la realidad de Roma que termina con la crisálida de la Cristiandad que comenzará a emerger intelectualmente en él y en los padres de la Iglesia que le sucedieron y que hicieron con Cristo la Europa cristiana que luego llamaríamos Occidente. De la oscura noche de la destrucción de Roma surgieron culturas cristianas aunadas bajo la Cruz, pero el Occidente cristiano estaba aún muy lejos para que Agustín lo pudiera ver naturalmente.

De esa crisis en el corazón del obispo de Hipona surge La Ciudad de Dios. Es que Agustín se da cuenta que no es posible reconciliar la realidad histórica dentro de los angostos límites de la filosofía. El santo debe dar un paso atrás y reevaluar la historia con el auxilio de la gracia. A esa reflexión agustiniana se remonta una gran parte de la ciencia teológica de la Iglesia. Iban a pasar muchos siglos antes que otro gigantesco intelecto, el de Tomás de Aquino, llevara la visión cristiana a alturas aún más elevadas.

Agustín debe contemplar “en una hora”, para usar las palabras de San Juan, el colapso de una civilización que se consideraba el mundo y que llamaba al Mediterráneo “nuestro mar”. La magnitud de este desplome no puede ser comparada al lento pero seguro decaer de la civilización occidental que nosotros conocemos. Nosotros hemos visto pasar décadas en las que las paredes primero y las columnas después, comenzaron a desgranarse. Lo que Agustín tuvo que asimilar fue el escueto y brutal resumen que llegó quizás en algún barco escapado del desastre: “Roma ha caído” y supongo que no se le escapó la ironía de estar él tan cerca de la antigua Cartago, borrada del mapa por Escipión como justo castigo a sus horribles pecados.

Agustín tuvo que comprender esa terrible realidad y hacerle lugar en su intelecto por medio de reinterpretar el mismísimo sentido de la historia humana, de cuya esencia Roma era la expresión final y más completa. Pero las herramientas a las que Agustín echó mano ya no están disponibles a los intelectuales que contemplan el fin de nuestra civilización. Los elementos del análisis histórico están cojos de algo que el obispo de Hipona tenía en su bagaje intelectual pero que los pensadores de hoy han abandonado. Dejo ese elemento en suspenso un minuto.

Es bueno tomar en cuenta que lo que hoy llamamos “nuestra civilización” ha durado mucho menos en el tiempo que la civilización greco romana, que en sí misma fue un magnífico triunfo de la humanidad que apenas emergía de la brutal vida primitiva en la Europa prehistórica. Política, filosofía, artes, ciencias … todo había surgido en esa larga tarde del paganismo griego que luego se valió del brío de Roma para llenar el mundo conocido de maravillas nunca antes vistas. En las tres décadas desde la conversión de Agustín el mundo había pasado de la funcionalidad total al colapso. El golpe debe haber sido muy fuerte porque movió a Agustín a pensar que quizás había algo en la violencia y la mentecatez del pasado pagano que había echado a rodar la perdición del mundo mucho antes de que él naciera.

Lo que Agustín no vio — porque estaba demasiado cerca de la escena — fue que la cáscara vacía del imperio debía caer para dar lugar a la realidad cristiana que la suplantaría. La Iglesia estaba lista para aquellas “cosas más grandes” (Juan 14:12) de las que Cristo había hablado menos de 400 años antes.

Y vuelvo ahora al elemento que mencioné en el antepenúltimo párrafo. Agustín se encontró frente a una realidad nueva y se dio cuenta que sus herramientas no le alcanzaban para comprenderla. No había forma de entender la debacle de Roma en un sentido meramente histórico. Seguramente le pasó por la mente el “pequeño apocalipsis” que Mateo registra en el capítulo 24 de su evangelio. Las intuiciones de los Padres de la Iglesia vieron en esa predicción del fin de la Jerusalén infiel un modelo a escala del fin delkosmos. Así nuestro santo tuvo que echar mano de la teología, tuvo que tomar distancia de la realidad material y ver el asunto desde la perspectiva de los cielos. Dejó atrás a esa ciudad que los hombres construían y se acercó a la ciudad de Dios que misteriosamente crece en los cielos pero cuyos ladrillos son fogueados en la hoguera del mundo. En ese mundo en llamas, Agustín despertó a las realidades eternas que hasta entonces había visto como en una neblina. Ahora las cúpulas de la ciudad celestial brillaban delante de sus ojos. A la luz del incendio de Roma, Agustín el africano pudo vislumbrar a la Jerusalén celestial por primera vez.

Ese es el génesis de su obra De Civitate Dei y la idea que la relación entre esas dos ciudades es parte del plan de Dios para la humanidad.

En un artículo anterior les hablaba de la ciudad que David dejó en el exilio, otra ciudad quemada al fin de la historia: Ziklag de los filisteos. Esa ciudad que debió ser quemada y de cual, por medios aparentemente azarosos, la familia de David fue llevada sana y salva a ser la familia real de Israel. Así también el saqueo de Roma trajo como consecuencia el surgimiento de la Cristiandad y curiosamente, la conversión de los mismos bárbaros que la habían asolado. No pasaría mucho tiempo antes que un bárbaro, cuyos ancestros seguramente llevaban el nombre de Alixer, italianizara su nombre y se llamara Alighieri, escribiendo la obra que condensaría por muchos siglos la concepción del mundo cristiano. Ese bárbaro soñó haber sido llevado a las realidades del más allá por el pagano Virgilio que le ayudaría a hallar el centro del cielo y la belleza eterna e inalcanzable de Beatriz, una figura de la inefable Jerusalén celestial.

Volviendo a ese elemento, la visión teológica de la historia, que Agustín usó para comprender, para ver, la realidad final en esa encrucijada que le tocó vivir; esa visión teológica es justamente lo que le falta a los sabios de hoy para entender el desastre que se desarrolla delante de sus ojos. Ya no se considera lícito pensar en términos teológicos para entender la historia. Aunque el entendimiento “científico” de la historia por el marxismo ha fracasado, pocos se han dado por enterados de este lado del cielo y de la tierra. Los hombres, citando el Apocalipsis de San Juan, “no se arrepintieron de sus pecados” y especialmente no se arrepienten del ultimísimo pecado que consiste en negarse a ver la realidad justo cuando el tren se les viene encima.

En la Iglesia hemos tenido intelectos que no se limitaron a imitar la estupidez intelectual del mundo. Entre otros, destacablemente Wojtyla y Ratzinger, cada uno a su tiempo, han hecho sonar las alarmas pero la intelligentsia mundial no se dio por aludida. Hoy Francisco nos llama a hacer un poco más de ruido, a continuar marchando alrededor de Jericó un par de vueltas más para ver si caen las murallas que no dejan ver al mundo que la única salida de este embrollo global es Cristo. Justamente fue un ciego de Jericó el que reconoció debidamente al Mesías y gracias a su fe se le abrieron los ojos ¡Qué bueno sería que los pensadores del mundo de hoy reaccionaran como San Agustín y salvaran el mundo mirando hacia arriba para ver el signo del Hijo del Hombre brillando esperanzador en esta oscuridad actual!

Porque así como hubo un mañana para Roma que se llamó Cristiandad, hay un mañana para este mundo al que Cristo no le ha puesto nombre todavía pero que vendrá según su palabra: porque “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35). Aún no lo podemos ver pero como Agustín, lo podemos tratar de entender y verlo con los ojos de la esperanza.

Anuncios