La libertad del deber

cruz-reflejoQuien ponga en duda que el Espíritu Santo nombra a los obispos y guía a la Iglesia en su peregrinar hasta el fin de los tiempos, habla herejía y comete una grave falta contra la caridad y contra los fieles a quienes confunde. Promesa del Señor: “Si vosotros me amáis, cumpliréis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él os dará otro Paráclito para que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Vosotros, en cambio, lo conocéis, porque El permanece con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros”. (Juan 14: 15-18)


La libertad es lo que hace al hombre esencialmente feliz. Todo en el mundo material está atado a un curso fijo. Sólo el hombre se mueve libremente dentro del marco natural. Sólo el hombre puede limitar su propia libertad y eso sucede de dos maneras: la primera es la esclavitud impuesta por el hombre en forma antinatural a otros hombres. La segunda es los que llamamos “el deber” los límites morales que el hombre se impone a sí mismo por propia voluntad con un fin determinado como, por ejemplo, obedecer los justos mandatos de Dios.

La libertad es entonces la habilidad de actuar de una forma determinada dentro del marco natural. Cuando hay una limitación antinatural de la libertad, como por ejemplo la esclavitud, o cualquier otra pérdida temporal de la libertad impuesta por la fuerza de otro hombre, podemos encontrarnos ante la paradoja de la libertad interior. Esa fue la situación en la que Cristo se ofreció por nuestros pecados en la Cruz, mientras era sometido por la fuerza a la tortura de la máquina vil, se sometió totalmente a la voluntad del Padre. Esa acción libremente tomada hizo que Cristo fuera el hombre más libre de toda la historia, pero también es una lección sobre cómo obtener la libertad más elevada de todas. El acto fue voluntario y su origen está bien definido primeramente en el amor y luego en la obediencia. Esas son las raíces de la lección divina que nos enseña los beneficios de cumplir con el deber humano. Cuando por amor ejercemos el deber, el resultado es un incremento de la libertad. Es posible que, como en el caso del Salvador, esa libertad sea en un principio solamente interior. Sin embargo, no debemos olvidarnos que la Cruz no fue el final de la vida de Jesús. Esa total subordinación a la voluntad del Padre, como todas las acciones humanas, tuvo consecuencias específicas; en este caso, la gloriosa Resurrección que lleva al Salvador por esa maravillosa escalera que describimos en el Credo: “y al tercer día resucitó de entre los muertos, ascendió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso, desde donde ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Nótese el orden de las cosas en el Credo: la obediencia absoluta a la voluntad del Padre nace del amor de Cristo que lo sujeta al deber de la Cruz. Hecho el sacrificio de someter su voluntad y habiendo sufrido las consecuencias inmediatas de ese acto, el resultado es el ascenso al cielo y a la gloria de una libertad superior en la que Cristo ahora tiene lapotestad de juzgar aún a aquellos que le juzgaron temporalmente. La magnífica libertad interior contenida en el corazón de Jesús durante su Pasión, es potenciada al grado máximo y llega a ser la libertad de juzgar al mundo y a todas las mal habidas y mal usadas libertades del hombre de las cuales la desobediencia es la más dañina.

Yo pensaba en todo esto, gentil lector, mientras leía unos comentarios que alguien me refirió. En estos comentarios alguien cita de mi blog Apuntes de Apologética Católica esta porción referente al papado que goza de Nihil Obstat e Imprimatur episcopal:

De los 265 Papas, 79 fueron santos, solo 10 fueron inmorales o corruptos y ninguno de ellos enseñó el error en materia de fe o moral. Estamos ante una tasa de menos del 4 por ciento de fallos. En comparación, de los apóstoles elegidos por Jesús, uno de los doce originales fue corrupto—esto representa una falla del 8 por ciento—De manera que la supuesta iniquidad y corrupción del papado a través de la historia no es argumento para desautorizar la institución papal. Por el contrario, el bajísimo número de papas malos sugeriría que el Espíritu Santo interviene—con lo estrictamente necesario— en su selección y asistiéndolos en su desempeño.

Pero luego, amparado en la anonimidad de un seudónimo, un valiente catolicazo dictamina, sin exceso de caridad:

“Discúlpenme, pero ese razonamiento de Caso Rosendi es lo más idiota que he leído en mi vida. Parece una broma protestante”.

Ahora veamos lo que este genio nos espeta. Dice que lo citado es lo más idiota que ha leído en su vida, lo cual nos lleva a concluir que mucho no debe haber leído. Es que el razonamiento que él califica de idiota es una apreciación matemáticamente objetiva:

79 de 265 equivale a un 4%,
8 de 12 equivale a un 8%,
luego un 4% es relativamente menor que un 8%.

Nunca he sido expuesto a las bromas matemáticas protestantes, aunque creo que Euler era calvinista, así como Newton era anglicano y quizás Leibniz haya sido luterano. Aún así tengo la sospecha que una simple comparación estadística no puede ser una idiotez, aunque sí puede ser observada y juzgada por un cretino en forma inevitablemente idiota.

Estos iluminados blogueros discuten el pontificado de nuestro Papa, Francisco. No los cito por enlace porque es algo que no hace bien leerlo y más de uno de mis lectores se va a sentir mal si lo lee. Baste decir que, inspirado por recientes escritos contra Francisco publicados por un heresiarca argentino de florida verba, el dueño del blog se anima a decir que al Papa no lo elige el Espíritu Santo (con mis cursivas para énfasis):

Por ejemplo, se insiste hasta el cansancio de que al papa lo elige el Espíritu Santo. Yo quisiera saber de dónde sale tamaña idea -y no vale que me digan que lo dicen el P. Iraburu-. Al papa lo eligen los cardenales según las ganas, el humor y la inteligencia que tengan el día del cónclave. Y se acabó. Ya verá el Paráclito qué puede hacer con el personaje que eligieron, pero saquémonos de la cabeza y del discurso la idea de una intervención divina en el momento del cónclave. Eso no existe, nunca existió y nunca fue dicho en ningún documento oficial de la Iglesia.

Craso error o, en el caso de nuestro resbaloso bloguero, graso error. El Espíritu Santo toma decisiones en el seno de la Iglesia, según San Lucas explica la historia temprana de nuestra fe en Hechos 15:28. “El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponeros ninguna carga más que las indispensables…” Y luego en Hechos 20:28 “Velad por vosotros, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre…” Esto resulta de la no muy novedosa doctrina que nos enseñaron en el catecismo infantil: la Iglesia es de Dios, Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Papa es el mayordomo de la Iglesia, servum servorum y como todos los obispos del mundo, como Pedro o como Judas, es nombrado misteriosamente por Dios para servir al pueblo de la promesa, o sea, nosotros. Y eso lo dice un documento oficial de la Iglesia, la Biblia, en el Nuevo Testamento, por boca de uno de los cuatro hombres a quienes Dios confió escribir los Evangelios: San Lucas. Y quien fuera lo suficientemente mentecato como para negar a San Lucas, sea anatema, como se decía antiguamente en tiempos más felices.

La libertad de la que yo les hablaba antes tiene mucho que ver con estos deslices de esos “dueños de la Iglesia” que se sientan a juzgar y de los cuales ni el Papa está a salvo.

Si mi gentil lector recuerda, repasando lo anterior, la capacidad de juzgar le es otorgada a Cristo —y según San Pablo en 1ra Corintios 6:3 a los obispos— después de haber obedecido hasta la muerte. Ya nos dijo Cristo, estando en la tierra, que no había venido a juzgar aún. El glorioso trono del juicio no llega para Cristo sino hasta después del final del camino del Calvario. Para no hacer este razonamiento demasiado detallado definamos entonces que al Papa lo elige el Espíritu Santo, como a cualquier obispo, y lo que nos toca a nosotros es obedecerle en todo, pero principalmente en lo que toca a la fe y la moral, cosas por las que Cristo mismo nos ha dado garantía de fe. Ningún Papa ha enseñado error y después de veinte siglos, no será un papa argentino el que comience a hacerlo.

Lo maravilloso de ser elegido Papa por el Espíritu Santo es justamente el perder la libertad de equivocarse al enseñar a los fieles la verdad de Cristo. Con esa libertad se pierden muchas otras libertades: el Papa debe entregarse totalmente a los fieles a la manera de Pedro, príncipe sumiso a su Rey que fue crucificado cabeza abajo para que su Cruz fuera como un reflejo de la Cruz de su Amo. Con ese sacrificio, Pedro gana en cada generación la capacidad de juzgar al mundo pero aún más que eso, a sus hermanos obispos y a los fieles, a quienes debe confirmar por orden divina: “confirma fratres tuos” (Lucas 22:32).

Lo que nos toca a nosotros es obedecer. Tenemos la libertad que Cristo nos dio, en El, de seguirle confiadamente sabiendo que estamos seguros. En eso consiste la fe católica con sus tres pilares: Eucaristía, María Santísima y Pontífice Romano, respectivamente: creer, amar y obedecer.

En cuanto a esos jefes de cuadra que confunden a los fieles y se meten a predicar desobediencia malusando su libertad, usando el Internet para dividir y desalentar; digamos que mejor sería si jugaran menos al capo y se limitaran a enseñar algo neto, o sea algo “limpio, puro, claro y bien definido” como el diccionario bien lo describe.


“Nunca sabemos cuánto creemos en algo hasta que su verdad o falsedad se nos torna cosa de vida o muerte. Es fácil creer que una cuerda es fuerte y buena siempre que la usemos para meramente atar un paquete. Pero supongamos que debemos usar la misma cuerda para colgar sobre un precipicio. ¿No descubriríamos entonces cuánto realmente confiamos en esa cuerda? … Sólo un riesgo real comprueba la solidez de nuestras creencias”. Citado de C.S. Lewis, A Grief Observed.

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