La próxima revolución latinoamericana

papafRecientemente alguien me enteró de que el gobierno de la nación China ha ordenado y ha venido haciendo a través de los años, un exhaustivo estudio de las causas del predominio de Occidente en los últimos cinco siglos. En una conversación con un economista chino al tiempo que este completaba su educación en Boston, un educador norteamericano le preguntó si “había aprendido algo inesperado o que lo sorprendiera”. A lo que el joven economista respondió: “Sí. Yo no tenía idea del papel importantísimo que juega la religión en el funcionamiento de la democracia.”

Y continuó diciendo: “La razón por la que la democracia funciona NO es porque está diseñada para supervisar lo que todos hacen sino, más bien, funciona porque la mayoría de la gente, la mayor parte del tiempo, elige obedecer la ley. En el pasado [de los Estados Unidos] la gran mayoría de los norteamericanos asistía a una iglesia o sinagoga todas las semanas para ser instruidos allí por personas respetables.”

La conclusión natural de esta intuición del estudiante chino es que los ciudadanos en una democracia obedecen la ley porque sienten que no solamente deben dar cuenta de sus actos a la sociedad en que viven, sino que un día también deberán rendir cuenta de sus actos a Dios. De eso se desprende que la pérdida de la conciencia religiosa en una sociedad es importante, porque sin ella no hay suficiente respeto de la ley y no habrá nunca suficientes policías para hacer que la ley sea respetada. Tal es la naturaleza humana.

Y eso me lleva al papel que la Iglesia Católica ha desempeñado en la historia de nuestro continente cultural desde los tiempos en que el dominio español se extendía desde México a Tierra del Fuego. Para quienes conocen los números resulta evidente que España no gobernaba por la fuerza sino más bien con el consenso general de los habitantes de su vasto imperio. La Iglesia que en un tiempo produjo hombres tan diversos como Zumárraga, Francisco Solano, Juan Capistrano, Fagnano, Mascardi y tantos otros mártires, evangelizadores y maestros era la columna vertebral invisible y al mismo tiempo la conciencia de gobernantes y gobernados. Algo debe haber fallado en algún momento, quizás la Iglesia falló en formar el carácter de la gente a su cargo. Quizás la Iglesia latinoamericana nunca supo hacerle sentir a la gente que eran hombre y mujeres de Dios libres de elegir y que para vivir libres y prósperos debemos ser esclavos de la conciencia, primero religiosa y luego, como consecuencia, civil.

Quizás es por eso que la liberación del dominio español engendró gobiernos autoritarios en los que el ejercicio de la fuerza debe privar por sobre la libertad de los ciudadanos. Quizás es por eso que en Latinoamérica nadie, absolutamente nadie, es ciudadano.

En este contexto Dios y la historia nos han dado un Papa latinoamericano que está bien empapado de las ilusiones terribles que forman la base de nuestra incivil conducta civil: no creemos en sistemas morales que subyacen a la conducta y el desempeño de las instituciones. Creemos en caudillos autoritarios y en la aplicación de la violencia del estado para mantener el orden social. Aún no hemos aprendido lo caro que eso le resulta a cualquier sociedad en términos de violencia, vidas rotas, tiempo perdido, atraso sistemático entre otras muchas otras cosas importantes.

Cuando viajamos a Escandinavia o Japón admiramos los trenes prolijamente pintados de brillantes colores que circulan a horario y la disciplina de esos pueblos que parecen marchar en formación moviendo los engranajes de sus sociedades prósperas y productivas. Nos compramos los trenes y los autos para verlos pronto transformarse en ruinas pintarrajeadas, reducidas a la semi-funcionalidad por vándalos y operarios descuidados. De hecho vivimos en una sociedad en ruinas y constante caos en la que al grito de “primero yo” nos enfrentamos en una batalla campal sea que estemos yendo al trabajo diario o a unas vacaciones más estresantes que el año de vida que dejamos atrás para ir a descansar un poco. Podemos con gran sacrificio comprar la apariencia, las máquinas, la ropa que producen sociedades más felizmente organizadas. Lo que no compramos nunca es el ejemplo que ellas nos dan gratis.

El cimiento de ese pobre autoritarismo nuestro, gubernamental e individual, es una profunda infelicidad, una amargura que viene de tiempos inmemoriales y que es quizás una forma de locura colectiva que consiste en creer contra viento y marea que podemos funcionar como una sociedad de millones de Bolívares, Francias, Trujillos, Perones, Castros, Vargas, Chávezes … la lista es larga pero es la mejor prueba de que los autoritarios no vienen de Marte, salen de entre nosotros mismos. Esa infelicidad viene fundamentalmente de la falla de la Iglesia latinoamericana de enseñar las maravillosas y bien probadas consecuencias de la práctica feliz del Evangelio.

No me digan que estoy inventando cosas o echando culpas donde no las hay. Ha habido tiempos en los que, desde los púlpitos del continente, poco se dijo en favor de sociedades y prácticas solidarias que incluyeran al indio, al negro, al marginado, al inmigrante. Luego vinieron tiempos en que se pasó al otro lado y los púlpitos actuaron como cisternas del peor marxismo mezclado abominablemente con la enseñanza cristiana. Ninguna de las dos cosas es buena, la Iglesia no puede refrendar un orden social injusto ni ser promotora de las ideas de moda. La Iglesia es un ente sobrenatural e indestructible que existe en la historia para dar testimonio de Cristo a todas las naciones. Es aquel árbol bajo cuyas ramas todas las aves del cielo encontraron refugio y alimento. (Mateo 13: 31-32).

Al día de hoy no tenemos más remedio que vivir en democracias hasta que Cristo venga en su gloria nos tenemos que arreglar lo mejor posible: “es lo que hay” como resignadamente se dice en las calles de Buenos Aires. Y es por eso que si queremos comenzar a sentar las bases de un futuro mejor, la Iglesia debe ser reconstruida para volver a ser la formadora de la conciencia y el carácter de nuestros pueblos. Cristo dijo claramente que “sin Mí no podéis hacer nada” (Juan 15:15) y de eso se puede concluir fácilmente que con Cristo se puede lograr todo lo que sea excelente y hermoso. Si la Iglesia florece en medio de esta podredumbre actual, el mal que ahora vemos, la misma corrupción de esta sociedad será el abono para que el árbol crezca generando sombra reparadora y fruto abundante.

Nuestro novísimo Papa Francisco ha elegido ese nombre —asociado ya por siglos con la reconstrucción espiritual de la Iglesia a través de la humildad— porque entiende que la Iglesia debe ser reconstruida después del terremoto causado por el Concilio Vaticano II y las malas interpretaciones que siguieron. Los pontífices anteriores han tenido que trabajar duro para corregir el curso pero Francisco está concentrado en llevar a la Iglesia de nuevo al lugar que le corresponde y espera hacerlo a la manera de Cristo con humildad y paciencia.

Francisco sabe lo que es la corrupción, porque su alma latinoamericana fue forjada en contacto con esos elementos. Sabe como los avariciosos poderes del mundo se apropian de las buenas causas como excusas para acceder al poder. También sabe que, si tiene éxito llevar la barca de Pedro a un curso de reconstrucción y orden, el mundo entero se beneficiará de ese ejemplo. Si miramos a nuestro alrededor y recordamos un poco, seguramente concluiremos que ni la derecha ni la izquierda terminan nunca de resolver las cosas. Este Papa no representa ni a la izquierda ni a la derecha, representa el justo centro que es Cristo crucificado, centro de la historia y centro ejemplar para el hombre.

Cristo se mueve entre nosotros silenciosamente y su misión avanza aún cuando parezca que pasa todo lo contrario. Cauto como serpiente e inocente como paloma, Francisco debe avanzar la causa cristiana en esta era llena de peligros. Suaviter in modo, fortiter in re pondrá a la Iglesia en buen camino antes que su Señor lo llame a recibir su recompensa.

A nosotros nos queda cumplir con recuperar para nosotros, para nuestras familias, nuestras parroquias, nuestros países esa alegría del Evangelio que Francisco promueve enEvangelium Gaudium, que nos hace solidarios con el prójimo y que hace que todos sean el prójimo alrededor nuestro.

En la Cuaresma que se aproxima examinemos nuestro ser interior con cuidado para que la Pascua nos encuentre unidos en la alegría solidaria del Evangelio, dispuestos a transformar lo intransformable, a lanzar a la historia de una vez por todas este continente de la esperanza y para que la esperanza se haga realidad en nosotros y en lo nuestro.

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