Los católicos ¡esos idólatras!

Les presento una respuesta solicitada por un amigo que me pidió un poco de ayuda para responder en profundidad a una persona que acusaba a la Iglesia Católica de idolatrar imágenes. Por más que pasan los siglos no se termina el desfile de los que vienen siempre con la misma cantilena y aquí, una vez más, respondemos con solicitud y rogamos a nuestros buenos amigos protestantes que piensen algo nuevo porque esto ya lleva unos cuantos siglos y podríamos cambiar de tema un poquito. Ahí vamos entonces ….

Autoridad

Lo primero que debemos considerar es ¿qué autoridad tiene una persona que critica el uso de las imágenes en la Iglesia Católica aduciendo sinceramente que tal uso viola un mandamiento? En realidad esa persona no tiene autoridad alguna, pues está usando un libro católico que la Iglesia ha compuesto y autorizado y santificado en varios concilios antiguos. Luego esa persona, que se ha arrogado el derecho de interpretar personalmente aquello que obviamente conoce en forma imperfecta, se planta fuera de la tradición eclesial y trata de volver el sentido de las Escrituras en contra de la vida de la Iglesia. Eso es exactamente lo que hace Satanás cuando tienta a Cristo usando capciosamente lo escrito en el Antiguo Testamento — Mateo 4:1-11. Agreguemos a eso que la persona tiene la cara de presentarse y decir que los cristianos de veinte siglos se han equivocado y que aquí está él para corregir el error. La palabra arrogancia no alcanza a describir esta actitud tan severa de parte del crítico que se opone a la obra de la comunidad cristiana de las edades como si nada importara sino su propia opinión e interpretación apresurada de algo que ya ha sido considerado varias veces por la comunidad a través de los siglos.

Modo

El modo de interpretación es en primer lugar absoluto y literalista. Como siempre ocurre con las objeciones protestantes a la práctica milenaria de la fe cristiana, se reduce el sentido de las Escrituras a cierta literalidad conveniente al argumento herético. Para ser válida, esa construcción debería ser consistente, es decir, debería estar de acuerdo con toda la Escritura y consigo misma. Entonces, si ninguna imagen es permisible en los términos que se presentan en forma adversaria, tal forma o modo adverso debe ser aplicado consistentemente a todas las Escrituras y especialmente a las palabras de Cristo.

Mateo 18, 9: Y si tu ojo te hace caer, sácalo y échalo de ti …

Lucas 14, 27: Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.

Lucas 9, 60: Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios.

Si tomamos literalmente estas palabras usando un modo consistente de interpretación literal habría muchos fieles sin ojos, no habría cementerios cristianos, y debiéramos arrastrar una cruz romana el día entero si queremos ser seguidores de Cristo. Obviamente estas palabras las escucha una comunidad que maneja diestramente, conoce, los símbolos que Cristo emplea para comunicarse: la cruz es la entrega y el sufrimiento cristianos; el arrancarse un miembro es el renunciamiento al deseo de los placeres ilícitos; las personas que no siguen a Cristo están espiritualmente muertas, etc. La  comunidad o iglesia comparte con Cristo (y con el pasado, por la Tradición) un lenguaje, una forma de entender las cosas.

Este problema protestante de contradicción entre consistencia y literalidad se evidencia muy prontamente cuando se considera el verso eucarístico:

Juan 6, 53: Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

El protestante entonces cambia de modo interpretativo aquí, ahora desaparece su literalidad y Cristo, nos dicen, debe estar hablando de modo simbólico. El problema con esta disparidad, esta inconsistencia, es que el intérprete debe erigirse en juez absoluto de cómo entender la Biblia y al hacerlo, es tentado hábilmente por el demonio para ponerse en el lugar de Dios y de la Iglesia. Esa Iglesia que Cristo estableció para ese propósito y la cual El le dio la autoridad de interpretar y sancionar las reglas de vida de la comunidad.

El intérprete, ahora completamente cegado al engaño que lo atrapó, lucha contra Dios y contra su descendencia. El demonio lo ha convencido que su misión es santa, urgente y así lo lanza a engañar a otras almas que perecen al ser llevadas a la oscuridad por todos estos pensamientos críticos, que nacen de la falta de fe en Cristo y en Su promesa de mantener a la Iglesia eternamente libre de error doctrinal por medio del Espíritu Santo. Esto es, como puede verse si se lo observa con sinceridad, un grave pecado.

Contexto Histórico

Tanto para nuestros ancestros en la fe, los hebreos, como para nosotros la Ley escrita es “un ayo que nos conduce a Cristo” (Gálatas 3,24) y no un amo inflexible que nos limita a la letra estricta. La ley escrita de Dios, la Escritura es “útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia” (2Timoteo 3,16) pero no contiene todo lo que la comunidad de creyentes practica y vive. En eso la comunidad misma practica o sea “guarda” la doctrina de la fe: “si me retraso, sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad.” (1Timoteo 3,15) Nunca en la vida de Israel (ni luego en la vida de la Iglesia) se redujo la práctica comunitaria a lo que dice un libro sino a la comunidad de los sabios en Israel que “atan y desatan” razonando la Ley a la luz de su experiencia viva como pueblo. Ambas cosas, lo escrito y lo vivido deben ser consistentes y no pueden ser contradictorios. Sin embargo la Ley no contiene cada detalle litúrgico, legal, o práctico. Para determinar esas cosas hay una “cátedra” o silla de Moisés. Palabras de Cristo: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.” Mateo 23, 2-4. Cristo claramente apunta a las buenas instrucciones que emanan de los sabios que estudian la Ley pero nos llama la atención también al lamentable hecho de que son humanos y aunque sus instrucciones son guiadas por la Ley, su forma de vida puede no reflejar la sabiduría de Dios. Con esto Cristo nos recuerda que la Ley opera en el contexto del pecado original del cual nadie puede escapar. Somos jueces injustos y no nos pertenece la perfección personalmente. Lo que sí podemos hacer es vivir en comunidad y guardar la Ley entre todos. Eso fue el pueblo de Israel, un “pueblo santo” apartado para Dios por la Ley. La Iglesia, que es heredera de esa misión es también una comunidad “santa” porque está apartada para el servicio de Dios y guarda en ella las cosas que Dios ha santificado: las Escrituras, la Liturgia, la Santa Tradición. Esas cosas son demasiado grandes como para confiarlas a la interpretación de un hombre solo leyendo la Ley. Si tantos problemas ha habido y aún hay cuando grupos insolentes son tentados a violar la ley de Dios (aún entre obispos y cardenales, como antes ocurrió con los escribas saduceos y fariseos que llegaron a oponer la Ley a Cristo mismo, cometiendo así el peor crimen de la historia) entonces debemos entender que es una premisa falsa que un individuo pueda llegar a construir la religión de la verdad por la sola lectura de la Ley de Dios. Es la Iglesia sometida a Dios, la comunidad, la que guardará como “columna y baluarte” la práctica de la verdad recibida. No hay otra cosa.

Contexto Lógico

Ni los judíos ni los cristianos jamás se guiaron exclusivamente por lo escrito para determinar la liturgia, por ejemplo. Los hebreos guardaron aparte los detalles de las celebraciones levíticas, las cuales están expresadas en la Biblia solo en forma de bosquejo. Es imposible reconstruir el deber litúrgico hebreo a partir de la Ley Mosaica, por ejemplo tomemos la importantísima celebración del Día del Perdón:

¿Cual es el trabajo de cada sacerdote en el Yom Kippur? ¿Cuántos de ellos participan? ¿Dónde se paran? ¿Qué cantan? ¿Cómo se visten? Hay algún detalle por aquí y por allá en el Antiguo Testamento pero lo cierto es que si tenemos que reconstruir todo eso por medio de la Biblia estamos en un aprieto porque no hay suficiente información. Se puede tratar de razonar (pobremente) cualquier cosa usando lo que está expresado pero no será más que una hilera de suposiciones en la que — en cada una de las suposiciones — nos podremos equivocar como gravemente se equivocan los que se salen de la Iglesia para tratar de crear la práctica del cristianismo desde la Biblia.

El cristianismo no es un libro, es una forma de vida. No existe un libro de mi padre que me diga como ser su hijo, o como ser un buen argentino, mexicano, cubano, etc. Tampoco hay un libro que contenga todo lo que un cristiano debe ser y cómo se ha de conformar en detalle la comunidad. Para una y otra cosa está la vida familiar, allí donde aprendemos a comportarnos como corresponde al contexto familiar, comunitario, eclesial, etc. (de nuevo 1Timoteo 3,15).

La Santa Tradición de la Iglesia es equivalente a la vida familiar de los cristianos donde cada generación aprende de los fieles de la generación precedente porque conviven en la Iglesia guardada por Dios tal como El lo prometió. De otro modo, no hay manera de tener una Iglesia y terminan siendo varios cientos de miles, como las protestantes, cada uno con su “interpretación” terminal y absoluta, cada uno un papa y cada uno un dios. Todos trabajando en su propia destrucción espiritual y en la destrucción de otras almas que arrastran al error con ellos.

El Error Iconoclasta

En la Iglesia aparecen iconoclastas cada tanto y todos comienzan con el mandamiento “no te harás imágenes” y de ahí salieron valdenses, nestorianos, musulmanes, etc. Ya se hicieron varios concilios para tratar ese asunto:

“Las imágenes, sea que estén pintadas o en mosaicos o en cualquier otro material apto, deben estar expuestas en las iglesias […] De hecho, mientras más frecuentemente estas imágenes sean contempladas, tanto más quienes las contemplan son llevados al recuerdo y al deseo de los modelos originales y a ofrecerles, besándolas, respeto y veneración. Ciertamente no se trata de una verdadera adoración, reservada por nuestra fe solo a la naturaleza divina, sino de un culto similar al que se ofrece a la imagen de la cruz preciosa y vivificante, a los santos evangelios y a otros objetos sagrados, honrándolos con el ofrecimiento de incienso y de luces según la costumbre de los antiguos.” Conciliorum oecumenicorum decreta, p. 138. Del Siglo V.”

Por eso no se puede reducir a “sola Scriptura” el mandamiento de las imágenes porque nos enmarañamos en falsos razonamientos en los que no se tienen en cuenta las distinciones que se aprenden en la vida tradicional de la Iglesia — que es confiable, que no es mala, que nos da vida — allí aprendemos que el “no matarás” no es absolutoliteral sino que, como bien entiende el protestante, es relativo. Si yo veo que un asesino va a degollar a un niño, le planto un tiro en la cabeza y no tengo duda que Dios no me castigará por ello pues la autoridad “para algo lleva la espada” (Romanos 13:4) y es autoridad dada por Dios proporcionalmente a cada uno, el defender la vida con lo que El nos ha dado según lo requieran las circunstancias. Así como hay excepciones al mandamiento de no matar, hay un modo, o excepciones al mandamiento sobre las imágenes que tampoco es literal y absoluto, como ya hemos visto.

El contexto es importante: en el mundo antiguo (Egipto, Mesopotamia) la misma imagen era considerada el dios y se le daba servicio sagrado, adoración especial o latría. De ahí nuestra palabra idolatría, o sea adorar ídolos. Ningún católico en su sano juicio cree que la Virgen María está hecha de bronce o de yeso y está puesta ahí en el altar. Todos sabemos que esa imagen es como “la foto” de una persona viva que no podemos ver en este mundo pero existe en los cielos y está allí debido a que Dios la santificó. No la adoramos como adoramos a Dios, eso sería repugnante, pero le damos un grado inferior de adoración (dulía), especial en el caso de María por ser la Madre de Dios. Comencemos por afirmar que nosotros sabemos lo que estamos haciendo. Yo soy católico y no adoro imágenes sin importar lo que diga cualquiera que venga y me espete que sí lo hago. La gran mayoría de las personas católicas saben bien lo que están haciendo en este caso, digan lo que digan Daniel Zappia o Jack Chick.

Así que primero viene Dios (latría), luego María (hiper-dulía, por ser la Madre de Dios Encarnado), luego los santos (dulía, el “deber de honrar”), luego, por ejemplo, tu esposa a quien adoras y sirves en el sacramento del matrimonio. En la vieja forma del casamiento (que aún se conserva en inglés) al ponerle en anillo en el dedo a la novia se decía “con mi cuerpo yo te adoro” (“with this body I thee worship”) y eso decía la novia a su vez. En el anglicanismo protestante aún se conserva la fórmula. También “duliamos” o tenemos el deber de honrar a nuestro padre y a nuestra madre por los mismos mandamientos, eso es adoración en hebreo, honra reservada, servicio o deber sagrado, pero en menor grado.

Cualquier pelmazo sabe que no es lo mismo y la ley no castiga igual darle una patada en el trasero:

  • a un ciudadano común
  • a un policía
  • a un embajador
  • al presidente de la república

En el caso del presidente y los funcionarios se incurre en “lesa majestad” o sea se hiere no solamente a la persona sino a la dignidad que porta por su cargo, la cual le es conferida por la comunidad. Si yo humillo al presidente de México en su calidad de tal, humillo a todo México porque él lo representa, ha sido elegido o apartado para un servicio especial que tiene un carácter superior por lo que significa, como el servicio sagrado (latría, hiperdulía y dulía) que se rinde a los que representan a Dios en nuestra vida espiritual y comunitaria. Como obra de Dios, todos tenemos un grado distinto de dignidad, eso se reconoce aún civilmente.

En el caso de Dios, María y los santos; el Papa, los obispos, los ancianos, nuestros padres, etc. todos han sido ordenados por Dios para tener un grado de dignidad que todos respetan entre sí pues tienen el “deber de honrar” (la dulía) y ese deber es proporcional tal como lo es en las leyes humanas. Pretender que si por honrar a la Virgen en una imagen, o a mi madre en un retrato, estoy hiriendo a Dios es un serio pecado que implica creer que Dios está celoso del honor que El mismo ha concedido a sus santos, a los padres de familia, a los regentes de las naciones, a los sacerdotes, religiosos, esposas y esposos; cada uno en su medida.

Habiendo meditado en estas cosas y orando a Dios por claridad y verdad para que nos guarde del Enemigo, adjunto ahora unos breves capítulos del Vademécum de Apologética Católica que tratan de estos asuntos.

Imágenes

Católicos y protestantes están de acuerdo en que los Diez Mandamientos son de inspiración divina. Los mandamientos aparecen en varios lugares de la Biblia, por ejemplo Éxodo capítulo 20 y Deuteronomio capítulo 5. Es importante considerar que los textos originales no indican donde comienza y termina cada mandamiento. La numeración por versículos fue establecida en el siglo XI por el Cardenal Hugo de Sancto Claro como ayuda y guía en el estudio de las Escrituras. El orden de los mandamientos que usa la Iglesia Católica es el mismo que usaba San Agustín, ya en el siglo IV y es el mismo que usan los grupos eclesiales luteranos. Algunos grupos eclesiales protestantes usan hoy la división de los Padres Griegos que es un tanto diferente de la usada por San Agustín. En un intento de atacar el uso de imágenes en la adoración, algunos de los reformadores—entre ellos Juan Calvino—decidieron listar “No te harás escultura ni imagen alguna…” como segundo mandamiento. Para los católicos sin embargo, este pasaje es parte integral del primer mandamiento porque así lo sugiere la sintaxis hebrea original. Para no terminar con once mandamientos en la lista, los reformadores juntaron los dos últimos mandamientos en uno solo, incluyendo de hecho a la mujer entre las propiedades o pertenencias. Esta modificación protestante es importante porque rebaja de manera injusta la dignidad de la mujer en la vida cristiana mientras que el decálogo católico preserva el entendimiento cristiano de la dignidad de la mujer, del matrimonio y de la monogamia que prevalecen en el Nuevo Testamento. En un claro exceso de autoridad, los reformadores han ajustado las Escrituras que la Iglesia aceptaba ya por muchos siglos. Su intención de dar énfasis a lo que ellos consideraban injusto (uso de imágenes en la adoración) termina resultando en una disminución de la dignidad de la mujer cristiana creada—tal como el hombre—a la imagen de Dios: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó…” (Génesis 1, 27)

Exodo 20, 1-6 —Entonces pronunció Dios todas estas palabras diciendo: “Yo, Yahvé, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos.

Las instrucciones de Dios en este caso deben ser entendidas en su contexto original. Los israelitas están saliendo de Egipto donde han morado ya por cuatro siglos en medio de una cultura que asignaba a las imágenes las cualidades y el poder de los dioses que representaban. En esas circunstancias es que Dios condena el estilo pagano de adorar las imágenes tan común en Egipto, una sociedad bien conocida por su religiosidad pagana. El mandamiento no afirma que todas las imágenes sean inherentemente malignas, tampoco priva a los fieles de usarlas apropiadamente en la adoración y en la liturgia como comprobaremos luego al estudiar la construcción del Tabernáculo de Israel, construido por los mismos israelitas siguiendo las instrucciones de Dios. Resulta claro, al leer el relato completo del Éxodo—así como otras partes de la Escritura—que lo abominable no son las imágenes por sí mismas sino el adorarlas como si fueran dioses.

Éxodo 25, 18-20 —Harás, además, dos querubines de oro macizo; los harás en los dos extremos del propiciatorio: haz el primer querubín en un extremo y el segundo en el otro. Los querubines formarán un cuerpo con el propiciatorio, en sus dos extremos. Estarán con las alas extendidas por encima, cubriendo con ellas el propiciatorio, uno frente al otro, con las caras vueltas hacia el propiciatorio.

Dios dirige a los israelitas a decorar el Arca de la Alianza con imágenes de ángeles.

Éxodo 37, 7-9 —Hizo igualmente dos querubines de oro macizo; los hizo en los dos extremos del propiciatorio; el primer querubín en un extremo y el segundo en el otro; hizo los querubines formando un cuerpo con el propiciatorio en sus dos extremos. Estaban los querubines con las alas extendidas por encima, cubriendo con ellas el propiciatorio, uno frente al otro, con las caras vueltas hacia el propiciatorio.

2 Crónicas 3, 10-13 —En el interior de la sala del Santo de los Santos hizo dos querubines, de obra esculpida, que revistió de oro. Las alas de los querubines tenían veinte codos de largo. Un ala era de cinco codos y tocaba la pared de la sala; la otra ala tenía también cinco codos y tocaba el ala del otro querubín. El ala del segundo querubín era de cinco codos y tocaba la pared de la sala; la otra ala tenía también cinco codos y pegaba con el ala del primer querubín. Las alas desplegadas de estos querubines medían veinte codos. Estaban de pie y con sus caras vueltas hacia la sala. Hizo también el velo de púrpura violeta, púrpura escarlata, carmesí y lino fino y en él hizo poner querubines.

Estas esculturas de ángeles fueron construidas para decorar el Templo. Esto jamás hubiera ocurrido si la prohibición divina incluyera a imágenes de todo tipo.

2 Crónicas 4, 3-4 —Debajo del borde había en todo el contorno unas como figuras de bueyes, diez por cada codo, colocadas en dos órdenes, fundidas en una sola masa. Se apoyaba sobre doce bueyes; tres mirando al norte, tres mirando al oeste, tres mirando al sur y tres mirando al este. El mar estaba sobre ellos, quedando sus partes traseras hacia el interior.

Estas figuras de bueyes estaban ubicadas conspicuamente en el atrio del templo de Salomón.

1 Reyes 7, 29 —Sobre el panel que estaba entre los listones había leones, bueyes y querubines. Lo mismo sobre los listones. Por encima y por debajo de los leones y de los toros había volutas […]

Había una gran variedad de imágenes esculpidas en el templo de Salomón y en los sucesivos templos en los que se adoró al Dios de Israel.

1 Reyes 6, 23 —Salomón […] en el lugar Santísimo hizo dos querubines de madera de olivo; cada uno medía cinco metros de altura. (BLA)

Por propia voluntad, Salomón hizo tallar imágenes de querubines para el templo. Dios no lo había ordenado, sin embargo las imágenes no le resultaron ofensivas.

Ezequiel 41, 17-19 —Desde la entrada hasta el interior de la casa y por fuera, así como en todo el ámbito del muro, por fuera y por dentro, había representado querubines y palmeras, una palmera entre querubín y querubín; cada querubín tenía dos caras: una cara de hombre vuelta hacia la palmera de un lado y una cara de león hacia la palmera del otro lado; así por todo el ámbito de la casa.

Como se puede apreciar, este segundo templo también contenía imágenes esculpidas.

Hebreos 9, 5 —Encima del arca, los querubines de gloria que cubrían con su sombra el propiciatorio […]

En el Nuevo Testamento se confirma que había imágenes en el templo del antiguo Israel pero no se menciona para nada que dichas imágenes puedan ser ofensivas a Dios.

Exodo 26, 31 —Harás un velo de púrpura violeta y escarlata, de carmesí y lino fino torzal; bordarás en él unos querubines.

Imágenes bordadas fueron usadas en el santuario del Arca de la Alianza, uno de los lugares más sagrados del Tabernáculo de Israel.

Números 21, 8 —Y dijo Yahvé a Moisés: “Hazte un abrasador y ponlo sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá.”

A primera vista, esto parece una violación de la supuesta prohibición de “hacerse imágenes esculpidas”, sin embargo, la instrucción proviene de Dios. Esto deja bien claro la falsedad de la interpretación literalista de que toda imagen labrada es ofensiva a los ojos de Dios. Es interesante notar que Jesús mismo hace referencia a este pasaje en el Nuevo Testamento.

Juan 3, 14-15 —Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna.

Los israelitas fueron salvados del veneno de las serpientes luego que Moisés—siguiendo las instrucciones de Dios—construyera la figura de una serpiente, izándola delante del pueblo. Es obvio, entonces, que el mandamiento de Éxodo capítulo 20 no se refiere literalmente a la mera creación de imágenes.

Isaías 45, 20 —Reuníos y venid, acercaos todos, supervivientes de las naciones. No saben nada los que llevan sus ídolos de madera, los que suplican a un dios que no puede salvar.

Es la adoración de dioses falsos lo que Dios prohíbe y no el mero uso de imágenes. No hay ninguna parte de las Escrituras que prohíba el hacer o usar imágenes. Las Escrituras prohíben la adoración de imágenes, algo que ningún cristiano se atrevería a hacer.

Veneración de Reliquias

La idea de que ciertos objetos se tornan santos—por estar cercanos a Dios o a una persona santa—viene de siglos antes de Cristo. Tenemos el testimonio del poder asociado con el Arca de la Alianza y la veneración que se le otorgaba. En el Nuevo Testamento también se veneran algunos objetos sagrados.

2 Reyes 13, 20-21 —Eliseo murió y le sepultaron. Las bandas de Moab hacían incursiones todos los años. Estaban unos sepultando a un hombre cuando vieron la banda y arrojando al hombre en el sepulcro de Eliseo, se fueron. Tocó el hombre los huesos de Eliseo, cobró vida y se puso en pie.

Este es un ejemplo de que las reliquias de una persona santa pueden producir milagros, aun hasta el volver a un muerto a la vida.

Hechos 19, 11-12 —Dios obraba por medio de Pablo milagros no comunes, de forma que bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o mandiles que había usado y se alejaban de ellos las enfermedades y salían los espíritus malos.

La Escritura relata como, por la gracia de Dios, los objetos materiales pueden transmitir su poder. Por ejemplo, los objetos que Pablo tocaba, luego podían curar a los enfermos.

Mateo 9, 20 —Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: “Con sólo tocar su manto, me salvaré.” Jesús se volvio y al verla le dijo: “¡Animo, hija! tu fe te ha salvado.” Y se sanó la mujer desde aquel momento.

El manto de Jesús no tenía poder en sí mismo sino por la Persona que lo llevaba. Aquí vemos que la “fe solamente” no fue suficiente para curar a la mujer, aunque por fe, la mujer fue motivada a tocar la orla del manto de Jesús. Ella tuvo que obrar por sí misma al avanzar y tocar el manto. Fue su fe en Jesús combinada con su acción personal la que le devolvio la salud.

Mateo 14, 35-36 —Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto y cuantos la tocaron quedaron salvados.

Aparte de San Esteban, el primer mártir cristiano según se relata en Hechos capítulo 7, el más antiguo mártir de que tenemos noticia es San Policarpo que murió martirizado en 154 d.C. Aun en esos tempranos tiempos hay registros de que los fieles conservaron y veneraron las reliquias de este amado santo: “Cuando el centurión vio el desorden que estaban causando los judíos, confiscó el cuerpo y de acuerdo a su costumbre, lo cremaron. Finalmente tomamos sus huesos, aun más preciosos que las más costosas gemas y más fino que el oro y lo pusimos en un lugar adecuado. El Señor nos permita, cuando sea posible, que nos reunamos allí con gozo y alegría para celebrar el aniversario de su martirio, para memoria de aquellos que ya han entrado en la lucha y para fortalecimiento de los que tengan que luchar en el futuro.” [1] Nótese adicionalmente la referencia de los fieles a la celebración de días de fiesta en memoria de un santo.

Crucifijo

El Crucifijo es un símbolo del misterio de la Pascua. De él aprendemos que, para compartir la victoria de la Resurrección, debemos unirnos al sufrimiento de Cristo en la Pasión. Se nos recuerda vívidamente que no hay nacimiento a una nueva vida sin antes morir a esta vida. Es un mensaje que es difícil de aceptar y es por eso que lo debemos tener siempre presente.

Números 15, 37-41 —Yahvé dijo a Moisés: “Habla a los israelitas y diles que ellos y sus descendientes se hagan flecos en los bordes de sus vestidos y pongan en el fleco de sus vestidos un hilo de púrpura violeta. Tendréis, pues flecos para que, cuando los veáis, os acordéis de todos los preceptos de Yahvé. Así los cumpliréis y no seguiréis los caprichos de vuestros corazones y de vuestros ojos, que os han arrastrado a prostituiros. Así os acordaréis de todos mis mandamientos y los cumpliréis y seréis hombres consagrados a vuestro Dios. Yo, Yahvé, vuestro Dios, que os saqué de Egipto para ser Dios vuestro. Yo, Yahvé, vuestro Dios.”

Este mandamiento de Dios nos enseña que la contemplación de un objeto puede recordarnos algo que inclina nuestros pensamientos a la santidad.

2 Timoteo 2, 11-12 —Es cierta esta afirmación: Si hemos muerto con El, también viviremos con El; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con El; si le negamos, también El nos negará.

El Crucifijo es un recordatorio de esa importantísima y suprema verdad. Nuestra salvación depende completamente de la Cruz de Jesús, así como la sangre del cordero pascual en el dintel de las puertas significó la salvación de los primogénitos de Israel en Egipto. Los primeros padres de la Iglesia vieron la sangre en el dintel como una prefiguración de la Cruz.

Mateo 10, 38 —El que no toma su cruz y sigue detrás mío, no es digno de mí.

Jesús nos habla frecuentemente de su Cruz. ¿La rechazaremos o la aceptaremos? Esa es la pregunta que debemos hacernos cuando vemos un Crucifijo.

Gálatas 6, 14 —En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!

Los cristianos que hacen uso y muestra del Crucifijo están siguiendo el ejemplo del apóstol San Pablo y se glorían—en forma visual—en la Cruz de Nuestro Señor.


[1] Citado en inglés en “The Faith of the Early Fathers”, Vol. 1 p. 31. William A. Jurgens. Publ. Liturgical Press, 1970. Collegeville, Minnesota.

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