Noche de los Santos Inocentes 1940

londonEl día de los Santos Inocentes en 1940 los aviones de Hitler incendiaron Londres. En esa larga noche todos los ingleses hombres y mujeres trabajaron apretando los dientes, moviéndose entre las llamas, pasando baldes de agua y portándose con una valentía que solamente puede tener un origen sobrenatural. Nadie puede imaginarse el infierno que fue esa noche si no estuvo allí. Yo he tenido el privilegio de conocer a algunos de los sobrevivientes del blitz y he compartido más de una cerveza con ellos y sus descendientes en la ciudad-laberinto que es Londres.

Cuando salió el sol al día siguiente, la cúpula de la catedral de San Pablo se elevaba todavía entre las ruinas, el humo y la total destrucción que la circundaban. La imagen de la catedral casi intacta levantó los espíritus de los londinenses y vale la pena volver a contar la historia de esa hermosa gesta para que todos nos midamos contra la altura moral de esos hombres y mujeres comunes que se enfrentaron cara a cara a los poderes del infierno y no dejaron que la iniquidad de los Nazis prevaleciera.

Para diciembre de 1940 todas las naciones de Europa habían caído ante los nazis. El proceso que había comenzado “democráticamente” (las comillas son para énfasis sarcástico) con una concentración de poder en manos de un grupo sin escrúpulos que supo manejar una ideología satánica para llegar y perpetuarse en el poder eliminando a todos sus enemigos y preparándose para usar a Alemania como plataforma para conquistar el mundo entero.

En la Navidad de 1940 Gran Bretaña se plantaba sola ante la barbarie nazi que tantos en estas costas admiraban desde lejos babeándose ante el ejercicio de la crueldad a escala industrial. A los que han nacido para ser enanos no hay nada que les excite más que encontrar un amo fuerte en quien proyectar su propia debilidad. Esos eran tiempos de apalear judíos en el Once y pintar la cruz gamada por las paredes de Buenos Aires.

Ese día de los Santos Inocentes los diablos eligieron hacer caer fuego del cielo. Por varios meses la Luftwaffe -un nombre que a pesar de su altisonancia teutona está pletórico de infamia- había bombardeado Inglaterra a su placer concentrándose primero en objetivos militares, luego en objetivos de valor estratégico y finalmente en bombardeos de tipo terrorista a los cuales las grandes potencias nos tienen acostumbrados ya por estas fechas.

El objetivo que Hitler perseguía esa noche era romper la voluntad de los ingleses y destrozar su moral y deseo de resistencia. Lo hizo cruel y deliberadamente con la misma saña que usara con los judíos de Europa. Poco importaba que este pueblo fueran sus propios primos sajones. No hubo misericordia. Al cerrarse la noche los aviones guiados por un primitivo pero efectivo sistema de coordenadas de radio, comenzaron a bombardear la ciudad sin luces con bombas incendiarias. Las bombas caían sin explotar y solamente se escuchaba el tum-tum de los techos rotos por el peso de los ingenios incendiarios que se encendían una vez que estaban dentro de los edificios.

En las horas que duró el ataque, los malditos cobardes dejaron caer más de 10.000 artefactos iniciando una tormenta de fuego que consumiría los hogares y comercios más humildes al este del Támesis segando miles de vidas y destruyendo el trabajo de muchas más. Para ayudar al daño, eligieron una noche en que la marea era baja y se hacía más difícil para los bomberos sacar agua del río que divide la ciudad en dos.

La defensa estaba dirigida por el Primer Ministro Winston Churchill quien pronto se dió cuenta que no había manera de apagar las llamas y tomó la decisión de concentrar a los bomberos y voluntarios alrededor de la Catedral Anglicana de San Pablo diseñada y construida por Sir Christopher Wren. Allí estaban los restos de Horatio Nelson y Arthur Wellesley el hombre que derrotó a Napoleón y consolidó la emancipación católica en Gran Bretaña. Esa noche hubo muchos actos de heroísmo en los que brillaron civiles y militares, hombres y mujeres que sencillamente hicieron lo que pudieron para salvar la catedral.

Menos de cinco años después Dresden y otra centena de ciudades alemanas recibían el justo pago de haber adorado al dios falso del nazismo. Regiones enteras de Alemania ardieron por meses ante la furia cientos de veces más intensa de los bombardeos aliados.

Hitler no pudo destruir a San Pablo. Como un símbolo del judío apóstol que hizo arder el fuego del Evangelio por toda Europa, la catedral que lleva su nombre se mantuvo incólume y sobrevivió al ataque del satánico agresor. La historia se repetía una vez más. Los santos inocentes derrotaban a un nuevo Herodes con sangre, sudor y lágrimas. Esa noche la guerra se dio vuelta y el mal comenzó a retroceder ante el amor y la dignidad humana, las fuerzas invencibles desatadas por el Niño nacido en un pesebre de Judea hace veinte siglos.

Han pasado setenta años y quienes conocen Londres bien, saben que esa noche infundió en todo londinense que jamás viva, la solidaridad de ser un sobreviviente del horror desatado por el mal puro. Este nuevo y también payasesco Nerón trataba de terminar la obra del primero fracasando de igual modo.

La cúpula de San Pablo entre las ruinas humeantes de Londres proclamó al mundo el mensaje de los inocentes: no es Herodes, no es Nerón, ni es Hitler quien reina: es Cristo. Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat. No olvidemos esas palabras del antiguo himno cristiano. Se acerca la hora de mostrarle al mundo Quién reina entre nosotros.

Y ahora, Señor, considera sus amenazas, y permite que tus siervos hablen tu palabra con toda confianza, mientras extiendes tu mano para que se hagan curaciones, señales y prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús. Después que oraron, el lugar donde estaban reunidos tembló, y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la palabra de Dios con valor. Hechos de los Apóstoles 4: 29-31.

Anuncios