Sentir y entender

No hace mucho volví a publicar un artículo muy preciso del R. P. Horacio Bojorge, SJ sobre la protestantización de la Iglesia Católica. Dicha tendencia sigue su curso y llegará, creo yo, el momento en que comiencen a bajar las aguas de esa fea inundación que nos ha dado, entre otras cosas, el deplorable accidente de Ariel Ramírez en su Misa Criolla, una hermosa serie de composiciones inspiradas en las diversas partes de la liturgia del Novus Ordo que, siendo linda de escuchar, inició junto con la Missa Luba y la Missa dos Quilombos un proceso casi imparable que nos llevó a borrar la línea que separaba lo sacro de lo profano. Ya los católicos americanos habían experimentado con las misas polka y las misas folk, nosotros siempre apurados por subir al tren de las ideas que vienen del norte, no dudamos en incorporar las formas melódicas autóctonas paganas que antes llamaran a la fertilidad, a los demonios, o a los espíritus benignos de los ancestros. Ahora las tenemos en la misa que abunda en zambas, triunfos, carnavalitos, etc. Linda música cuando se la disfruta en su contexto pero que no fue hecha originalmente con la intención de alabar a Dios y celebrar los misterios cristianos. Dios se merece algo hecho especialmente para El. La vieja distinción entre da camera y da chiesa se fue por el sumidero de los años sesenta. Ahora todo es sagrado, lo cual es otra manera de decir que nada es sagrado.

Pero esto, como antes lo fue la protestantización de ciertos modos eclesiásticos otrora ortodoxos, no es el problema que nos aqueja. Estos son solamente síntomas de algo más profundo cuyos dolores, como penitencia, nos están purificando pero están lejos de cesar. He tratado de razonar para ver si puedo llegar al meollo de este problema y creo que la raíz espiritual de este mal lleva muchos años creciendo dentro de la Iglesia. No creo ser el médico adecuado para hacer un diagnóstico acertado, como todos los pacientes legos apenas puedo decir “doctor, me siento mal” sin atinar a definir el origen cierto de la dolencia. Lo que sí puedo hacer es describir los síntomas acercándome lo máximo posible a las fuentes del malestar. Creo que uno de esos síntomas, quizás uno de los más importantes, es la pérdida de sensibilidad estética en la Iglesia, tanto entre los fieles como entre los religiosos. Viendo a la Iglesia de hoy uno difícilmente pudiera inferir que ella fue la fuente de inspiración para los grandes arquitectos de las eras pasadas, de los artistas clásicos de Occidente, de los inspirados compositores que nos dieron la Missa Solemnis o el Dies Irae.

Yo mismo confieso que, encerrado en el hogar de mi infancia, educado por los Testigos de Jehová, me sorprendí al aprender que Vivaldi había sido un sacerdote jesuita. Cuanto más me intrigaban las complejas catedrales sonoras de Bach, Mozart y Beethoven, más crecía en mí la idea que la Iglesia era una fuente de belleza inagotable. Bien dice Santo Tomás aquello que nihil est in intellectu quod non prius in sensu. Es cierto que todo lo que llega a crecer en nuestro intelecto ha entrado por la puerta de los sentidos y por eso no es maravilla que aquel muchachito, alimentado apenas por los brillos que indirectamente llegaban desde las bellezas producidas por la Iglesia, haya llegado a ser un robusto católico a pesar de las ignorantes doctrinas que le quisieron insuflar en su infancia. Es que lo feo no puede echar raíces y sus retorcidas ramas, llenas de fruto amargo y oscuro, no pueden compararse con las delicias que crecen en el verdadero Edén de Dios. Cardos y espinas producidos con sudor y lágrimas no se comparan con las doradas manzanas del árbol de la vida.

La pérdida de toda esa belleza es dolorosa. Todo lo valioso que estamos viendo desaparecer, música, pintura, escultura, literatura, liturgia, arquitectura que supimos acumular por más de veinte siglos se ha ido diluyendo en unos pocos años y con eso se ha ido también la habilidad de la Iglesia de hacer ekklesía, de llamar a los de afuera. En una canción que escuchaba, cuando era más joven que ahora, había unas líneas de David Gilmour:

Far away across the field
The tolling of the iron bell
Calls the faithful to their knees

Desde lejos en el campo
El doblar de las campanas
Llama a los fieles a arrodillarse

La belleza que esa imagen invocaba en mi mente en los 1970’s se ha ido perdiendo más y más. Sigue siendo cierto que la teología y la filosofía católicas pueden haber perdido maestros y adeptos pero no han perdido su profunda verdad. Leonardo Boff y Hans Küng no han hecho mella en la puras y duras estructuras agustinianas y tomistas ¡Qué va! Y sin embargo el mismo Santo Tomás de Aquino dijo que, luego de recibir la gracia decontemplar la Santísima Trinidad, sentía que todo lo que había escrito era como la paja que queda en la era después que se trilla la mies.

Puedo dar testimonio de esto en forma personal. Hace un par de días alguien me proponía formar una fundación para reparar los templos católicos de Buenos Aires, algunos de los cuales están en malas condiciones. Mi primera reacción fue pensar que quizás los tiempos requieren concentrarse en salvar almas y no templos derruídos y así se lo dije a mi amigo. Pero él, sabio en los años y en el Espíritu, me respondió: “Embellece los templos y las almas van a venir solas a ellos”. Y así me puse a pensar en el asunto y ahora hallo harta razón en sus palabras, que son un eco de las palabras de Santo Tomás antes citadas: nihil est in intellectu quod non prius in sensu.

La Iglesia siempre nos ha llamado por medio de los sentidos. Pocos tienen lo suficiente como para entender a Santo Tomás de Aquino o sumergirse en la delicadeza intelectual de San Agustín de Hipona, pero la gran mayoría de nosotros se puede parar frente laVirgen de las Rocas o emocionarse y temblar ante la poderosa oración sonora del Dies Irae de Mozart. Podemos entrar a Misa sin mucho seso pero casi todos llevamos nuestros ojos, nuestra nariz, nuestros oídos y nuestra capacidad de emocionarnos y evocar. Hay que leer mucho sobre la misericordia para hacer entrar en el corazón lo que enseña aquel verso de Santa Teresa de Avila:

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

El incienso y la música, los versos y los himnos resonando en las altas bóvedas de piedra nos llevan al cielo mucho más rápido que las más profundas lecturas. Después de sentir el cielo no es muy difícil sentirse inclinado a leer la lección divina en un libro.

Quizás es hora de repintar los blasones y renovar el amor a las viejas tradiciones. El mundo está harto de la novelería rítmica y la moda que viene y se va dejando a sus tontos clientes endeudados y hambrientos de algo sustancioso, bueno, durable, santo, glorioso, amable … divino.

Yo no puedo convencer al cura de trabajar mejor en sus homilías. No le puedo pedir que deje de decir cosas comunes y gastadas. Pero puedo ayudar a aumentar la belleza de esta Iglesia que sé verdadera y eterna para que este mal tiempo que estamos pasando comience a rendir su fruto. Ven, ven Señor a través de nuestros sentidos, que entre tu belleza por la puerta de mis ojos; que entre tu voz reconocida por mis oídos atentos; déjame gustar lo bueno que eres y embriagarme de tu vino nuevo; tocar la orla de tu manto y entender, finalmente, entender.

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