Signos y realidades

Hoy los medios de todo el mundo difundieron la imagen del Papa Francisco confesándose antes de la Misa. Puede ser que la intención del Santo Padre sea reforzar lo que antes dijo al definirse como “un pecador”. Quizás en esta Cuaresma nos quiera enseñar con sus gestos, como lo ha hecho otras veces. Hoy nuestro párroco nos dijo —y creo que lo entendí bien— que aproximadamente un cinco por ciento de los católicos que reciben la comunión se confiesan como corresponde. Eso, si es que entiendo bien las cosas, significa que somos una Iglesia de 95% santos o 95% sacrílegos. Cualquiera sea la elección de mi sufrido lector, lo encomiendo a la misericordia de Dios. El Papa parece usar en este caso el signo que apunta a la realidad que vivimos y dice sin ambages que, si él se confiesa, nosotros debiéramos hacer lo mismo.

Y justo vinieron las lecturas de hoy porque invitan a reflexionar sobre lo que las cosas parecen ser, lo que nosotros creemos que son, y lo que son en realidad. Es que bien vale la pena espabilar de vez en cuando y quedarse despierto, como nos aconseja con una parábola el buen San Pablo: “Hermanos, antes vosotros erais tinieblas pero ahora sois luz del Señor … Es verdad que resulta vergonzoso aun mencionar las cosas que la gente hace ocultamente, pero cuando se las pone de manifiesto, aparecen iluminadas por la luz”. No creo que la conspicua confesión de Francisco esté desconectada de lo que San Pablo intenta enseñar con esas palabras en Efesios 5: 8-14 y por cierto no viene mal recordar que al confesarnos debidamente, iluminamos nuestros pecados ocultos o no tan ocultos desarmando así el poder de la oscuridad sobre nosotros. Despertamos a la vida los que estábamos muertos en nuestras ofensas y así Cristo, que es nuestro sol, nos ilumina y podemos reflejar su gloria andando en su luz.

“Yo soy la luz del mundo y el que me sigue tendrá la luz de la vida” nos dice Cristo mismo en la aclamación de la Misa de hoy ¿Pecamos? Sí, lo hacemos. Pero podemos exponer esos pecados a la luz para “desinfectarnos” y seguir andando. La lectura del Evangelio que nos toca escuchar hoy es la historia del ciego que Cristo curó poniendo un poquito de barro fresco sobre los ojos del pobre hombre que jamás había visto la luz. El ciego de nacimiento es un signo de todos nosotros, fue elegido para ser símbolo de la oscuridad en la que estamos sumidos. Un poquito de barro hecho con la saliva del Salvador y un viaje al estanque de Siloé para lavarse y … “¡hágase la luz!” el hombre ve por primera vez. En esa lección viva se aprende de la presciencia divina que dispuso a ese hombre para que los discípulos —siempre errando en la percepción de las cosas— preguntaran “¿quién pecó, éste o sus padres?” Un habitante de Buenos Aires les hubiera contestado “El que peca es el marmota que hace preguntas como esa”. Menos mal que Nuestro Señor tiene paciencia y les dijo que el hombre-signo estaba allí para que se manifestara la gloria de Dios. De vuelta al tema, gloria, después de todo, no es otra cosa que luz brillando (1 Corintios 15:41). El hombre ciego parte fielmente para el estanque, se lava el barro de los ojos y vuelve a ver. La caminata desde las puertas de la ciudad hasta el agua en el silencio del sábado con sus calles desiertas es un signo de la fe. El hombre creyó en esa voz que le hablaba, ofreció su cara a la ignominia de que le pintaran los ojos con saliva y tierra. Podría haber sido una broma siniestra pero el reconoció en la voz de Jesús algo que sus oídos nunca antes habían oído (Juan 10:27). El barro es la carne que hay que dejar atrás, la herencia del hombre Adán que fue creado del polvo y en polvo se convertirá. Con el lavado del bautismo se van las ofensas que cargamos, se despega el alma de esa obligación torcida que es el pecado original y comienza a entrar la luz en el cuerpo. Finalmente esto es una lección en la misericordia de la Nueva Ley: ya no es “ojo por ojo” hasta que todo el cuerpo esté ciego, sino “ve y lávate” para que pueda entrar en tu vida la luz.

El hombre se vuelve a encontrar con Jesús y lo reconoce de nuevo por la voz. Cristo le pregunta otra vez si cree en el Hijo del Hombre y el que era ciego lo reconoce y lo adora (Juan 9:1-38). El hombre que era ciego ahora ve la realidad que los líderes religiosos de su tiempo no podían ni querían ver. El hombre ciego es un buen ejemplo de los que buscan la verdad y no se rinden, los discípulos de Jesús representan a aquellos que, si tuvieran el seso despierto, elegirían ver la realidad pero la ven a medias, oscurecida por el prejuicio, las costumbres negativas, las conclusiones apuradas y otros vicios del intelecto. Para ellos la parábola sirve porque quieren ver. Para los líderes religiosos la parábola solo sirve como elemento de condenación porque ellos no están dormidos sino que tienen los ojos voluntariamente cerrados a la verdad.

Dejé la lectura del Antiguo Testamento para el final. Lo hice a propósito porque disfruto de leer la vida de David desde mi infancia y no me canso de descubrir cosas en las ya muy trilladas pero siempre fértiles historias sobre el rey amado por Dios. Antes de que nadie supiera quién era David ya Dios sabía y envió a Samuel a ungirlo (1 Samuel 16:1-13). Allá fue Samuel y se encontró con Jesé. La cosa es que tanto Samuel como el buen Jesé ven a los hermanos de David con ojos muy humanos y los ven, altos, valientes, apuestos, fuertes, nobles y todas las cosas que un rey debiera ser. Pero uno tras otro pasan delante de Samuel sin ser ungidos … “¿hay otro hijo?” pregunta el profeta y Jesé responde que “queda uno solo, es pequeño, lo dejamos cuidando las ovejas”. Cuando David, el amado, entra en la tienda Samuel salta y lo unge en medio de sus hermanos. Un profeta de Dios y una familia entera que no podían ver más allá de las apariencias, como los discípulos de Cristo que sólo veían un ciego, los hermanos de David solamente podían ver al muchachito a quien habían tenido en brazos, cuidado, criado y que ahí estaba cuidando las ovejas mientras que los hermanos mayores se disponían a hacer cosas importantes.

Cuando no dejamos que Dios nos abra los ojos, vemos lo que queremos ver. Y lo que hay para ver está velado a nuestro entendimiento hasta que nos dejamos llevar por la voz de Dios, como el ciego. Primero debemos oír y luego quizás se nos permita ver. El ungimiento de David fue una suerte de bautismo como el nuestro, pues somos bautizados para ser reyes y sacerdotes con Jesús, ni más ni menos (Apocalipsis 5:10).

El salmo responsorial une todo esto en forma simple y bella: “El Señor es mi pastor, nada me faltará” y en esa certeza descansa todo lo bueno que recibimos, pero primero hay que escuchar, en el confesionario, la voz de Dios. Si el Papa se confiesa —y les aseguro que las obligaciones papales de cada día no le dejan mucho tiempo para pecar— entonces nosotros también, exponiéndonos con alegría a la luz de los consejos del confesor y también a la lectura de las divinas lecciones y la íntima satisfacción de abrirle al Señor la puerta de una casa limpia y radiante donde El pueda vivir.

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