Sursum corda

michaelId y haced discípulos de todas las naciones es una orden que, en mi modesta opinión de laico sin muchas luces, puede ser mal entendida como “id y haced de todas las naciones discípulos”. Hay una diferencia muy sutil pero importante entre esas dos frases. Creo que la Iglesia con toda buena intención ha querido siempre maximizar la cantidad de fieles y contra ese impulso no hay argumento que valga. Lo triste es que en país tras país experimentamos aquello de lareligio depopulata y hay muchos templos vacíos, pocos sacerdotes y menos sacerdotes con el fuego del Evangelio en el corazón, o por lo menos así me parece a mí.

Hubo un tiempo en que los templos estaban llenos pero no sabemos si esos corazones realmente ardían con el Evangelio o cuándo fue la última vez que los templos estuvieron llenos de fieles de ardoroso corazón. Por lo que sabemos de las últimas generaciones de la historia parece que algunos estaban allí sentados pero sus espíritus estaban en otro lado porque al salir del templo muchos nos comportamos como paganos acreditados.

No he querido escribir de las cosas que me han desagradado últimamente, cosas que han pasado cerca del tope o al tope de la Iglesia. Me aferro tozudamente a la idea de que para ser católico uno debe tener a Jesús en la Eucaristía, a Nuestra Santísima Madre la Virgen María y también al Santo Padre en Roma. Ubi Petrus ibi Ecclesia y no hay nada que discutir. Ha habido momentos en que Dios usó a los fieles para salvar a la Iglesia de caer completamente en la herejía. Andamos a tientas por el momento y solo la fe nos ilumina.

Los hombres son lo que son hasta que Cristo venga y nos transforme en algo mejor, tendremos que tener hombres por obispos. Y muchos de ellos serán malos, regulares, buenos, santos o mártires. En su entusiasmo por llenar los templos hay quienes llegan a practicar una especie de sincretismo que busca adaptar el mensaje a los tiempos que corren, a lo que la gente hace, a lo que la gente cree fuera de la doctrina sana de Jesús. Pareciera en esas épocas que se quiere bajar el Evangelio al nivel de la gente en lugar de elevar a las almas al nivel del Evangelio. Honestamente creo que lo segundo es lo que se debe hacer siempre, pero no soy teólogo y puedo estar errado.

En algunos casos se puede llegar a una suerte de exhibicionismo piadoso, como quien deja ver a todos el cilicio de crines que lleva puesto cuando en realidad eso debiera ser un secreto guardado celosamente delante de Dios. Otros pueden simplificar los oropeles del oficio olvidándose que esas cosas no son propias sino que pertenecen a la dignidad del oficio mismo. Al eliminar esos brillos que llevan al corazón de los fieles sencillos una idea de la gloria del cielo terminamos cerrando el cielo donde resuena Palestrina para que alguno chille una zamba mal tocada que más bien nos recuerda a papá cantando en la ducha más que a las glorias del Padre Celestial.

Estas cosas me descorazonan pero en eso peco porque desde aquella noche de la Pasión, el Señor nos dijo que no nos descorazonáramos porque El está con nosotros siempre. No puedo dejar la lucha y debo ir a todas las naciones, pescador de hombres que apura las redes al ver que la luz del día se extingue.

Hablo entonces con algún conocimiento de causa en lo que toca a mi corazón. Uno debe recordar el modus operandi de Dios que consiste en frustrar los esfuerzos de los más capaces por largo tiempo, hasta que están listos para su misión final. Tal fue el caso de David y sus largos años de exilio y persecución. Poco sabía el buen David cuando llegó a Ziklag y la encontró devastada, que solo unos días más tarde sería el rey de Israel (1 Samuel 30).

Otro truco preferido del Señor es nombrar a un reverendo inútil y ponerlo a cargo de las cosas de Dios. El primero en la era cristiana fue nuestro buen Papa Pedro, un verdadero catálogo caminante de todas las flaquezas humanas. Y en esto la idea es que nadie se crea demasiado. Jorge Luis Borges dijo una vez, cuando lo nombraron director de la Biblioteca Nacional: “Dios me ha dado 800.000 volúmenes y la ceguera” pues acababa de quedarse completamente ciego y la ironía divina no le pasó inadvertida. Es cierto que cualquiera puede ganar la copa del mundo con los once mejores jugadores disponibles. En ese caso la gloria de la conquista irá a los que juegan el partido. Pero si hubiera un director técnico que elige a once lisiados entre los troncos más troncos que han pisado una cancha de fútbol y gana la Copa Jules Rimet, entonces la gloria será toda del técnico. Se la merece. Dios gana las batallas con los débiles: para eso es Dios.

Otro consejo divino es: “Estad quietos, y ved la salvación por Dios”. Para ser católicos necesitamos tres cosas: (1) Nuestro Señor en la Eucaristía (2) Nuestra Santísima Madre la Virgen María (3) el Santo Padre, Obispo de Roma. Si cualquiera de ellos falta, en nuestra doctrina o en nuestro corazón, ya no somos católicos, somos otra cosa.

Aquí vamos de cabeza al final de los tiempos: la oscuridad cubre a las naciones, la Santa Madre Iglesia vive días de confusión y cansancio pero aún así vamos a cruzar el Jordán suficientes en número para marchar alrededor de Jericó y ver caer sus murallas y sus falsos profetas. ¡Arriba esos corazones! Ya leímos el libro completo y al final ganan los buenos. No hay nada que temer.

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