Un dia tendrás que venir a María

 

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Por José Luis Sansaloni

Es difícil saber por qué el Señor ha dicho “yo os escogí a vosotros y no vosotros a mí” y como suele cumplir eso—por regla general—con las personas que menos lo merecen.

Pero una y otra vez leo en su Palabra cosas que me confirman este hecho. Uno de mis versículos favoritos se encuentra en el libro del profeta Daniel en su capítulo 10 verso 12. Allí donde el ángel le dice Daniel—”No temas, Daniel, porque desde el primer dia en que tú intentaste de corazón comprender y te humillaste delante de tu Dios, fueron oídas tus palabras y precisamente debido a tus palabras he venido yo.”—

¿Será eso tal vez lo que ha sucedido en el transcurso de estos más de cuarenta años en los cuales han pasado tantas cosas en mi vida? ¿Tendrá algo que ver con esto esa serie de milagros sobrenaturales que me han sucedido y que hacen que la vida que Dios me ha regalado, sea una continua aventura de amor y confianza en mi Dios y Señor?

Pienso… “es posible”. El Señor, que siempre ha “manejado mi barca” lo sabe y en mi está el acercarme en temor y reverencia a El, mi amado Padre, que es para mí, mucho más grande que lo que mis torpes palabras puedan jamás explicar. No puedo dejar de nombrar a mi amada madre María, Madre de la Iglesia que me esta compensando con creces, todos mis años de alejamiento de ella.

Manuel, un veterano romero de la Virgen del Rocío, me dijo una vez en Sevilla, hace unos años mientras examinábamos un libro de la romería de esa preciosa advocación de la Virgen y tomábamos unas típicos aperitivos andaluces: “Tu amas demasiado al Señor—allí hizo larga pausa—un dia tendrás que venir a María.”

Aquellas palabras en aquel momento me dejaron perplejo. Sonreí amable pero sarcásticamente. Yo había conocido al Señor a través de una serie de circunstancias maravillosas, que me llevaron en un camino intenso a través de la Iglesia Evangélica, faltaba bien poco para que el Señor me permitiera sentir al Espíritu Santo de manera poderosa en una reunión pentecostal y en aquel momento nadie ni nada podía hacerme pensar que estaba solo a mitad de camino. Yo pensaba—¿Quién necesita a María, cuando se tiene al auténtico Rey del Universo?—Sin embargo, todas esas cosas las iba guardando en el corazón como también hizo en su dia mi amada Madre. Luego recordaría aquella “profecía” dada por aquel rocíero el dia en que Dios me permitió entenderla plenamente. A decir verdad no sé si alguna vez ese amigo se dio verdadera cuenta de lo que me decía o solo fue un comentario sin importancia. Tal vez María puso en el corazón de Manuel aquellas palabras para que me las dijera.

Es bueno que hagamos un breve resumen del camino recorrido que me ha traído a la auténtica Presencia de Cristo en la Santísima Eucaristía.

Los comienzos

Todo comenzó cuando yo tenia cinco años en Septiembre de 1965, cuando recibimos la visita de dos jovencitas testigos de Jehová muy cariñosas y dispuestas, que dejaron a mi madre un folleto titulado “Estas Buenas Nuevas del Reino”. Yo todavía no sabía leer muy bien, pero recuerdo la portada, como una luz amarillenta. Recuerdo que mi madre creyó ver en aquella luz una entrada hacia la verdad.

Mi madre era una persona muy religiosa y muy apegada a Dios. En aquellos años me llevaba a la iglesia y recuerdo que me mojaba la frente con agua bendita al entrar y salir de la Iglesia. Se que tenía a Dios muy allegado a su corazón y la visita de aquellas jóvenes, despertó en ella cierto interés, puesto que le presentaron en la Biblia palabras hermosas que pocas personas en España habían escuchado para aquella época.

Unos cinco años antes había bautizado en la Parroquia “Cristo Redentor” del Barrio del Guinardó en Barcelona (España), ciudad donde nací y recuerdo que mi madre entraba conmigo en brazos a esa parroquia, o a otra muy cercana llamada “Mare de Deu de Montserrat”.

Esas visitas me llenaban de paz y tranquilidad que experimentaba aun cuando era un niño y que conservo en mi mente de una manera tan vívida, como inexplicable.

Pero ese dia de 1965 todo cambió en nuestra familia, mis padres comenzaron un “estudio bíblico” con los Testigos de Jehová y de esta manera entraron fácilmente en un círculo pequeño de personas amigables sinceras y dispuestas a volcarse en esta familia interesada con toda su buena intención proselitista

En aquella época eran muy pocos los Testigos que había en Barcelona, el número de grupos que se reunían en hogares privados casi se podían contar con los dedos de la mano y nosotros comenzamos a reunirnos con el que se reunía en el barrio de Gracia.

Ahí comenzó mi largo camino de más de 33 años con esta organización. Allí quedaron mis anhelos infantiles de tomar mi Primera Comunión y mi amor por el Catecismo. Las lecciones católicas para niños, que en aquella época estaba comenzando, fueron sustituidas por un libro de tapas anaranjadas lleno de ilustraciones apocalípticas llamado “De Paraíso Perdido a Paraíso Recobrado”.

No voy a entrar en detalles de esas mas de tres décadas de “neblina espiritual”. Diré solamente que para mí es una organización perfectamente olvidable. Si algún amable lector desea por curiosidad conocer el relato completo de las vicisitudes que el Señor me permitió vivir dentro de los Testigos de Jehová, puede dirigirse al sitio Testigo de los Testigos de José Martín Pérez

17 de enero de 1999

Creo que será más interesante partir de esta fecha clave en mi vida: el 17 de Enero de 1999. Ese fue el dia que entregué mi carta de renuncia al superintendente de la congregación de los Testigos de Jehová donde me reunía. Con esa carta lo perdí todo humanamente pero comencé a andar espiritualmente. Con ese paso se esfumaron todas mis amistades dentro de los Testigos (algunas de esas amistades venían de décadas). Desapareció el favor de mi padre, suegros, tíos y hermanos carnales. Perdí en aquel momento una parte muy importante de mi propia identidad. Llegó un momento en que casi no sabía quién era yo realmente.

Tenía ante mí una libertad inusitada y que nunca creí que podría tener jamás. En ese momento hubiera podido ser una presa fácil del mal. Tenía ante mí una serie de cosas muy apetecibles que nunca se me habían permitido disfrutar, por fin era libre ante el escaparate multicolor del mundo y la carne.

Mas algo comenzó a guiarme con un amor incomprensible por senderos diferentes a los que cualquier otro hombre en mi situación hubiera tomado con su recién estrenada libertad.

Me sorprendía sentir a ese Dios que yo había llamado Jehová por tantos años y que ahora era una realidad clara para mí. Comencé a buscarlo con lágrimas en los ojos. Lo buscaba en lugares fuera la organización de los Testigos de Jehová, donde por toda una vida había creído que Dios moraba.

¡Cuántas veces me dijeron personas conocidas que era un auténtico loco! No podían entender cómo podía continuar creyendo en ese Dios del que ahora por fin me había liberado al dejar a los Testigos. Pero curiosamente El me mostró que su amor por el ser humano está por encima de lo que cualquier hombre pueda concebir. Pude ver que su presencia no estaba limitada a los Testigos de Jehová, como había creído yo en un tiempo.

Y El, mi Buen Pastor con su cayado de amor, empezó a guiarme a las fuentes de aguas de vida… pero aun quedaba mucho camino por recorrer…

Y ese camino pasaba por un abandono total de todas las cosas que hasta aquel momento yo había tomado como verdades reveladas a través del “esclavo fiel y discreto” (como llaman los Testigos de Jehová la cúpula americana de la Sociedad Watchtower). Aunque ya me había dado cuenta del carácter sectario de la organización, aún me faltaban años para desembarazarme de tantas enseñanzas confusas, erradas y vanas.

En mi mente seguían la mayoría de los dogmas erróneos y antibiblicos que me habían acompañado durante toda mi vida. Yo no creía en la divinidad de Cristo, ni en la personalidad del Espíritu Santo, porque nunca entendí el dogma de la Trinidad—la realidad es que los testigos oscurecen adrede esta doctrina para que no se vea con claridad—Tampoco creía en la inmortlidad del alma, a pesar de que en mi fuero interno había algo que me lo confirmaba. Aun quedaba mucho que purgar en mi corazón y fue necesario que el Señor me hiciera de alguna manera “vomitar” toda esa falsedad de mi mente.

Mero Cristianismo

El Señor utilizó mi hambre de saber, para que, a su tiempo, cada uno de los velos fuera cayendo. Aun hoy me asombra, todas las piezas de ese rompecabezas antes tan enrevesadas y complicadas por los disparates que me habían enseñado, fueron tomando milagrosamente su sitio en perfecto orden y mi alma y mi espíritu, por fin empezaban a sentirse en paz. Yo no lo sabía entonces pero Dios estaba infundiendo la fe en mi alma por medio de la gracia.

Uno de los primeros libros que me ayudaron de una manera increíble, vino de un lugar tan lejano de España que aún me parece un milagro. El libro en cuestión se llama “Mero Cristianismo” de Clive Staples Lewis y me llegó un buen dia por mano de un católico incipiente y recién convertido, con unos antecedentes muy similares a los míos y que vivía en aquel entonces en la ciudad de Boston, en Estados Unidos. Un bendito dia vino por Barcelona y finalmente llegó a ser uno de mis mejores amigos. No me cabe duda que ha sido un colaborador incansable de mi ángel de la guarda, mi hermano Carlos Caso-Rosendi.

El libro que el me trajo limpió todo el lastre pesado que habían dejado los Testigos de Jehová en mi mente. Para entonces me faltaba pulir algunos conceptos y aquel libro fue para mí como un carga de dinamita que destruyó toda la mentira largamente acumulada durante más de tres décadas. Curiosamente un libro escrito por un anglicano que—de no haber nacido en Belfast—hubiera sido un excelente católico, fue el que abrió mi mente a la simpleza del cristianismo sin añadidos sectarios.

Realmente no sabía lo que buscaba, ni creía estar buscando nada. No creía en la “religión organizada” y simplemente estuve unos meses disfrutando de algo muy hermoso, una intimidad con Dios, mediante unas oraciones desconocidas para mí hasta aquel momento. No dejaba de llorar mientras hablaba con él y sentía como si me tomara en su regazo y me llevara hacia un lugar desconocido para mí. Yo simplemente me dejaba llevar, pues sabía que en sus brazos estaba totalmente seguro.

Durante esos meses ya fuera de la secta de los Testigos, devoré los libros cuya lectura ellos prohíben. Por ejemplo el libro “Crisis de Conciencia” de Raymond Franz, el cual corroboró lo que ya intuía. Otros libros, esencialmente evangélicos cayeron en mis manos, puesto que yo era un asiduo visitante de librerías evangélicas. Me dediqué poco a poco a armar de nuevo mi estructura mental cristiana que había desgajado totalmente y empecé de nuevo bebiendo de las fuentes antiguas que no han cambiado en más de veinte siglos. Así fue como a través de libros magníficos y de personas que el Señor fue poniendo en mi camino, justo cuando más lo necesitaba, fui conociendo familias con antecedentes similares a los míos.

El evangelismo protestante

Conocía a la familia Mora, una familia que vivía en Córdoba al sur de España y que habían pasado por una experiencia similar a la mía. Ellos se habían empezado a reunir con un grupo pentecostal y desde allá me concertaron una entrevista con un pastor evangélico de una iglesia independiente, que vivía en mi misma ciudad, cerca de Barcelona. El también llegó a ser una gran bendición para mí. La cosa es que sin darme cuenta estaba reuniéndome con un grupito de personas, en su mayoría de avanzada edad y de una admirable sencillez cristiana.

Mi esposa Elisa que había dejado también a los testigos de Jehová, empezó a acompañarme a esas reuniones y la verdad es que llegamos a congeniar muy bien con aquel grupito y a pesar de sus limitaciones, fueron una gran bendición para nuestras vidas y una parte más del camino que Cristo tenía preparado para nosotros.

Pasado un año de esta situación, durante el cual, mi vida de oración continuaba igual de enriquecida, sentía una cercanía del Señor tan reconfortante, que me sentía como Pedro en el Monte de la Transfiguración. Dios, sin embargo no deseaba que me estancara en ese primer lugar y pronto sucedieron cosas que transformaron mi vida una vez más.

Cuando menos lo esperaba—en cuestión de horas—me quedé sin mi magnífico empleo como encargado en una compañía aérea de transportes. Todo estaba yendo tan bien, había sido con mucho el mejor empleo que había tenido en mi vida, satisfaciente y bien remunerado. Como responsable de un grupo de personas con las cuales me llevaba estupendamente, hacíamos nuestra labor de estibadores aeroportuarios con una sincronía envidiable. A pesar de eso, aquella mañana del mes de enero de 2001, llegó de Madrid el encargado de la compañía y sin darme absolutamente ninguna explicación, me entregó una carta de despido, en la cual me decía que debía dejar mi puesto de trabajo inmediatamente.

Me dio un vuelco el corazón y pase dos días en oración y llanto, sin saber porque el Señor había permitido aquella aparente injusticia.

Al cabo de dos días, el Espíritu me iluminó, efectivamente el Señor no quería que me quedara en ese lugar que me había visto nacer. Aquel magnífico empleo era un ancla que me retenía en ese lugar. Así, como un rayo llegó la inspiración a mi corazón. Efectivamente el Señor quería que levantáramos nuestra tienda como Abraham y nos marcháramos a la tierra que El nos mostraría.

Córdoba nos espera

Córdoba es un bellísimo énclave al sur de España, que conocía muy bien porque el Señor me lo había mostrado a través de varios viajes cuando todavía era Testigo de Jehová.

Está además muy cercano al hogar ancestral de donde vienen mis padres y abuelos.

Así fue que nos pusimos en contacto con la familia Mora y con la iglesia pentecostal donde ésta se reunía. Cuál no fue mi sorpresa cuando me enteré que esta iglesia estaba abriendo un punto de misión en una ciudad cercana a la capital y habían recibido palabra de Dios de que personas de fuera de la provincia serían quienes colaborarían en la edificación de este punto misionero ubicado en Lucena—la segunda ciudad más importante de la región—Así que, ni cortos ni perezosos, sabiendo ya que estábamos en la plena voluntad de Dios, empezamos a hacer los arreglos necesarios para vender nuestro piso recién renovado en Barcelona, para irnos hacia esa aventura emocionante que era colaborar en un punto de misión. Conocimos al pastor pentecostal y al pequeño grupo que formaba esa iglesia incipiente de Lucena y después de orar fervientemente y dejarlo todo en manos del Señor, comenzamos a materializar nuestros planes de marcha.

Durante este tiempo, vimos vez tras vez la ayuda milagrosa del Señor y nuestra confianza en El se vio recompensada con multitud de pequeños detalles que nos aseguraban que estábamos obrando su voluntad. Económicamente, sin embargo, llegamos a tocar fondo pero El nunca permitió que llegáramos a quedarnos sin nuestro pan de cada día. Estos detalles milagrosos, que casi podrían llenar otro testimonio aparte, huelga decirlos en detalle.

Esas son cosas que guarda uno en su corazón y que son tan íntimas y personales, que creo que solo se pueden vivir en el propio interior. Para vivirlos plenamente solo es cuestión de entregarse a Dios que tanto y tanto nos ama, teniendo la plena certeza del cumplimiento de sus promesas. El nunca nos deja ni nos desampara.

De nuestros dos hijos, solo nos acompañó el más pequeño. Nuestro otro hijo mayor David, entonces de diecinueve años prefirió quedarse en Barcelona y aún continúa dentro de la religión en la cual le educamos desde que nació. Nuestras oraciones continúan levantándose hacia el Señor con la plena certeza de que algún dia El lo sacará de allí. Solo es cuestión de tiempo.

Finalmente llegó el momento de empaquetar lo imprescindible y emprender camino a Córdoba. Vinimos algo preocupados, pues nuestra mudanza coincidió con los sucesos del 11 de Septiembre de 2001 en Nueva York y no sabíamos hasta qué grado eso iba a afectar a Europa y a la paz general en el mundo.

No obstante ya todo estaba estaba decidido y nos mudamos aunque todavía la vivienda de Barcelona no se había vendido y nuestra nueva casa aún no era habitable. Estábamos seguros de que era la voluntad de Dios, así que efectivamente fue un paso de fe el que nos condujo hacia el sur de España.

Una vez en Lucena y a la espera de ubicarnos quizá en el local de la iglesia, que aún estaba en obras, o encontrar un apartamento de alquiler llegamos con toda la ilusión del mundo preparados para comenzar una nueva vida en el servicio a Cristo. De momento nos hospedamos en casa de una misionera noruega que vivía sola y que era la esposa del fundador de la “Comunidad de Amor Cristiano” de Córdoba. Ella se ofreció con todo el amor a hospedarnos, se llamaba Lizbeth Fumero y estuvimos con ella hasta que por fin estuvo terminado nuestro hogar algunos meses después.

Fueron tres años realmente gozosos, donde vez tras vez vimos la mano protectora del Señor en acción. Conocimos grandes hijos de Dios y la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas. Fue un tiempo de retiros espirituales, de alabanzas y cantos al Señor. Hasta tuve el privilegio de servir de director de alabanza en nuestra pequeña iglesia pentecostal. Debo decir que no hay absolutamente nada negativo que yo pueda decir sobre este lugar donde nos trajo el Señor. Siempre sirvió para continuar edificándonos y limpiándonos, dejando atrás todo el lastre de doctrinas falsas que habíamos aprendido con los Testigos de Jehová.

¿Qué está sucediendo Señor?

A mediados del año 2004, sin saber ni el cómo ni el porqué empezaron a surgir a nivel de iglesia ciertas discrepancias con el pastor, dado que su modo de llevar la enseñanza empezó a no estar acorde con el sentir general del grupo. La verdad es que todo acabó con una escisión dolorosa entre algunos miembros, especialmente familias completas, así fue como la iglesia se quedo prácticamente sin los colaboradores varones ni sus familias. Poco sabía yo en ese entonces cuán frecuentes eran y son las divisiones en el protestantismo.

Yo me preguntaba porqué estaba sucediendo esto. No entendía muchas cosas, e intenté aferrarme aún a la oración y a la búsqueda de alguna solución a este problema que se nos avecinaba. De hecho hablé en varias ocasiones con el pastor principal de la denominación en Córdoba, contándole en detalle lo que estaba sucediendo para que tomara cartas en el asunto enviándonos alguna ayuda. Queríamos que llegaran hermanos con más experiencia en labores pastorales para colaborar con el pastor que teníamos en Lucena, puesto que las ovejas se estaban desparramando irremediablemente. El hombre me escuchaba atentamente, pero nunca me hizo el menor caso. Creo que él pensaba que el pastor actual estaba actuando correctamente. En suma, se marcharon varias familias magnificas por sus desacuerdos con el pastor. De todos modos yo continuaba aferrándome al lugar e iglesia donde me había traído el Señor, pensando que todo lo que estaba sucediendo era solo una cosa pasajera. Yo sabía que El pondría todas las cosas en orden. A pesar de mis discrepancias con el pastor, nos armamos de paciencia y continuamos adelante esperando que Dios actuara a su debido tiempo.

El Cuerpo y la Sangre de Cristo

Llegó el otoño de 2004. Debo recordaros que nunca había perdido mi relación con mi hermano católico de Boston—que a ese tiempo ya se había mudado a Virginia—Carlos Caso Rosendi. Nuestras frecuentes conversaciones duraban horas. Yo le prestaba atención, pero sus argumentos a favor de la Iglesia Católica en aquel momento carecían de fundamento claro para mí. Siempre fue un gran hermano y un paño de lágrimas al tiempo de nuestros problemas en nuestra iglesia de Lucena. Le doy gracias a Dios por haberlo puesto en mi camino, dado que el tuvo mucho que ver en lo que empezó a acontecer en los meses por venir. En aquellos momentos Carlos empezó a percibir que el Señor estaba preparando algo muy importante en la vida de mi familia. Fue entonces que me envió por correo un Catecismo Católico y el libro “Roma Dulce Hogar” de Scott Hahn. Nada de lo que él me envió tuvo un efecto inmediato en mi modo de ver las cosas, pero luego supe que Dios estaba ya preparando los acontecimientos para otro vuelco impresionante en nuestras vidas. Algo asombroso que sucedería antes de que acabara el invierno de 2004/05.

Esto que voy a comentar no tiene nada que ver con mis discrepancias con el pastor, aunque el Señor en su sabiduría supo hacerlo en el momento oportuno. La cosa es que las celebraciones de la Cena del Señor en la iglesia de Lucena empezaron a espaciarse de una manera alarmante. A veces pasaban dos meses sin que se realizara.

No obstante la vez que la realizamos, quizá sería por el mes de Noviembre, sucedió algo que todavía me intriga profundamente.

Allí estaba el pastor en el púlpito y yo detrás con mi guitarra colgada al cuello junto al grupo de alabanza. En una mano yo tenía mi fragmento de pan de molde y en la otra la copita de mosto. Entonces sentí una punzada en el corazón y unas palabras que me hablaban claramente de algo que yo jamás me había planteado antes, las palabras me decían “Sabes que el Pan que vas a tomar ES MI CUERPO y que la copa que vas a tomar ES MI SANGRE”.

Yo escuchaba hablar al pastor y al mismo tiempo Alguien estaba hablando a mi corazón.

Cuando el pastor finalmente dio la orden de tomar el pan y el vino, la voz en mi corazón continuaba hablando, “No te importe lo que los demás piensen, esto que tomas ES MI CUERPO y esto que bebes ES MI SANGRE”. Pensé para mi—¿y esto qué significa Dios mío?—Dios continuó hablándome “Hay algo muy grande que falta en tu vida hijo mío, pero no te preocupes y como siempre confía en Mi.”

Sólo un par de meses antes, con toda la confusión que estaba acaeciendo en la iglesia, asistimos a un retiro espiritual. En ese entonces, el Señor me había dado una palabra tan clara como la que me estaba diciendo esa misma noche en la Santa Cena. El me dijo un escueto “Deja todo y sígueme”, lo escuche clarísimamente mientras estaba de rodillas en una de las bancas. Entonces le pregunté al Señor —”¿qué quieres que deje Dios mío?—Repetí la pregunta varias veces, pero no me respondió. No obstante mi sentir era claro, debía dejar esa denominación pentecostal, pero yo me resistía y pensé que mi corazón me estaba engañando, tal vez el Señor me quería decir que dejara mi trabajo que trabajara solo media jornada. No sabía qué pensar.

Pero mis sentimientos eran claros. Todo eso lo guardé en secreto, pero ahora, en la noche en la Cena del Señor, El me lo estaba volviendo a repetir: “No te importe lo que los demás piensen … busca mi Cuerpo y mi Sangre.” Pensé para mí…”Esto es imposible. El Señor me está pidiendo algo a lo cual me he resistido siempre ¿Dónde está el CUERPO Y LA SANGRE de Cristo verdaderamente?”

Buscando Respuestas

Al dia siguiente, el lunes 3 de enero de 2005, cuando acabé mi trabajo, me fui a visitar la parroquia católica más cercana a casa. Quería poner a prueba al Señor y saber si eso era verdaderamente lo que me estaba pidiendo. Elegí la Parroquia de Santo Domingo de Lucena, entré un poco atemorizado y me dirigí a lo que yo recordaba como un confesionario, aunque en realidad nunca lo había visto tan cerca, allí había un sacerdote joven y con barba leyendo quizá la Biblia, le dije en voz baja que yo era un cristiano evangélico y que tenía un sentir muy fuerte y extraño y una serie de dudas y de preguntas.

El me dijo que había un sacerdote que podía ayudarme pero que en ese momento no se encontraba en la parroquia—luego me enteré que hablaba del Vicario Diocesano de Córdoba—El sacerdote me informó que en ciertos días el Vicario, Mario Iceta, venía a dar la Misa. Salí del templo un poco inquieto y algo enfadado porque no había tenido la oportunidad de encontrar a esa persona idónea que me sacara de dudas.

El miércoles 5 de enero, fui nuevamente a la Parroquia, pero no entré. Vi a otro sacerdote joven que salía y lo abordé. Le pregunté si él era Mario Iceta, me dijo que no, que él se llamaba Jerónimo y que Mario era una persona realmente ocupada y era difícil localizarlo. Entonces yo le comenté brevemente mi situación. El me miró algo extrañado.

Tan sólo me dijo que el Señor me estaba esperando en el Santísimo allá adentro y que no me lo pensara mucho, que no lo hiciera esperar. Le dí las gracias y me fui una vez más un poco enfadado conmigo mismo, pensando que quizá me estaba equivocando en mis apreciaciones sobre la Iglesia Católica. Dejé pasar esa semana. Ya estaban acabando las Navidades y la fiesta de Reyes y aquel domingo siguiente, el 9 de Enero de 2005 era la reunión de final de año de la Iglesia Pentecostal. Yo ya había tomado la decisión de marcharme una vez que acabara de resumir toda la labor efectuada con el grupo de alabanza y con la contabilidad que llevaba de los diezmos de los hermanos.

Así esperé a dar todos mis informes y sin decir nada a la Iglesia de mis intenciones—aunque el pastor ya sabía desde hacía unos días, aún no lo acababa de creer—saludé a mis hermanos con un abrazo, incluyendo al pastor y a su esposa. Ya no volvería más a pisar esa iglesia.

Al lunes siguiente, el dia 10 de Enero fui de nuevo a la Iglesia de Santo Domingo. Me encontré a los mismos curas jóvenes que conociera en otras ocasiones. Nadie me supo decir nada del tal Mario Iceta y volví a marcharme algo descorazonado. Seguía con unas ganas enormes de saber que quería el Señor de mí.

Comencé a releer una vez más un libro con todos los pros y los contras sobre la Iglesia Católica, intentando mis pasos. Volví a buscar algunos detalles que me habían llamado la atención en el libro “Roma Dulce Hogar”, intentando verme reflejado en ellos. La inquietud y la expectación volvieron a apoderarse de nuevo de mí. Sabía que el Señor estaba manejando una vez más los acontecimientos.

El dia miércoles 13, fui otra vez a la Parroquia y vi todo estaba igual. Me dijeron que Mario daría la Misa y nadie me invitó a que me quedara. Nadie intentó hablar conmigo de mis inquietudes, así que opté por marcharme, puesto que aún faltaba media hora para que llegara —en teoría—el tal sacerdote Mario. “Claro, dará la Misa y seguramente después va a salir corriendo”, pensé. Me marché a pasear orando al Señor y buscando su guía.

Ese mismo dia a las 7 y 30 de la tarde

Estaban a punto de dar las siete y media de la tarde. No hice más que poner el pie en la plaza del ayuntamiento cuando oí sonar unas insistentes campanas y empecé a ver como algunas personas aceleraban el paso para entrar en otra de las iglesias principales de Lucena, la de San Mateo. No sé por qué nunca se me había ocurrido entrar en ese templo.

Ni corto ni perezoso, viendo que estaban llamado a Misa, me dije que iba a ver qué había de cierto en eso de la Consagración del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Iglesia Católica.

Aprovechando que mi anonimato lo puse todo en manos de Dios y me dispuse a entrar. La Iglesia es bastante grande, una de las más antiguas de la campiña cordobesa, data del siglo XV y es una maravilla del barroco cordobés. Claro que a mí nada de aquello me impresionaba mucho, aunque al entrar sentí algo muy bonito y especial que no sabría muy bien explicar. Tomé asiento en una banca más bien cerca del lugar donde se suponía que iba a estar el sacerdote. Quería ver que es lo que me tenía que decir el Señor—si es que me hablaba—a través de esa persona. Me impresionaba ver a las personas que tal como llegaban se arrodillaban en otro altar magnifico que había a la derecha y pensé que me parecía mentira que esos católicos le tuvieran tanto respeto a ese lugar que incluso se arrodillaban delante de él—luego supe que era el Sagrario—Me puse a escuchar y simplemente me limité a hacer lo que el resto hacía. Una de las lecturas esa tarde era Hebreos 3, donde dice que si oímos la Voz el Señor no endurezcamos nuestros corazones y que El deseaba que entráramos en su reposo. Me encantó esa lectura que ya conocía. La lectura del Evangelio trató sobre un leproso que acudió al Señor en busca de su misericordia. De ahí en adelante aquel sacerdote joven y lleno del Espíritu hizo un especial hincapié en su discurso. Habló sobre los enfermos, sobre el amor del Señor y sobre cosas que me llegaron al corazón de una manera especial. Esto que escuchaba venía de una Iglesia que yo siempre había considerado como el paradigma de la frialdad. Aquel sacerdote especial fue el que puso el Señor aquel dia 13 de enero de 2005 para que me hablara a mí. Mientras el Padre Leopoldo hablaba, me limité a cerrar los ojos y dejarme llevar por el Señor, pude concentrarme tanto en lo que dijo, que hasta me parecía irreal que estuviera sentado en una antigua y majestuosa parroquia católica.

Acabó entonces la homilía y comencé a observar detenidamente la Liturgia, las palabras que se decían en la Consagración y como respondía la gente. Empecé a ver las hermosas respuestas de la Iglesia “Señor no soy digno de que entres en mi casa…” ¡Qué maravilla! Eso era precisamente lo que siempre me había faltado en el momento de la Cena en la iglesia evangélica, unas palabras precisas y claras que justificaran lo que se estaba haciendo.

Después de la Consagración, el cura bajó las escaleras para dar el Pan y un resorte movió mis piernas me puse en la fila sin saber exactamente si debía hacerlo o no… Llegó mi turno y sin saber lo que decía el cura a las personas que me precedían, oí que a mí me decía “El CUERPO DE CRISTO” … a lo cual yo respondí en mi ignorancia AMEN y tomé la que sería mi primera Comunión. Me senté en la banca y el gozo que sentí en ese momento es fácilmente explicable. Solo sé que lo que estaba entrando en mi cuerpo era el propio Dios y eso era mucho más de lo que yo podía tan siquiera concebir en mi mente… Como si lo hubiera hecho toda la vida, dije lo correcto sin saberlo, fue como un encuentro real con un grandísimo Amigo, con el cual no tenía por qué haber ningún tipo de rodeos. La confianza que él me ofrecía era la que se da a una persona a la cual conoces de toda la vida… Ese era mi Dios, ese era mi Señor, no cabía la menor duda.

Me marché sin hablar con nadie, necesitaba digerir todo aquello que había experimentado y así lo hice. Pensé que ya habría tiempo de hablar con aquel joven sacerdote que me había impactado tanto y ahora estaba casi seguro que mi lugar cada tarde de ahí en adelante era en la Santa Misa.

Aún quedaban muchísimas incógnitas ¿Qué pasaba con María? ¿Era realmente idolatría la veneración de la Iglesia por la Virgen? No debía olvidar que estaba en Lucena, lugar donde se venera a Nuestra Señora de Araceli, Patrona del Campo Andaluz. Si decidía continuar en la Iglesia Católica tenía que hacerlo aceptando a María tal como la iglesia la aceptaba. Es curioso, pero todas aquellas incógnitas me surgieron aquella misma noche, nada más salir de la parroquia. Necesitaba estar seguro de que el paso que estaba tomando era el correcto, acababa de tomar casi sin saberlo mi primera Eucaristía y esto iba totalmente en serio. No era un juego de niños.

Quería que aquel momento fuera algo muy íntimo entre el Señor y yo. Llegué a casa y tardé poco en acostarme. Quería leer, quería empaparme de todo, quería orar. Necesitaba por sobre todo, orar.

Mi esposa sabía que ya no volveríamos a la Iglesia Evangélica. Ella misma tenía un sentir parecido, pero yo no le había comentado nada sobre mis investigaciones sobre el catolicismo y mucho menos de esta mi primera experiencia con la Eucaristía. Ella quizá no estaba preparada para comprenderme. Yo quería primero estar seguro de lo que hacía y de una vez saber con seguridad meridiana lo que el Señor deseaba. Comenzaría a remar mar adentro, con mi esposa y mi hijo, si fuera posible.

Aquella misma noche, estuve repasando una y otra vez los versos que se leyeron en la Eucaristía, casualmente—aunque nada es casual—hacía dos meses, había comprado sin saber exactamente qué compraba, un Evangelio en una librería de Montilla y cuál no fue mi sorpresa cuando hallé que aquel librito contenía todas las palabras de la Misa y un sinfín de oraciones católicas que me vinieron como anillo al dedo. Ese librito y yo llegamos a ser compañeros inseparables durante todo ese año que acababa de comenzar.

Dios te salve María

Bien pues ahí estábamos mi librito y yo aquella misma noche escudriñándonos el uno al otro—la Palabra de Dios suele escudriñarte—cuando de nuevo se me plantea la incógnita de la Virgen María, cuando leí el “Ave María” en el librito, volví a recordarlo en mi mente como una “amenaza”.

Aquella oración que recordaba vagamente desde mi más tierna infancia, el “Dios te salve María llena eres de Gracia” volvía una y otra vez a mí, como si quisiera recordarme que ese era mi próximo reto. Todo ocurrió ese mismo 13 de enero—por cierto que el dia 13, dia tradicional de Nuestra Señora de Fátima, después llegó a ser un dia de referencia clarísima para mí—Ahí estaba yo en la soledad de mi cuarto, con un calor intenso en mi corazón y con una clara invitación a rezar aquel “Dios te Salve María” ¿Qué hacer? Miré a mi esposa dormida a mi lado y comencé a rezarlo rogando a Dios que ella no me oyera, era la única manera de poner a prueba definitiva lo que en realidad estaba haciendo y ese breve rezo, para mí, era una apuesta muy fuerte, estaba poniendo toda la carne en el asador.

Mientras decía palabra por palabra como sintiendo cada una de las sílabas del Ave María, comencé a sentir como una cascada de agua tibia que me caía sobre la cabeza y me recorría todo el cuerpo. Curiosamente eso no lo había logrado sentir en la Eucaristía, aunque fueron otras las vivencias que sentí, pero aquella sensación que me recorrió todo el cuerpo mientras rezaba el Ave María, fue algo impresionante y sobrecogedor.

Acabé mi rezo y le dije a María, que no sabía si hacía lo correcto hablando con ella, pero que necesitaba salvar aquel impedimento que me hacía todavía dudar de que ella tuviera algo que ver con todo esto y si ella era una parte clave de todo lo que yo estaba viviendo en esos momentos, tenía que saberlo con seguridad, puesto que estaba acudiendo a una Iglesia en donde María es una parte fundamental en todo. A esto se agrega que Andalucía, la región donde vivo y a la cual pertenece Córdoba, es la tierra de María por excelencia.

Me quedé durante unos minutos con los ojos cerrados y después de orar y de agradecer al Señor por todo lo que me había hecho vivir me quedé profundamente dormido.

La respuesta en el parabrisas

Me levanté por la mañana y me fui a trabajar. Saqué mi coche del aparcamiento. Recuerde el paciente lector que el vehículo pernocta dentro de casa—este es un detalle importante—Como de costumbre tomé la carretera en dirección al trabajo. No había andado un par de kilómetros cuando cayeron unas gotas de agua que ensuciaron mi parabrisas. Conecté las escobillas para limpiar los cristales y vi con sorpresa que allí debajo de la escobilla había algo pequeño como un calendario de cartera que no había visto la noche anterior al aparcar el coche.

Como estaba en un lugar rural, me detuve y me dispuse a ver de qué se trataba. Solo me faltó saltar y chillar de alegría. En más de 45 años de vida nunca me había encontrado algo así en el parabrisas de mi coche, pero allí estaba: justo la mañana siguiente de mi petición a María. Eso era casi un milagro. En mis manos tenía un calendario perfectamente plastificado (a prueba de lluvia) con la imagen de la Madre del Cielo, sosteniendo un Niño, con una cara de amor difícil de describir y con una leyenda que me decía: “Abre tu Ventana”.

Nunca supe qué mano puso ese mensaje en el parabrisas de mi coche, que estuvo aparcado dentro de casa toda la noche. Hay alguien que lo sabe y esa “alguien” estuvo muy atenta a la oración que un hijito suyo le hizo la noche anterior. Gracias te doy siempre Madre del Cielo, por haberme hablado tan claro aquel día.

Ahora ya sí que no tenía la menor duda. Esa era la decisión que el Señor y su Santísima Madre deseaban que tomara, ahora solo quedaba explicárselo a mi esposa Elisa y a mi hijo Cristian, una vez más comenzaba un nuevo reto en mi vida como cristiano.

Aun no había puesto todas mis cosas en orden con respecto a la Iglesia Católica. Ella me estaba abriendo los brazos, pero había que hacer las cosas bien. Por supuesto mi deseo era empezar a asistir cada noche a Misa, pero al dia siguiente quise hablar con el padre Leopoldo, el cura joven de San Mateo que me dio mi primera Comunión sin saberlo. Quería explicarle cual era mi situación y lo ví ese mismo fin de semana. Después de un par de horas de conversación observé vez tras vez su sorpresa mientras le iba contando el trato del Señor en mi vida. Finalmente optó por decirme lo mismo que me habían dicho los otros sacerdotes. Debía hablar con el famoso vicario del Obispo, Mons. Mario Iceta y él me indicaría qué hacer.

Afortunadamente mis padres me bautizaron como católico a los quince días de mi nacimiento. Sin ellos saberlo me habían regalado la Gracia de Dios en el Sacramento del Bautismo y todo ese tiempo había estado ahí latente esperando que esa semilla germinara definitivamente. Tuve que solicitar mi Partida de Bautismo a la parroquia Cristo Redentor de Barcelona para poder presentarla en el obispado y así ser recibido en la Iglesia de una manera correcta.

17 de abril de 1960—Domingo de Resurrección

¡Qué tesoro llegó a mis manos el dia que recibí aquella partida de bautismo! Allí vi las firmas de mis padres—ahora fallecidos—de mis padrinos, que fueron mi abuela y uno de mis tíos, del párroco que me bautizó aquel 17 de Abril de 1960, precisamente el Domingo de Resurrección de aquel año. ¡Bendito día! Todo eso empezó a pasar por mi mente como una secuencia de imágenes que me hicieron llorar de alegría. Me daba cuenta que mis jóvenes padres me habían hecho sin saberlo, el mejor regalo de mi vida, el Sacramento del Bautismo.

Finalmente conocí al vicario quien me dijo que durante este tiempo hasta ser recibido formalmente por la Iglesia, debía abstenerme de tomar la Eucaristía, que le entregara al Señor ese pequeño sacrificio y que en breve quedaría todo solucionado. Así que durante unas semanas seguía asistiendo a Misa diariamente sin participar en la Eucaristía, llevaba mi librito de oraciones y así me aprendí en poco tiempo todas las palabras de la Liturgia, fue un gozo ver como todos los presentes interactúan con el sacerdote al responder también con sus palabras.

Llegó de nuevo otro dia 13, en este caso del mes de marzo de 2005. Me llamó Mons. Mario Iceta a la Parroquia de Santo Domingo y allí, en una ceremonia muy íntima, delante de la imagen del Cristo de la Sangre di mi profesión de Fe delante de dos testigos. Uno de ellos fue aquel primer sacerdote de barba que me encontré en el confesionario leyendo la Biblia la primera vez que entré en aquella parroquia. El Cristo de la Sangre una obra impresionante legada hace siglos por un taller indígena de Nueva España (México) y hecha con medula de maíz y madera de acacia. Ahí recibí los abrazos y la alegría de los tres hermanos en presencia del Cristo de la Sangre en aquel momento tan especial y tan intimo.

Comenzó una nueva etapa en mi vida, alimentado con la Eucaristía estaba emocionado porque sabía que el Señor ahora iba a continuar su obra en mi, perfeccionando y puliendo todas mis aristas, que son muchas. Mi esposa y mi hijo que estaban como espectadores observándome extrañados ante la decisión tan inverosímil que había tomado. Decidimos de nuevo mudarnos a un pueblo cercano, Priego de Córdoba y olvidar nuestro pasado evangélico en Lucena, como una etapa más de nuestro crecimiento y acercamiento al Señor. Sin resentimiento alguno, agradecidos al Señor por habernos permitido tener la compañía de nuestros hermanos evangélicos.

A los pocos meses de nuestra llegada a Priego en el verano de 2006, le propuse a mi esposa Elisa que visitáramos algunos Santuarios Marianos, para agradecer a la Virgen por su amor de Madre. Mi esposa aunque era totalmente incrédula, deseaba viajar y poder ver a sus padres y a nuestro hijo en Barcelona, así que accedió a acompañarme. Estuvimos en la Abadía de la Virgen de Montserrat, Patrona de Catalunya. Pasamos por Zaragoza y estuvimos en el Pilar. Posteriormente fuimos al Santuario de Nuestra Señora de Fátima en Portugal.

En este último lugar sucedió algo impresionante al tiempo de regresar. Elisa me dijo que con todas las reservas e incredulidad del mundo, le había dicho a la Virgen de Fátima que si era verdad que ella tenía algo que ver con mi conversión, que nos uniera en la misma fe y que le prometía que—si así sucedía—volveríamos juntos de nuevo a verla allí a Fátima. Yo no acababa de creerme lo que me estaba diciendo mi esposa y sonreí para mis adentros y me dije a mí mismo que no tardaría mucho en ver otro nuevo milagro del Señor y de la Virgen.

Mientras tanto nuestra vida en Priego, comenzó a tomar un derrotero diferente y bendecido, bajo la dirección del Espíritu Santo, dejé mi trabajo comercial tan lejos de la voluntad de Dios y realicé un curso de la Junta de Andalucía para capacitarme como Auxiliar de Geriatría. Una vez más tuve que dar un paso tremendo de Fe, sin saber que me iba a deparar el futuro. Con mi edad y las circunstancias que me rodeaban no sabía si podría dedicarme al cuidado de ancianos y personas discapacitadas que necesitan tanto amor y cuidados. No cabe duda que el Señor ha vuelto a ubicarme de nuevo en el lugar que El deseaba, pudiéndome dedicar de toda alma a esta labor que actualmente me tiene ocupado en dar a los demás lo que el Señor me ha regalado inmerecidamente.

Otro momento muy especial para mí, fue el dia en que recibí la Confirmación por el Obispo de Córdoba, el dia 30 de septiembre de 2006, ese crisma que recibí en mi frente, sé que es la confirmación de ese sello indeleble que pusieron mis padres en mi el dia que recibí las aguas bautismales siendo yo solo un bebé.

La promesa

Vuelvo a la promesa de mi esposa a la Virgen de Fátima. Sabía que la intercesión de nuestra Madre no se iba a hacer esperar mucho. Pasados tres meses de nuestro viaje, en el mes de noviembre del año 2006, Elisa una vez más y por un cúmulo de circunstancias—que sólo el Señor y la Virgen pudieron organizar—me acompañó a un Cursillo de Cristiandad en el Hogar San Pablo de Córdoba ¿Qué sucedió allí? El Señor le habló y la abrazó en el Sagrario de una manera especial y le entregó también al maternal amor de la Virgen María. Después de aquellos tres días de Cursillo, Elisa se transformó. El Señor puso a las personas y sacerdotes idóneos en nuestra vida una vez más y así pudo ella dar su profesión de fe delante de toda la Iglesia en enero del 2007. Sin duda fue un momento de muchísimo gozo en los cielos.

Como añadido a nuestras alegrías debo comentar que tuvimos algunas conversaciones profundas con la familia Mora, aquella primera familia evangélica de Córdoba que nos ayudó a unirnos a la Iglesia pentecostal. Dios nos dió la gracia de que ellos también abrazaran la Fe Católica, en especial Mariángeles y su hija Judit, quien tomó su primera Comunión este pasado mes de mayo. El amor de nuestra hermana Mariángeles por la Virgen y el Señor me han sorprendido muchísimo.

Luego una de mis hermanas, Sara, junto con sus dos hijos fueron bautizados en la Iglesia Católica de Lérida después de su experiencia como testigo de Jehová y de algunos años apartada cualquier clase de religión. Una vez más Cristo y María, los han recibido también con los brazos abiertos. Gracia sobre gracia el Señor sigue edificando nuestra fe.

13 de mayo del 2007—Un dia feliz

El colofón de nuestro testimonio tuvo lugar el pasado dia 13 de Mayo de 2007 en el 90 aniversario de las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima, cuando después de veintiséis años unidos civilmente, mi esposa Elisa y yo pudimos sacramentalizar nuestro matrimonio en la Parroquia de la Asunción de Priego. ¡La verdad es que no podíamos habernos casado en otro dia! Con la presencia de los sacerdotes y matrimonios que el buen Dios ha puesto en nuestras vidas presentamos nuestro amor al Señor.

Sé que todavía nos quedan muchas cosas por ver y muchos milagros que vivir. Ahora, ya unidos en Cristo y María a través de su Iglesia, recibiendo ambos mi esposa y yo la Eucaristía y el resto de Sacramentos con regularidad y entregando a Dios nuestras vidas a diario, solo confiamos en que nuestros dos hijos David y Cristian, en Barcelona, puedan algún día recibir estas mismas bendiciones que nosotros hemos recibido. La experiencia de más de cuarenta años nos dice que todo es cuestión de amor y de oración.

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