Un signo en el cielo

vestida-del-solAl comienzo de 1926, el ateo más duro que jamás yo haya conocido, sentado en mi sala afirmó que la evidencia de la historicidad de los Evangelios era sorprendentemente buena. “Cosa rara”, continuó”. Todo ese asunto de Frazer sobre el Dios Muriente. Cosa rara. Casi parece como si realmente hubiera ocurrido al menos una vez”. Para entender el devastador impacto de la frase, tendríais que haber conocido al hombre (quien hasta el momento no había mostrado el más mínimo interés en el cristianismo). Si él, el más cínico de los cínicos, el más duro de los duros, no estaba —como yo mismo decía— “a salvo”, entonces ¿dónde iba a refugiarme? ¿Es que no había forma de escapar? (Citado del libro de C.S. Lewis Sorprendido por la Alegría).

Estas palabras de C. S. Lewis describiendo dramáticamente cómo Cristo se aproximaba a su vida, jaqueando la simpleza de su ateísmo con la luz de la razón, se refieren a un encuentro que tuvo con un profesor amigo que, siendo completamente ateo pero intelectualmente honesto, admitía la fuerte historicidad de los Evangelios y la similaridad de la “constante” que Frazer (el autor de La Rama Dorada) había encontrado en sus estudios antropológicos de los mitos de la humanidad: que casi todos los pueblos del mundo poseían un mito común, el del Dios Muriente que da su vida para que la nación viva. Así Viracocha, Sigfrido, Krishna, Marduk, Osiris son mitos solares en los que la vida del dios sigue un patrón determinado: un noble pero oscuro origen(amanecer), su arribo entre el pueblo en forma anónima (ascenso), su revelación al pueblo como salvador (cenit) y finalmente su muerte sacrificial (puesta) y ascenso a la divinidad (resurrección) llegaron a ser en la mente de Lewis una evidencia más del hecho que la humanidad estaba hecha para Cristo y que aún aquellos que no lo habían conocido, se habían “inventado” un dios para llenar el vacío de Cristo en su cultura y en su religión. Invirtiendo el proceso y entendiendo el mito desde su raíz, Lewis se dió cuenta, antes de ser cristiano, que Cristo era “el” mito solar arquetípico y que los otros mitos solares eran simplemente ecos de la entrada de Dios en el mundo de los hombres, ecos que hacían aún más evidente la divinidad del Mesías.

Para los hebreos eso no era sorpresa, ya que muchas veces sus profetas habían comparado a Dios con el sol, ese que el Dante llamó “el mundo sin gente” pero que es testigo y medida de la vida de todos los hombres que han vivido “bajo el sol”. Malaquías les había recordado en la antigüedad:

Pero desde la salida del sol hasta su ocaso, mi Nombre es grande entre las naciones y en todo lugar se presenta a mi Nombre un sacrificio de incienso y una ofrenda pura; porque mi Nombre es grande entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos. Malaquías 1:11

Y les había prometido también:

Pero para vosotros, los que teméis mi Nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos, y saldréis brincando como terneros bien alimentados. Malaquías 3:20

Y estas profecías fueron entendidas por los primeros cristianos hebreos como referencias al Divino Mesías, Jesucristo. De hecho, esta frase “Sol de Justicia” se repite con mucha frecuencia en los escritos de los Padres de la Iglesia y todos los casos se refiere a Cristo.

En el primer capítulo del Evangelio Según San Lucas se nos presentan estas palabras de Zacarías, el sacerdote padre de Juan el Bautista:

Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz. (Lucas 1:78-79)

Lo que aquí se traduce al español como “Sol naciente” es la palabra griega para el nacimiento del día, el oriente, anatol. La misma palabra había sido usada por los Magos al decir “vimos su estrella en el oriente” (anatol). Por todas estas cosas sabemos que Cristo es el Sol Naciente de la humanidad. El mismo nos declaró “Yo soy la luz del mundo y el que me siga no caminará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). En Mateo 17:2 al describir la Transfiguración del Señor, San Mateo declara que “Fue transfigurado delante de ellos y su cara brillaba como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.”

El anuncio

La estrella que anuncia la llegada del sol durante buena parte del año en el hemisferio boreal es Venus, que aparece brillante en el horizonte como anunciando el sol que está a punto de comenzar su ciclo. Esa estrella de la mañana es María de Nazareth. Ella precede a Cristo, lo espera, lo acepta, lo anuncia, como un modelo de las dos iglesias. Primero, María es un modelo de la iglesia judaica que es guardiana de las “sombras de las cosas por venir”. María cumple la Ley de Moisés para ser hija perfecta del Padre Altísimo que la ha elegido para ser la Madre del Mesías y que la ha perfeccionado para que en ella habite Cristo por nueve meses al comienzo del misterio de la Encarnación. Es importante notar algo que luego explicaré en mayor detalle, la gloria que María refleja no es el tipo de gloria que el mundo espera. María vive una vida pobre y sacrificada, es huérfana ya temprano en la vida y ha consagrado su virginidad a Dios (pues le dice al Arcángel Gabriel: “no tengo coito con hombre alguno”). Quiero apuntar al hecho de esos dolores tempranos, que luego serán constantes en la vida de la Madre Dolorosa. El brillo que María refleja, ya tan temprano, está emparentado con el dolor, con el sufrimiento que será la característica de su vida, de la vida de Cristo y de la vida de la Iglesia naciente. María es la Iglesia hebrea, que lleva dentro la semilla y la promesa del Mesías por nacer. Pero cuando el Espíritu Santo desciende sobre ella (como luego lo haría en el Pentecostés con toda la Iglesia) ella se convierte en la primera Iglesia cristiana ¿Por qué? Porque lleva a Cristo en su seno y da gracias (eucaristía) al Padre por la plenitud de su gracia. Mientras aguarda a su Divino Esposo, María es es Hija del Padre. Desposada por el Espíritu Santo es esposa de Dios. Ya fecundada es entonces Madre de Dios el Hijo y con esto completa mejor que nadie, en forma más perfecta que nadie antes y nadie después lo que significa ser “Mujer y Señora” (gunai). También es ella la primera que nos “llama a entrar” (ecclesia) en el misterio de Cristo cuando nos dice en las Bodas de Caná: “Haced todo lo que El os diga”. En ella se cumple misteriosamente la promesa de Dios a la gunaidel Génesis: “Con dolor darás a luz tus hijos”. Ese anuncio del dolor se hace más claro a medida que el ciclo solar de Cristo avanza.

La alborada

Cuando María presenta a Jesús en el Templo, la breve alegría de ser madre de la Promesa se oscurece con la profecía de San Simeón:

“Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.

Uno puede imaginarse lo que esa frase puso en el corazón de María, pues la anticipación del dolor es con frecuencia más dolorosa que la misma pena anunciada. Es así que entra en la conciencia de María la fragilidad humana con la que está revestido su Hijo Divino. La dolorosa irradiación de la Cruz ya comienza a obrar en su corazón de madre que debe vivir cada momento esperando el desenlace fatal de esa vida que amanece en sus brazos.

Ciertamente una espada ha atravesado su inocente corazón y la ha hecho madre de todos los dolores humanos. La redención del género humano ha comenzado partiendo el corazón de esa joven judía. Ella será, por Jesús, la madre de todos los vivientes y dará a luz, en Jesús, a todos sus hijos con dolores intensos desde el primer albor de la mañana de la salvación.

El exilio la llevará a Egipto por unos años y luego, al volver tendrá que vivir la angustia de perder a su Hijo por tres días. Lo encuentra en el Templo y uno puede imaginarse primeramente las sombras que habrán pasado por el corazón de esa madre al perder ese tesoro que Dios le había confiado. Pero con el tiempo entendería que esa era un lección que Dios le había preparado para edificar su fe. Cuando otros tres días sin Jesús vinieron como colofón terrible de la Crucifixión, María confió en la vuelta de ese Hijo perdido y hallado de nuevo. En eso prefigurará a la Iglesia que ha visto partir a su Señor y que, al comienzo del tercer milenio sin El, aún lo espera con confianza, sabiendo que al tercer día El volverá para reclamar a los suyos.

El Cenit

La predicación de Cristo lo lleva inexorablemente a su punto de encuentro con la Cruz. Cuando María lo acompaña desde las calles de Jerusalén al Calvario, su corazón le confirma que éste es el momento del que Simeón hablaba. Le duelen cada una de las humillaciones del Hijo como si fueran propias y aún así lo sigue hasta que llegan a la cima de la colina. Seguramente San Juan, el único discípulo presente con María, recuerda las palabras de Cristo indicando que sería “alzado para la salvación de muchos”. El sonido de los golpes de la maza, que fijan al Hijo a la Cruz, taladra sin piedad el corazón de la Madre de Dolores. El Hijo es elevado y allí deben contemplarlo los mismos ojos de su madre que le vieron sonreír tiernamente cuando era un recién nacido.

En ese cenit de Cristo-Sol pareciera no haber gloria ¿Cómo puede interpretarse ésto como la puerta al triunfo del Reino de Dios? ¿De qué manera lo podremos seguir ahora? María nos da la clave porque ella, que fué la única mujer que cumplió la Ley de Moisés, es ahora la única mujer que cumplirá perfectamente la nueva ley de la caridad, el nuevo mandamiento total que Cristo ha impuesto sobre su nueva Iglesia.

Para entender la perfección cristiana de María debemos entender primero lo que Cristo irradia desde la Cruz: dolor. Ese dolor que nos redime, ese dolor total es lo que debemos incorporar en nuestras vidas para ser partícipes con El en la redención del mundo. Nosotros no lo haremos perfectamente porque le tenemos miedo a la Cruz, porque naturalmente huímos del dolor y lo evitamos.

Pero María, Madre e Iglesia primera desea el dolor de Jesús para sí. Esto es importante entenderlo bien: María desea en forma perfecta, total, sin recortes, que la Cruz la lleve a ella y libere a su Hijo del dolor que irradia. En eso ella, como la estrella de la que hablamos antes, refleja perfectamente en sí misma el dolor de Cristo en la Cruz, como la estrella de la mañana refleja la gloria escondida del sol antes del amanecer.

Es por eso que, en mi opinión personal, entiendo que María es corredentora con Cristo, la mujer necesaria para equilibrar el error de Eva así como Cristo es necesario para borrar la culpa de Adán. La simetría perfecta entre el Calvario y el lejano Edén se revela ante nosotros en el dolor de María, en su deseo perfecto de la Pasión, en ese amor total que nadie puede dar sino una madre. Creo que casi todas las madres del mundo pueden entender ese punto sin necesidad de saber teología.

La vemos en Apocalipsis 12:1-2:

Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz.

Nuevamente el dolor y la gloria del sol se mezclan en una sola imagen. El Dios dentro de la mujer también reviste a la mujer de su gloria y esa gloria para ambos, Hijo y Madre, tiene el común denominador del dolor, ese dolor que la Iglesia debe llevar en sí misma todos los días de su peregrinar, porque sin dolor no hay ganancia y sin Cruz no hay gloria que perdure.

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