Verdad y belleza

bellezaUna breve reflexión sobre estas palabras de David Warren: “La belleza, la verdad, la bondad, son aliadas; como lo son también sus opuestos.”

San Agustín, es el primero en hablar de veritatis splendor. Muchos pensadores cristianos siguieron a Agustín en la exploración de la relación entre la verdad y la belleza. Implícita en el pensamiento del santo de Hipona está la relación entre la mentira y la fealdad. Paradójicamente, Agustín ve una forma incipiente de libertad en la obediencia a los dogmas y mandamientos, porque los mandatos de Dios nos liberan de la esclavitud al pecado y de sus horrorosas consecuencias. Al convertirnos en siervos de Cristo rompemos el pesado yugo del pecado.

Monseñor Inos Biffi nos lleva un poquito más adentro: “Se afirma que los dogmas son verdad. Uno debe ir más allá y afirmar que los dogmas son hermosos. … uno debe continuar y observar que la belleza del misterio no es solamente la que se evidencia a través del discurso teológico como estética intelectual, como “la arquitectura de la organización de las ideas”, sino también … lo que surge de las “catedrales de piedra”, o en la estética de lo visible, también debiéramos agregar, de la poesía, de la música.”

La sabiduría llega al éxtasis por el camino de la contemplación. A menudo ese es un sendero recorrido físicamente. Yo creo que el milagro de un hombre y una mujer que se enamoran y alcanzan las puertas de la creación por el Sacramento del Matrimonio resulta ser una alegoría natural de ese proceso que nos lleva desde el seno de nuestra madre hasta la visión beatífica, ese punto en el que sabemos que estamos vivos porque podemos “ver” a Dios.

La Misa — me parece a mí — es un modelo a escala de ese sendero, una muestra encantadora del peregrinaje del hombre: desde el momento en que el sacerdote recibe a los fieles hasta el momento de la Comunión, uno puede ver no solamente una alegoría de la propia vida en la fe, sino también el camino de la Humanidad a través de la Historia. Tenemos por obligación que ser maravillados por el misterio de la Misa, por su compleja profundidad; hasta el punto en que debemos desarrollar ojos nuevos de la misma manera que el hombre ciego de Jericó encontró ojos nuevos cuando hizo un esfuerzo extraordinario para llamar la atención de Jesús. En las palabras de San Pablo se puede entender ese proceso: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que os permita conocerle verdaderamente. Que El ilumine los ojos de vuestro corazón, para que podáis valorar la esperanza a la que habéis sido llamados, los tesoros de gloria que encierra vuestra herencia entre los santos” (Efesios 1:18). Cuando vamos a Misa imploramos la misericordia divina usando las mismas palabras del ciego de Jericó: Kyrie eleison, “Señor, ten piedad!” y luego en la misma Misa llegamos a ver al Señor elevado en las manos del sacerdote, como el ciego aquél vió por primera vez y lo primero que vió fue el rostro de Dios.

En la Misa recibimos la visión del Creador — ambos significados de la palabra “visión” — primero lo vemos a El y luego aprendemos a ver como El: “Bienaventurados son los de corazón puro, porque ellos verán a Dios.” Rogamos por misericordia, hacemos penitencia en el ritual y entonces, habiendo purificado nuestros corazones, vemos a Dios.

En la batalla espiritual que ahora ruge a nuestro alrededor, las fuerzas del mal están tratando de oscurecer el esplendor de la verdad. Uno de los principales objetivos de los malvados es la Eucaristía, porque creen que, si pueden eliminar la Misa y la Eucaristía, entonces habrán acorralado a Dios con un acto mágico. Muchos santos nos han advertido que el signo constante de la presencia de Dios entre nosotros va a ser quitado por un momento. Le sucedió a Jesús en el Calvario cuando sintió la ausencia del Padre y se lamentó de su abandono justo cuando caía sobre la tierra una hora de densa oscuridad. Tengamos en cuenta lo que Cristo nos advirtió: recibiremos el mismo trato que El recibió.

El ataque a la Misa continuará hasta que los malvados logren su objetivo. Quizás veamos una pseudo-misa sin Cristo en este tiempo, quizás lleguemos a ver a Roma sin el Santo Padre y hasta podemos llegar a ver que se prohíba venerar a la Santísima Virgen; todo al mismo tiempo porque esas son precisamente las tres cosas que nos distinguen como católicos y esa misma palabra “católico” es ahora como una mala palabra para el mundo que pronto la reemplazará con expresiones políticamente correctas como “ecuménica” o “global”. A medida que descendemos a la oscuridad de ese eclipse final, debemos recordar que esto es parte del proceso, que así se separan las ovejas de las cabras. Las ovejas recibirán nuevos ojos para ver el mundo hecho nuevo por Cristo después del día de la ira divina. En cuanto a las cabras, porque dicen “vemos” su pecado permanece y con el pecado permanecen también las cadenas, su ceguera, y la horrorosa desolación del Gehena.

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