Peronismo y comunismo

Peron en el golpe del 30
Primer putsch militar en Argentina. El entonces Capitán Perón (izq.) acompaña el auto de J.E. Uriburu que avanza hacia la Casa Rosada luego de derrocar por fuerza de las armas al gobierno constitucional libremente elegido.

Desde hace muchos años se escucha algo que ya casi es un proverbio nacional argentino: “El Peronismo impidió que la Argentina cayera en el Comunismo.” Y la sentencia se ha aceptado sin mayor crítica. Ahora que le llega el tiempo de cumplir setenta años al Peronismo — nacido el 17 de octubre de 1945 como una reencarnación apocalíptica de los fascismos italiano y alemán — me parece que es hora de echar una mirada crítica sobre esa vieja afirmación. Pero primero vale la pena examinar el origen de todos estos movimientos y para eso voy a tener que repetir lo expresado en más detalle en mi artículo previo, Marxismo Cultural publicado ya hace un par de años.

Para no ir muy atrás en la historia volvamos al tiempo del nacimiento de la Edad Moderna. Como resultado de la presión musulmana sobre Europa Oriental, muchos de los cristianos disidentes con Roma que moraban allí, se fueron moviendo hacia el interior de Europa y con ellos vino ese malestar que Hans Urs von Balthasar llamó Der antiromishe Affekt, la “actitud o afectación antirromana.” Resumiendo mucho el proceso se puede decir que esa actitud fue la semilla de la Reforma Alemana que llegó en 1517 cuando Martín Lutero clavó sus tesis en la puerta de la iglesia católica de Wittemberg.

La Reforma que luego se extendería a otras partes de Europa, no era otra cosa que una rebelión contra la autoridad papal. Las razones de la rebelión, fueran justificadas o no, son harina de otro costal y nos tomaría mucho tiempo analizarlas a fondo para incluirlas aquí. Lo que importa es que existió una rebelión contra el orden católico de la Europa cristiana y en especial contra la autoridad espiritual del Pontífice Romano.

Las ideas tienen consecuencias y la idea de Lutero las tuvo. Sin tener en cuenta las intenciones últimas del fraile alemán, el mensaje político subyacente era más o menos que si un fraile podía cargarse al Papa ¿por qué no podía el pueblo cargarse al rey? A medida que los problemas llovían sobre las testas coronadas de Europa, la rebelión se extendió y los pueblos — o sus pretendidos representantes — extendieron también sus objetivos: ni reyes, ni nobleza. Una vez pasados esos hitos le tocó a Marx descargarse por fin con la burguesía comercial y con la religión entera. Apenas habían pasado tres siglos y medio y la Reforma se derramaba sobre el mundo como lava caliente que resultaba difícil de contener.

Con el tiempo el Liberalismo, entendido como una visión del mundo y de la historia “liberada” de las ideas cristianas y de la Iglesia se hizo presente en el escenario, avanzando la rebelión contra el viejo orden cristiano y la Iglesia Católica. En el término “Liberalismo” entiendo a sus tres encarnaciones principales: capitalismo liberal, fascismo y comunismo; siendo las dos últimas, formas de socialismo. Las tres se proponen abolir al hombre y crear un mundo sin Dios.

Marx acuñó el término “capitalismo” para identificar el orden económico de la Revolución Industrial. La alternativa a ese orden se llamó “Socialismo” que luego generaría dos versiones: el Comunismo de Marx y el fascismo de Hitler y Mussolini. Cabe anotar que la economía anterior al capitalismo ateo y salvaje de la Revolución Industrial no era “capitalismo” sino algo que podemos llamar “economía natural” y que evolucionó de diferentes maneras en distintas culturas. Eso también es algo que merece un análisis profundo pero lo que nos interesa aquí es que por “capitalismo” entenderemos al movimiento surgido del Liberalismo original. El Capitalismo Liberal, el Fascismo y el Comunismo comparten un objetivo básico: construir un orden mundial sin Dios y centrado en las ideas humanas, pero no en el hombre. Los tres buscan eventualmente seducir al individuo en rendir completamente su humanidad al sistema impuesto por la ideología. Para las tres opciones, Dios es un estorbo y la libertad individual del ciudadano es algo que debe ser eliminado.

Así volvemos a la pregunta original con una visión mucho más amplia de lo que estaba pasando en el mundo de posguerra al tiempo que el Peronismo surgiera en 1945.

Da lo mismo saltar de la sartén al fuego que del fuego a la sartén. En ese sentido, desde el punto de vista económico tanto el Peronismo como el Comunismo son destructores del capital natural de la nación y actúan ambos dentro de esa lucha de tres bandos que libran el Capitalismo Liberal, el Fascismo y el Comunismo.

Desde el punto de vista económico entonces, da lo mismo cualquiera de ellos. El Peronismo en su primera versión quiso ser anticapitalista. Como bien lo expresó la marchita de Sciamarella, hablando de Perón: “ese gran argentino que se supo conquistar, a la gran masa del pueblo, combatiendo el capital.”

El Peronismo con tinte de izquierda o de derecha, aún visto en su versión menemista del Capitalismo Liberal, es económicamente un movimiento que centraliza el poder y la administración de la economía. A medida que se centraliza todo y se planifica todo, la eficiencia natural de la economía orgánica se pierde. Si alguien quiere vender una cebolla a cien pesos y el comprador le responde “sólo puedo pagar cinco” y eso resulta en una contraoferta de veinte pesos; al aceptarse esa última oferta las partes han fijado un precio conveniente para los dos. Ahora, cuando una fuerza externa influye en forma negativa o positiva sobre una de las partes de la transacción, se pierde el consenso, alguien queda descontento y eventualmente el producto desaparece en busca de mejores mercados con más libertad. Poco importa si esa fuerza distorsionante es el gobierno, una corporación cuasi-gubernamental, o una mafia comercial.

En la Argentina es el Estado gigantesco e inútil el que lo deforma todo. Mejor sería que el estado se ocupara de mantener una infraestructura completa, una defensa nacional respetable, una justicia confiable y una moneda estable. Sería incluso mejor para ellos. Pero los peronistas y los izquierdistas en general son demasiado obtusos para ver eso. Cuando más planifican, cuando más centralizan, cuando más controlan tanto más se descarría la infraestructura, tanto más se banaliza la justicia y se devalúa la moneda a medida que la confianza desaparece del sistema y se resiente la estructura moral de la nación por falta del oxígeno de la libertad. Y eso resulta en más pobreza e inestabilidad que se trata de gobernar con más controles hasta que la espiral culmina en el caos económico y social. Muchos países han experimentado con estos métodos y parece que la única cura para el delirio populista centralizante es la amarga experiencia.

El Comunismo de la URSS duró 70 años más o menos (lo que viene durando el Peronismo) Si Rusia se hubiera reformado para competir con las grandes potencias agrarias de 1917 (Canadá, Argentina, y los EE.UU.) hubieran sido fácilmente tres veces lo que los EE.UU. llegaron a ser. Fue el Comunismo lo que los frenó — para beneficio de los norteamericanos — y en Argentina fue el populismo del Partido Radical, del “Partido Militar” y del Peronismo que, cada uno a su tiempo y manera, frenaron el brío natural del pueblo argentino, su ingenio, y su deseo de bienestar.

En una palabra le hicieron el cuento al pueblo de que se podía continuar con la Argentina próspera de los conservadores pero sin trabajar. Ahora de eso la gente ni se acuerda. Lo triste es que volver a tener un país próspero como en 1915 es virtualmente imposible y se han desperdiciado tres o cuatro generaciones de talento, capital y trabajo corriendo tras el viento. En esos años los norteamericanos se compraron el mundo mientras los argentinos se la pasaban en la plaza gritando slogans, adulando a un pobre hombre cuya mayor hazaña fue pasar por el colegio militar y poner su carisma al servicio de una causa pensada apresuradamente y condenada al fracaso por la experiencia histórica. Ahora el lector peronista puro me puede insultar si así lo desea pero ésta es la dura y descarnada verdad.

Con peronistas, militares y radicales siempre fuimos para atrás. El populismo (fascista, marxista, capitalista liberal, o del pelaje que sea) nunca le dió de comer a nadie por mucho tiempo. Queda para otro artículo proponer soluciones que, no lo dude nadie, serán dolorosas para todos pero siempre le dolerán más para los pobres, que llevan cien años esperando que alguien les dé algo más que promesas o regalos de ocasión para comprarle sus votos.

Entonces ¿es razonable pensar que la Argentina tenía un destino comunista de la que fue salvada por el Peronismo?  Sinceramente lo dudo y yendo más allá creo que el Peronismo, el Populismo Militar y el Radicalismo comparten la responsabilidad de haber fallado en desarrollar la Argentina a su más alto potencial. Si  pruebas hacen falta no hay mejor prueba que este “salto hacia atrás” que la Argentina ha dado en los últimos cien años, desde los primeros puestos en la economía mundial a ser un país que nadie toma en serio y que ha bajado a la mitad de la escala de las economías del mundo bien por debajo del centésimo puesto, descendiendo un promedio de casi un peldaño por año desde 1915.

Quizás haya llegado la hora de dejar de pensar en falsas opciones. Después de todo “la única verdad es la realidad” y con la realidad no hay ninguneo que valga.

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