¿Qué es la Apologética?

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La apologética católica es la defensa de las enseñanzas, creencias y prácticas de la doctrina de la Iglesia. Su objetivo es responder con plena razón y coherentemente a las objeciones contra la doctrina, explicar temas de difícil comprensión, o rebatir conceptos equivocados, en la esperanza que las mentes y las almas lleguen a aceptar a Jesucristo y así alcanzar la salvación. La apologética busca llegar al corazón del hombre por medio de hacerle comprender las razones de la fe.

La palabra apologética viene del griego άπολογητικός (apologetikós), que se entiende como la defensa formal de una creencia, o un argumento que defiende una proposición filosófica o teológica. En su sentido evangélico se entiende como la exposición de aquellos argumentos que persuaden al incrédulo a creer en Cristo y en las enseñanzas de la Iglesia.

Colosenses 1, 28-29 — A este Cristo anunciamos, aconsejando e instruyendo a todos con el mayor empeño para que todo hombre alcance la perfección cristiana. Esta es la tarea por la que me esfuerzo y combato con denuedo, fortalecido en Cristo que obra poderosamente en mí.

Necesidad de la apologética

Suele encontrarse tanta ignorancia religiosa entre la gente común, que podemos afirmar que muy pocos católicos conocen realmente su fe. Aún entre aquellos que se han educado en instituciones católicas suelen tener un conocimiento superficial y hasta erróneo del catolicismo. Es lamentable comprobar que muchos que han tomado las santas órdenes fallan en enseñar al pueblo sobre cómo defender efectivamente su fe. Así es como por nuestra negligencia la Iglesia sufre la pérdida de tantas almas que caen en la indiferencia, la superstición, el agnosticismo, o bajo el influjo de las sectas.

Si el pueblo católico no conoce bien la doctrina de la Iglesia es porque desconoce sus fundamentos y por eso no puede demostrar coherentemente la integridad de su propia fe. Eso debe cambiar.

1 Pedro 3, 15-16 — Estad siempre listos para presentar la defensa de vuestra fe a cualquiera que quiera saber las razones de la esperanza que mora en vosotros; pero siempre hacedlo con amabilidad y reverencia.

La palabra que aquí se traduce como ‘presentar la defensa” es apologia. Posiblemente el modelo ideal del apologista cristiano es San Pablo. En el Nuevo Testamento vemos que Pablo razonaba con judíos y paganos para hacerles entender la fe cristiana, respondiendo a las objeciones de su auditorio con respuestas razonables.

Hechos 17, 17 — Así que [Pablo] argüía en la sinagoga con los judíos y con los gentiles que temían a Dios, y diariamente en la plaza con los que allí concurrían.

Pablo preparaba a otros para la tarea apologética, explicándoles que debían “demoler los argumentos y todo lo que pretende oponerse al conocimiento de Dios”

2 Corintios 10, 4-5 — Porque las armas de nuestra lucha no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de cosas atrincheradas; para demoler los argumentos y todo lo que pretende oponerse al conocimiento de Dios; poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo.

Sobre esta necesidad de nuestro tiempo, comentan los obispos que produjeron es Documento de Aparecida el 13 de mayo de 2007.

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene porqué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice san Pablo “haciendo la verdad en la caridad” (Efesios 4, 15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.”[1]

Lo primero es conocer nuestra fe

Para defender la fe es necesario conocerla bien. El apologista debe estar familiarizado como mínimo con los textos de las Sagradas Escrituras, el Catecismo de la Iglesia Católica y con las obras de los Padres y Doctores de la Iglesia, el contenido de las principales encíclicas papales, así como también la obra de buenos autores católicos contemporáneos. Gracias a Dios, vivimos en una época en que el acceso a toda esta buena información es cada vez más veloz y abundante, no sólo en forma de materiales impresos sino también materiales audiovisuales, buenos sitios y presentaciones católicas en Internet.

Cuando debamos responder a una objeción en contra de la doctrina católica, tenemos que saber responder ordenadamente. Escojamos como ejemplo la típica y frecuente impugnación al uso de las imágenes en la Iglesia. Normalmente se cita el Antiguo Testamento indicando que las   imágenes están explícitamente prohibidas. No entraremos en los detalles de la respuesta que el lector encontrará en el capítulo titulado Imágenes en esta misma obra, sino que analizaremos los elementos o componentes del argumento que luego nos servirá de guía en la mayoría de las defensas de la fe, a saber: autoridad, modo, contexto histórico y contexto lógico.

  1. Autoridad

Consideremos un punto importante: ¿qué autoridad tiene una persona que critica o niega cualquier doctrina católica usando la Biblia para argumentar en contra de la Iglesia? En realidad esa persona no tiene autoridad alguna, pues está usando un libro católico que la Iglesia ha compuesto y autorizado y santificado en varios concilios antiguos. Esa persona, que se ha arrogado el derecho de interpretar algo que no conoce bien, se planta fuera de la tradición eclesial y trata de volver el sentido de las Escrituras en contra de la Iglesia. Eso es exactamente lo que hace Satanás cuando tienta a Cristo usando capciosamente lo escrito en el Antiguo Testamento. Nótese cómo difiere el uso de las Sagradas Escrituras que hacen tanto Jesús, como el enemigo.

Mateo 4, 1-11 — Luego el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo tentara. Estuvo cuarenta días y cuarenta noches sin comer, y después sintió hambre. El diablo se acercó entonces a Jesús para ponerlo a prueba, y le dijo: “Si de veras eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes.” Pero Jesús le contestó: “La Escritura dice: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que salga de los labios de Dios.” Luego el diablo lo llevó a la santa ciudad de Jerusalén, lo subió a la parte más alta del templo y le dijo: “Si de veras eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque la Escritura dice: ‘Dios mandará que sus ángeles te cuiden. Te levantarán con sus manos, para que no tropieces con piedra alguna.’ Jesús le contestó: “También dice la Escritura: ‘No pongas a prueba al Señor tu Dios.’” Finalmente el diablo lo llevó a un cerro muy alto, y mostrándole todos los países del mundo y la grandeza de ellos, le dijo: “Yo te daré todo esto, si te arrodillas y me adoras.” Jesús le contestó: “Vete, Satanás, porque la Escritura dice: ‘Adora al Señor tu Dios, y sírvele sólo a él.’” Entonces el diablo se apartó de Jesús, y unos ángeles acudieron a servirle.

Esta persona que contiende con la doctrina cristiana mal usando su Biblia, implícitamente está afirmando que los cristianos de veinte siglos se han equivocado y que aquí está él para corregir el error. Esta actitud tan severa de parte del crítico, se opone a la obra de la comunidad cristiana de las edades como si nada importara sino su propia opinión. La suya es una interpretación apresurada de algo que ya ha sido considerado muchas veces por la Iglesia a través de los siglos.

  1. Modo

En general el modo de interpretación de quienes critican la doctrina católica es frecuentemente absoluto y literalista. Como siempre ocurre con esas objeciones a la práctica milenaria de la fe cristiana, se reduce el sentido de las Escrituras a la literalidad que conviene al argumento herético. Para ser válida, esa construcción debería ser consistente, es decir, debería estar de acuerdo y ser coherente con toda la Escritura y consigo misma.

Tomemos el argumento común en contra del uso de imágenes que a menudo aparece entre los críticos protestantes de la Iglesia Católica que citan el tercer mandamiento:

Deuteronomio 5, 8-9 — No te harás ningún ídolo ni imagen tallada de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en el mar debajo de la tierra. No te inclinarás delante de ellos ni les rendirás culto, porque Yo Soy El Señor tu Dios, Dios celoso que castiga la maldad de los padres que me odian, en la primera, segunda y tercera generación.

A primera vista pareciera que el crítico tiene razón en objetar el uso de imágenes en la Iglesia. Entonces — si cabe el argumento literalista — tal forma o modo adverso debería ser aplicado consistentemente a todas las Escrituras y especialmente a las palabras de Cristo.

Mateo 18, 9 — “Y si tu ojo te hace tropezar, arráncalo y échalo de ti …”

Lucas 14, 27 — “Y el que no lleva su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.”

Lucas 9, 60 — Jesús le dijo: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios.”

Si tomamos estas palabras usando un modo consistente de interpretación literal habría muchos fieles sin ojos, no habría cementerios cristianos, y deberíamos arrastrar una cruz romana el día entero para ser seguidores de Cristo. Obviamente estas palabras fueron dichas para una comunidad que maneja diestramente y conoce, los símbolos que Cristo emplea para comunicarse: la cruz es la entrega y el sufrimiento cristianos; el arrancarse un miembro es el renunciamiento al deseo de los placeres ilícitos; las personas que no siguen a Cristo están espiritualmente muertas, etc. La comunidad o iglesia comparte con Cristo (y con los creyentes del pasado a través de la Sagrada Tradición) un lenguaje, una forma de entender las cosas y no meramente un libro de instrucciones que cualquiera puede interpretar a su manera.

Este problema de contradicción entre consistencia y literalidad se evidencia muy prontamente entre los cristianos protestantes cuando se considera el verso eucarístico:

Juan 6, 53 — Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.”

El crítico entonces cambia de modo interpretativo aquí. Desaparece su literalidad y ahora nos dice que Cristo debe estar hablando de modo simbólico. El problema con esta inconsistencia, es que el intérprete debe erigirse en juez absoluto de cómo entender la Biblia y al hacerlo, es tentado hábilmente para ponerse en el lugar de Dios y de la Iglesia; esa Iglesia que Cristo estableció para Su propósito y la cual El le dio la autoridad de interpretar y sancionar las reglas de vida de la comunidad.

  1. Contexto Histórico

Tanto para nuestros ancestros en la fe, los hebreos, como para nosotros la Ley escrita es “un ayo que nos conduce a Cristo” (Gálatas 3, 24) y no un amo inflexible que nos limita a la letra estricta. La ley escrita de Dios, la Sagrada Escritura es “útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3, 16) pero no contiene todo lo que la comunidad de creyentes practica y vive. En eso la comunidad misma practica o “guarda” la doctrina de la fe: “si me retraso, sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad.” (1 Timoteo 3, 15)

Nunca en la vida de Israel, ni luego en la vida de la Iglesia, se redujo la práctica comunitaria a lo que dice un libro, sino a la comunidad de los sabios de Israel que “atan y desatan” en forma colegiada, razonando la Ley a la luz de su experiencia viva como pueblo. Ambas cosas, lo escrito y lo vivido deben ser consistentes y no pueden ser contradictorios. Sin embargo la Ley no contiene cada detalle litúrgico, legal, o práctico. Para determinar esas cosas entre los hebreos hay una “cátedra” o silla de Moisés.

Reflexionemos cuidadosamente en estas palabras de Cristo:

Mateo 23, 2-4 — “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.”

Cristo claramente apunta a las buenas instrucciones que emanan de los sabios que estudian la Ley pero nos recuerda que ellos son humanos y aunque sus instrucciones son guiadas por la Ley, su forma de vida no siempre refleja la sabiduría de Dios. Con esto Cristo nos recuerda que la Ley opera en el contexto del pecado original del cual nadie puede escapar. Somos naturalmente jueces injustos y la perfección personal no nos pertenece. Lo que sí podemos hacer es vivir en comunidad y guardar la Ley entre todos. Eso fue el pueblo de Israel, un “pueblo santo” apartado para Dios por la Ley.

La Iglesia, que es heredera de esa misión es también una comunidad “santa” porque está apartada para el servicio de Dios y guarda en ella las cosas que Dios ha santificado: las Sagradas Escrituras, la Liturgia, la Sagrada Tradición. Esas cosas son demasiado grandes como para confiarlas a la interpretación de un hombre solo leyendo la Ley. Si han existido grupos insolentes que fueron tentados a violar la ley de Dios con interpretaciones torcidas,[2] entonces debemos entender que es imposible que un individuo pueda llegar a construir la religión de la verdad interpretando la Palabra de Dios en forma personal. Es la Iglesia sometida a Dios, la comunidad de los fieles, la que guardará como “columna y baluarte” la práctica de la verdad recibida.

  1. Contexto Lógico

Por ejemplo: ni los judíos ni los cristianos jamás se guiaron exclusivamente por lo escrito para determinar la liturgia. Los hebreos guardaron aparte los detalles de las celebraciones levíticas, las cuales están expresadas en la Biblia solamente en forma de bosquejo. Es imposible reconstruir el deber litúrgico hebreo a partir de la Ley Mosaica. Tomemos por ejemplo la importantísima celebración del Día del Perdón:

¿Cual es el trabajo de cada sacerdote en el Día del Perdón? ¿Cuántos de ellos participan? ¿Dónde se paran? ¿Qué cantan? ¿Cómo se visten? Hay algunos detalles en el Antiguo Testamento pero lo cierto es que si tenemos que reconstruir todo eso usando solamente la Biblia estamos en un aprieto porque no hay suficiente información. Se puede tratar de razonar pobremente cualquier cosa usando lo que está expresado en las Escrituras pero eso no será más que una hilera de suposiciones en la que nos podremos equivocar a cada paso, como gravemente se equivocan los que desde fuera de la Iglesia tratan de volver a crear la práctica del cristianismo usando solamente la Biblia.

El cristianismo no es un libro, es una forma de vida. No existe un libro de mi padre que me diga específicamente como ser su hijo, o como ser un buen argentino, mexicano, cubano, etc. Tampoco hay un libro que contenga todo lo que un cristiano debe ser y cómo se ha de conformar en detalle la comunidad. Para una y otra cosa está la vida familiar, allí donde aprendemos a comportarnos como corresponde al contexto familiar, comunitario, eclesial, etc. Citamos nuevamente a San Pablo:

1 Timoteo 3,15 — “si me retraso, sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad.”

La Santa Tradición de la Iglesia es equivalente a la vida familiar de los cristianos donde cada generación aprende de los fieles de la generación precedente, porque conviven en la Iglesia guardada por Dios tal como El lo prometió. De otro modo, no hay manera de tener una Iglesia y se termina generando divisiones; cada uno con su “interpretación” terminal y absoluta, cada uno actuando como su propio papa o como su propio dios. Todos trabajando en su propia destrucción espiritual y en la destrucción de otras almas que arrastran al error con ellos. Por eso es necesario defender la fe con conocimiento de la verdad, presentando la evidencia razonable que fundamenta la doctrina católica y preparando el camino a la conversión, apelando al intelecto y al sentido común del individuo.

Misión del apologista

¿Cómo se debe encarar la apologética? Es bueno tener en cuenta que lo que debe ser demostrado no es la inteligencia o la brillantez del apologista sino la “Buena Nueva” que nos invita a entrar en una relación salvífica con Dios por medio de Jesucristo en la plenitud de la fe que solamente la Iglesia Católica puede ofrecer. Todo el esfuerzo apologético debe ser orientado a la conversión, aún en el caso de los más acérrimos oponentes.

La apologética tiene sus límites. No puede por sí misma demostrar la totalidad de la fe católica por persuasivos que sean sus argumentos. La fe es un regalo de Dios y solamente Dios sabe cuándo es el momento para la conversión de un alma. Tener eso en mente nos permite respetar la dignidad y el libre albedrío de cada persona.

Ganar una discusión de manera ofensiva o tajante puede resultar en la pérdida del alma, una falta por la que tendremos que responder algún día. Las almas son impulsadas a la salvación por el Espíritu Santo. Los argumentos son meramente un medio que sirve al noble fin de acercar el alma a la acción del Espíritu junto con la oración y la reflexión.

Primera misión: anunciar la Buena Nueva

Lo primero es anunciar la Buena Nueva, hacer saber a la gente que Dios es bueno y benefactor, y desea que todo hombre se beneficie de conocerle. Es en ese momento que surgen en el incrédulo las objeciones intelectuales al llamado del Evangelio. Cuando razonamos con esa persona, vamos eliminando los obstáculos que la separan de ser creyentes. Así, a medida que el apologista va respondiendo a sus objeciones, va quedando sin excusas delante de Dios.

1 Corintios 12, 3 — Nadie tampoco puede decir: ‘¡Jesús es el Señor!’ si no está hablando por el poder del Espíritu Santo.

Segunda misión: preparar el camino para la acción del Espíritu Santo

A medida que eliminamos las objeciones, preparamos el camino para que actúe el Espíritu Santo. Frecuentemente nuestros esfuerzos son el medio elegido por Dios para interesar al incrédulo en el Evangelio. Muchos conversos dan testimonio de haber escuchado o leído las palabras de un apologista, cuando una luz interior les convenció de que estaban escuchando la verdad.

Como un agricultor separa y limpia la maleza antes de sembrar la buena tierra, así el apologista prepara el terreno. El agricultor no puede hacer crecer el fruto de la tierra, pero crea las condiciones para que la semilla plantada crezca y prospere según la fuerza natural que Dios pone en ella.

1 Corintios 3, 6-9 — Yo planté, Apolos regó; pero es Dios quien lo ha hecho crecer. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. El que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.

Tercera misión: afirmar a los creyentes en la fe

Prepararse para defender la fe nos prepara para dar testimonio de Cristo y nos protege de las engañosas y siempre cambiantes proposiciones del mundo. Como ha dicho San Pablo:

Colosenses 2, 8 — “Vean que nadie os lleve cautivos mediante filosofías vanas y engañosas que se apoyan en tradiciones humanas y los principios de este mundo, pero no en Cristo.”

Es evidente que el espíritu de la modernidad está en completa oposición a los planes de Dios. Los católicos son a menudo difamados en los medios de comunicación, que los presenta como ignorantes, retrógrados, que creen en doctrinas obsoletas que impiden el progreso humano.

En estos tiempos la apologética nos ayuda a reforzar y confirmar a los creyentes en su fe para que su testimonio sea claro y razonable

Hechos 19, 8 — Durante tres meses, Pablo estuvo yendo a la sinagoga, donde anunciaba el mensaje sin ningún temor, y hablaba y trataba de convencer a la gente acerca del reino de Dios.

Questiones Disputatae de Veritate 14, X, 9 — “La fe no destruye la razón sino que va más allá y la perfecciona …” Sto. Tomás de Aquino

No debemos temer los argumentos presuntamente intelectuales de quienes se oponen a la fe. Nuestro Dios no es imaginario, es el Dios vivo y no es posible probar que El es falso. Nuestra defensa del catolicismo debe ser tal que sirva para fortalecer y formar a otros cristianos, para que ellos sepan distinguir la verdad y el error, afirmándose cada vez más en la fe.

Cuarta misión: refutar argumentos agresivos

Dijimos que los ataques a la fe católica son frecuentes, por lo tanto es imperativo que nuestra conducta sea irreprochable y coherente con nuestra prédica y doctrina.

1 Pedro 2, 12 — Que vuestra conducta entre los paganos sea sin mácula, para que cuando os acusen de hacer el mal, puedan ver vuestras buenas obras y glorifiquen a Dios.

Cuando debamos enfrentarnos a la difamación de la fe, debemos estar preparados y ser diestros en investigar y encontrar información que demuestre la falsedad de esos ataques.

Es una desgracia frecuente de nuestros días que se acuse a los que siguen fielmente a Cristo por la mala conducta de algunos que siguen a Judas. Hemos sido proféticamente advertidos:

2 Pedro 2, 2-3 — Muchos los seguirán en su vida viciosa, y por causa de ellos se hablará mal del camino de la verdad. En su ambición de dinero, os explotarán con falsas enseñanzas; pero la condenación les espera a ellos sin remedio, pues desde hace mucho tiempo están sentenciados.

Es importante saber explicar los errores humanos de manera que en nuestro empeño por defender lo católico, no terminemos defendiendo el error.

Los apóstoles no dudaron en describir la conducta de Judas en toda su vergonzante fealdad. Le debemos lealtad a Dios ante todo.

Juan 12, 4-6 —Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue vendido este perfume por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella.

El apologista debe entonces formar su intelecto con diligencia y cuidadosamente para que su trabajo glorifique a Dios. El nos ha dado una medida de capacidad intelectual y lo mejor que podemos hacer es usarla bien para ayudar a los que están perdidos y desean volver a Dios.

La apologética, tarea de redención

En su encíclica Redemptoris Missio, Juan Pablo II resumió perfectamente la tarea que está puesta delante de nosotros:

Redemptoris Missio, 3 — “¡Pueblos todos, abrid las puertas a Cristo! Su Evangelio no resta nada a la libertad humana, al debido respeto de las culturas, a cuanto hay de bueno en cada religión. Al acoger a Cristo, os abrís a la Palabra definitiva de Dios, a aquel en quien Dios se ha dado a conocer plenamente y a quien el mismo Dios nos ha indicado como camino para llegar hasta él.

El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la urgencia de la misión.

Por otra parte, nuestra época ofrece en este campo nuevas ocasiones a la Iglesia: la caída de ideologías y sistemas políticos opresores; la apertura de fronteras y la configuración de un mundo más unido, merced al incremento de los medios de comunicación; el afianzarse en los pueblos los valores evangélicos que Jesús encarnó en su vida (paz, justicia, fraternidad, dedicación a los más necesitados); un tipo de desarrollo económico y técnico falto de alma que, no obstante, apremia a buscar la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el sentido de la vida.

Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad más preparada para la siembra evangélica. Preveo que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos.”

La urgencia de esta misión no puede ser minimizada. El cristiano de hoy está llamado a actuar tal como lo hicieron los cristianos de los primeros siglos. Nos toca a nosotros ser una vez más la sal de la tierra y dar vida con el Evangelio a un mundo moribundo y a una cultura que ha perdido el rumbo y se acerca peligrosamente al abismo de la extinción. La apologética es la herramienta fundamental de esta nueva evangelización del mundo.


[1] Documento Conclusivo, V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, dado el 13 de mayo de 2007 en Aparecida, São Paulo, Brasil.

[2] Como ocurrió con los escribas saduceos y fariseos, quienes llegaron a oponer su interpretación de la Ley a Cristo mismo, cometiendo así el peor crimen de la historia.

 

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