¿Qué es la fe?

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El río Jordán, en Tierra Santa

 

El Catecismo de la Iglesia Católica define la fe como “una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de Sí mismo mediante sus obras y sus palabras.”[1]

Muchos confunden la fe con la credulidad de los simples. Sin embargo, la fe es una convicción interior, enraizada en la verdad. La fe auténtica enriquece a la razón y no se opone al genuino conocimiento de la verdad.

La palabra hebrea que se traduce a nuestro idioma como “fe” es אֲמָנָה (emuná) que se puede entender como “práctica” y está relacionada con la raíz semántica para “artesano” (umán) que es alguien “práctico” o tiene “una práctica” confianza, habilidad, o dominio de cierto oficio, o la firmeza del pulso. Se entiende que la fe no es mera creencia sino también una práctica afirmada en un modo de vida.

Exodo 17, 12 — Pero las manos de Moisés se le cansaban. Entonces tomaron una piedra y la pusieron debajo de él, y se sentó en ella; y Aarón y Hur le sostenían las manos, uno de un lado y otro del otro. Así estuvieron sus manos firmes hasta que se puso el sol.

La palabra original no está relacionada para nada con la credulidad. Desde sus comienzos en el Antiguo Testamento, la fe no se entiende simplemente como la subordinación o supresión de la razón a la credulidad, sino como una gracia o regalo de Dios que el hombre puede aumentar y enriquecer con la práctica constante; algo que Dios mismo puede hacer crecer en el hombre.

Como los metales preciosos, la fe es templada y fortalecida al librarse de la escoria o impureza en el crisol de las pruebas, cuando se sacrifican cosas con el objeto de lograr su perfección. La mayor cosa que un ser humano puede sacrificar es su propia vida, por eso el martirio de los santos es el ejemplo perfecto de la fe en Dios.

¿Cómo se diferencia la fe de la mera creencia en algo? La fe llega a formar parte de la misma persona, transformándola y guiando sus acciones en la vida. Sin embargo la certeza de la existencia de Dios, por ejemplo, no necesariamente implica que tengamos la fe que guía y enriquece el alma como bien lo explica Santiago:

Santiago 2, 19 — “Crees que existe un solo Dios. ¡Haces bien! Pero hasta los demonios creen en El y tiemblan de miedo.”

La fe es razonable

El estudio y la contemplación fortalecen la fe. El razonamiento permite que el hombre vislumbre la existencia de aquellas cosas que trascienden la razón.

Racionalistas y agnósticos modernos atacan la fe por considerarla opuesta a la razón. Francis William Newman afirma:

“[San] Pablo se conformó con cierta clase de evidencia de la resurrección de Jesús que queda muy corta ante las demandas de la lógica moderna, es absurdo que creamos simplemente porque ellos creyeron.”[2]

La afirmación de este autor coincide con otras que se hacen frecuentemente. La usaremos como ejemplo para mostrar cómo se puede fortalecer la fe por medio de la razón.

Para el creyente, las verdades de la fe no pueden estar en conflicto o ser opuestas a la razón que Dios mismo nos dio para discernir nuestro camino en la vida. Esa misma razón está limitada a observar y aprender del mundo natural hasta donde alcanzan los sentidos humanos. Por ejemplo, los grandes pensadores de la antigüedad no estaban informados de la existencia de cosas como las ondas hertzianas, el átomo, las células, o la velocidad de la luz. Esos fenómenos están más allá de los sentidos naturales y es posible apreciarlos solamente por medio de tecnologías modernas de detección y medición que los hacen visibles. Hoy la humanidad sabe por experiencia que nuestra visión actual de la realidad no es completa, aunque ésta llegue hoy mucho más allá de lo que Aristóteles o Platón podían observar en su tiempo.

Las palabras de Francis William Newman no son completamente irrazonables. La Iglesia no cree que Cristo resucitó simplemente porque algunos contemporáneos de Jesús creyeron. Entonces surge la pregunta: ¿por qué cree la Iglesia? Un análisis franco de la información histórica nos ayudará. Razonemos analizando la información que tenemos, sin necesidad de credulidad alguna.

El testimonio vivo de la Resurrección

De los doce apóstoles de Cristo enumerados en el Nuevo Testamento, todos fueron testigos de la resurrección del Señor. De una lectura cuidadosa de los Evangelios se puede deducir que la mayoría de ellos — de hecho todos con excepción de San Juan — se portaron cobardemente y abandonaron a Cristo al tiempo del Calvario. Paradójicamente esto nos ayuda a probar lógicamente que la Resurrección no fue un invento piadoso de los discípulos, como analizaremos a continuación.

Mateo 26:56 — Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.

La candidez de los evangelistas en este sentido es muy llamativa y casi sin paralelo en los textos antiguos fuera del registo bíblico. Si hubieran sido individuos mentirosos tratando de engañar a los crédulos, su propia cobardía sería lo último que hubieran querido recordar en sus escritos. Así es la naturaleza humana. Es notable que ellos revelaran su propia incredulidad, tal como lo atestigua uno de los mismos que abandonaron a Cristo a la hora del Calvario, San Mateo:

Mateo 28, 16-17 — Pero los once discípulos se fueron a Galilea, donde Jesús les había señalado. Cuando le vieron, le adoraron; mas algunos dudaron.

Los Evangelios declaran que casi todos los discípulos cercanos a Jesús fallaron a la hora de probar su fe. Eso no era emuná, la práctica fiel, la confianza en Dios que judíos como ellos entendían como fe firme y auténtica.

Esos hombres comprensiblemente acobardados ante los terribles acontecimientos del Calvario, no parecen ser los más preparados para ser los dirigentes de una nueva religión destinada a conquistar el mundo greco-romano en unas cuantas décadas ¿verdad? Y sin embargo, lo hicieron. Para el tercer siglo, Roma no era ya la misma Roma de Tiberio o Nerón, era la Roma de San Ambrosio y San Agustín. El paganismo agonizaba mientras el cristianismo conquistaba Europa sin generales ni ejércitos.

¿A qué se debe semejante triunfo, entonces? Por cierto no es el resultado de la astucia de Pedro y sus sucesores. Los Evangelios muestran a las claras las falencias de sus primeros líderes. En realidad, la única explicación lógica es que estos mismos individuos que eran lentos en entender el sentido de las enseñanzas de Cristo; esos mismos que huyeron acobardados dejando a su Rabbí solo y abandonado en el Calvario, esos mismos fueron los que evangelizaron Europa y Asia en apenas unas décadas, dando la más acabada prueba de fe: el martirio.

Once de los doce apóstoles murieron una muerte violenta. Si su creencia hubiera sido la simple credulidad de los tontos, o si su Evangelio hubiera sido un vulgar invento sectario … nunca hubieran podido lograr lo que obviamente lograron: el Imperio Romano ya no es, pero la Iglesia Católica lleva ya veinte siglos asentada en la misma colina donde San Pedro fue martirizado.

Ese hecho histórico sin paralelo solamente puede explicarse de manera sobrenatural: esos hombres fueron realmente testigos de la Resurrección y esa experiencia los impulsó a llevar el Evangelio al mundo.

Para estos judíos seguidores de Jesús, la práctica de su emuná se apoyaba sobre una experiencia colectiva, que los llevó desde su cobardía original a una fe tan bien templada que les permitió enfrentar la muerte sin hesitar. ¡Esa experiencia colectiva no puede ser otra que la Resurrección de la que dieron testimonio por todo el Imperio Romano y aún más allá!

La Iglesia no cree en la Resurrección “simplemente porque ellos creyeron” sino porque la experiencia colectiva de la fe ha ido pasando de generación en generación, algo que también tiene mucho de milagroso en sí mismo. Para quienes desean examinar la historia de cerca, las pruebas están a la vista. La creencia de la Iglesia no se “queda muy corta ante las demandas de la lógica moderna” como dice F. W. Newman. En realidad la lógica más estricta y hasta el simple sentido común revelan que aquí ocurre algo sobrenatural. Esta lógica tiene apoyo en algo imposible de negar: la Iglesia Católica Apostólica Romana está ahí después de la caída de los césares, como un elemento que simplemente no se puede ignorar. Sobre esa base descansa todo edificio de la fe.

Contra Epistolam Fundamenti, V, 6 — “Ego vero Evangelio non crederem, nisi me Catholicae Ecclesiae commoveret auctoritas” que se traduce: “No creería que es cierto el Evangelio si la autoridad de la Iglesia Católica no me obligara a creer.” San Agustín de Hipona (354-386).

La expansión del cristianismo en el Imperio Romano, a pesar de las brutales persecuciones es otra prueba en contra de la afirmación de Francis William Newman. San Pablo nos ayuda a ver mejor la naturaleza de este milagro:

2 Corintios 4, 11-15 — Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.   De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida. Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos, sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros. Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros, para que abundando la gracia por medio de muchos, la acción de gracias sobreabunde para gloria de Dios.

Basta imaginarse el primer día de la predicación de San Pablo: delante de él, el vasto Imperio Romano lleno de paganos que creían en los más diversos dioses. Y ahora le tocaba a él ser el primer enviado de Cristo a esas naciones con un mensaje muy poco atractivo; con un pobrísimo marketing, diríamos hoy en día.

Pablo debía primeramente anunciar al paganismo que Dios se había encarnado en un judío que fue condenado por su propio pueblo, ejecutado como un sedicioso por el procónsul de una lejana y oscura provincia romana y luego ¡fue resucitado! Ahora sus seguidores, mayormente judíos, piden a esos paganos que se unan a la nueva religión, que ofendan a César negándose a adorarlo y se dispongan a morir en la arena del Circo Máximo con toda su familia. Admitamos que idea de salir al mundo con semejante propuesta religiosa es a todas luces absurda.

Y sin embargo el cristianismo no dejó de crecer en número e influencia.

Es posible admitir la credulidad de algunos simples, pero la evangelización del Imperio Romano es un milagro que cualquiera puede comprobar leyendo un poco de historia y usando el sentido común. Obviamente algo sobrenatural impulsó a San Pablo y a los primeros cristianos a perseverar hasta el fin, superando los más amargos sacrificios y persecuciones. Eso no fue ni es credulidad; la conversión del Imperio Romano es el resultado de la fe de los primeros cristianos, algunos de los cuales eran testigos presenciales de la Resurrección.

Los límites del conocimiento

Hay cosas de la fe que no se pueden ver, tocar, o conocer. Un ser humano no puede traer a Dios a un laboratorio para pesarlo, medirlo, o examinarlo. Eso lleva a algunos agnósticos a negar lo que no pueden confirmar con sus propios sentidos materiales. Convengamos que si Dios es el creador del universo debe ser por fuerza algo tan fuera de la experiencia humana que no se lo puede someter a experimentos de laboratorio o exigirle que deje de esconderse y se presente a hacer una conferencia de prensa.

En realidad esa es la manera equivocada de enfrentar el problema. Es obvio que el conocimiento humano tiene límites. No conocemos todavía en forma completa la extensión y complejidad del universo material, mucho menos podemos aventurar juicios sobre lo que está más allá de nuestro entorno natural.

El conocimiento humano es limitado pero aunque no conozcamos algo en forma completa —como es el caso con el universo material— podemos tener un conocimiento parcial pero respetable de ciertas cosas. Es posible que haya cosas que no se puedan demostrar simplemente — como por ejemplo el comportamiento de una estrella supernova que se encuentra a millones de años luz — pero aún con nuestras limitaciones podemos prudentemente inferir muchos aspectos de lo que conocemos parcialmente a la distancia.

Catecismo de la Iglesia Católica §279 — “En el principio, Dios creó el cielo y la tierra” (Génesis 1,1). Con estas palabras solemnes comienza la Sagrada Escritura. El Símbolo de la fe las recoge confesando a Dios Padre Todopoderoso como “el Creador del cielo y de la tierra”, “de todo lo visible y lo invisible”. Hablaremos, pues, primero del Creador, luego de su creación, finalmente de la caída del pecado de la que Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a levantarnos.

Sin ser un tratado de ciencias las Escrituras resumen el misterio de la creación así: “En el principio” o sea tiempo, “Dios hizo los cielos” o sea el espacio “y la tierra” que es la materia. En esa breve primera frase, se expone al entendimiento humano que toda la creación es tiempo, espacio y materia. Eso es algo que la humanidad ha entendido mejor desde principios del siglo XX con los descubrimientos de Einstein, Lemaître y de otros hombres de ciencia. Estos científicos han logrado penetrar en los orígenes del tiempo-espacio-materia-energía usando los avances tecnológicos de su tiempo y verificando su validez por medio de la matemática. Sin embargo, el conocimiento necesario para el bien del hombre ha estado siempre al alcance de todo ser humano, como lo expresa San Pablo:

Romanos 1, 19-20 — Lo que se puede conocer acerca de Dios es evidente a los hombres, pues El mismo lo ha revelado. Porque desde la creación del mundo en adelante las cualidades invisibles de Dios a saber, su eterno poder y su divinidad, se perciben claramente a través de lo que El creó, de modo que nadie tiene excusa.

Y también los Salmos:

Salmo 19, 1 — Los cielos declaran la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos.

Y el autor de la Sabiduría afirma la necedad de quienes contemplan la creación de Dios pero no aciertan a descubrir al Hacedor.

Sabiduría 13, 1 — Sí, son naturalmente necios los que no conocen a Dios, y aquellos que habiendo visto el bien no son capaces de descubrir quién es El. Ellos, habiendo contemplado la obra de Dios, no han sabido reconocer al Creador.

El materialismo ateo no puede o se rehúsa a reconocer la existencia de algo que trasciende los límites de lo natural y por propia definición no puede ser contenido o comprendido por la naturaleza. El hombre, siendo esencialmente finito no puede asimilar lo infinito. Es por eso que el materialismo rechaza el concepto de la fe, de lo trascendente y lo sobrenatural. Así se da esta absurda situación: hombres que admiten no conocer el universo material en su totalidad, declaran que nada existe fuera de esa totalidad la cual solamente conocen en forma parcial.

La fe ensancha los horizontes de la razón

El hombre que ha recibido la fe, sabe que el universo material no es el total de la creación de Dios. ¿Cómo llega a esa conclusión? Lo hace por medio de la Revelación Divina. Antes encontramos evidencia de una intervención divina al analizar lógicamente los primeros siglos del cristianismo; o al ver como tiempo, espacio y materia son enunciados en la historia sagrada de la creación. De la misma manera, a medida que el hombre de fe avanza en el conocimiento de la Revelación Divina, gradualmente llega a ver la huella de Dios en la historia humana y en su propia vida.

Por lo que hemos visto, la fe y la razón no son cosas opuestas, tampoco son cosas desconectadas sino que se sirven una a la otra, para que el hombre pueda avanzar en el conocimiento de una única verdad, a la que se accede parcialmente desde la razón y con más amplitud y precisión desde la fe. Esa verdad última es Dios mismo.

Encíclica Fides et Ratio. Preámbulo — La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Exodo 33, 18; Salmos 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Juan 14, 8; 1 Juan 3, 2).

Cuando estudiamos las Sagradas Escrituras y la Sagrada Tradición, gradualmente llegamos a contemplar un orden. Dios nos presenta contrapuntos, analogías, parábolas y otros signos. La coherencia de esos signos a lo largo de la historia sagrada, da testimonio del misterioso plan divino para la humanidad. Con frecuencia esos misterios presentan varios niveles de comprensión pero en sí mismos sirven para impulsarnos a usar nuestra razón en conjunto con la fe. Eso resulta en un creciente conocimiento de Dios mismo y en un ensanchamiento y perfeccionamiento de la razón. Como Dios es infinito y no podremos nunca conocerlo plenamente, esa profundización continuará eternamente.

Salmo 1, 1-3 — Bendito es el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores ni cultiva la amistad de los blasfemos, sino que en la Ley del Señor se deleita, y día y noche medita en ella. Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan. ¡Todo cuanto hace prospera!

Apocalipsis 22, 1-2 — Luego el ángel me mostró un río de agua de vida, claro como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, y corría por el centro de la calle principal de la ciudad. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas al año, una por mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones.

Cuando se argumenta sobre la fe y su relación con la razón humana, frecuentemente se olvida este aspecto. La fe auténtica no solo ensancha la razón, también mejora la calidad de nuestra vida. Si el mero conocimiento ayuda al hombre, la sabiduría que brota de la unión de fe y razón le da vida al creyente que persevera en ella.


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, §176.

[2] Francis Newman, en su obra Phases of Faith, p. 186 citado en el artículo “Faith” publicado en New Advent, enciclopedia católica disponible en Internet.

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