Indulgencias

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Muchas de las acusaciones que se hacen en contra de la Iglesia Católica tienen como objetivo la práctica de las indulgencias. Estas objeciones suelen hacerse sin un conocimiento adecuado de lo que las indulgencias realmente son. Por eso es bueno tener en mente la definición técnica de lo que es una indulgencia. Una vez entendido el término y lo que significa podremos defender esta hermosa gracia de Dios con mayor claridad.

Encíclica Indulgentiarum Doctrina, Norma 1 — “Una indulgencia es una remisión ante Dios, de la pena temporal debida por pecados cuya culpa ya ha sido perdonada, que el fiel cristiano debidamente dispuesto obtiene bajo ciertas condiciones definidas a través de la ayuda de la Iglesia, cuando ésta, como ministro de la Redención, dispensa y aplica con autoridad el tesoro de satisfacciones ganado por Cristo y los santos.”

Catecismo de la Iglesia Católica, 1032 —“Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. Denzinger-Schönmetzer 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. […] La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos.

San Juan Crisóstomo, Homilía en 1 Corintios 41: 5 — Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su Padre (cf. Job 1: 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos.”

Las indulgencias forman parte del tesoro de misericordia dado a la Iglesia

Quienes alegan que las indulgencias ya no son parte de la enseñanza de la Iglesia lo hacen con la intención de distanciarse de ciertos abusos del pasado que dieron lugar a la Reforma Protestante. Pese a lo que esas personas pudieran pensar o decir, la afirmación de que las indulgencias no forman parte de la enseñanza actual de la Iglesia, es falsa.

Catecismo de la Iglesia Católica 1478 — “Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concebido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados.”

En esto la intención de la Iglesia es impulsar al cristiano a las obras piadosas y a la práctica de la caridad. Se puede definir la indulgencia como “la gracia que recibimos cuando la Iglesia disminuye la pena temporal a la que pudiéramos estar sujetos aunque nuestros pecados hayan sido perdonados.”

Isaías 1: 18 — “Venid, pues, y disputemos” — dice Yahveh — ”Así fueren vuestros pecados como la grana, quedarán blancos como la nieve. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán”.

Salmo 51: 4-9 — Lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame… Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame, y quedaré más blanco que la nieve.

Para entender la idea de la indulgencia es necesario entender la culpa por el pecado y el poder y voluntad que Dios tiene de limpiarla y hacerla desaparecer para alivio del alma humana en quienes humildemente se someten al imperio divino.

Isaías 13: 11 — Pasaré revista al orbe por su malicia y a los malvados por su culpa. Haré cesar la arrogancia de los insolentes, y la soberbia de los desmandados humillaré.

Eclesiastés 12: 14 — Porque toda obra la emplazará Dios a juicio, también todo lo oculto, a ver si es bueno o malo.

No sólo incurrimos en culpa, sino también en la pena de castigo cuando pecamos. El juicio atañe incluso a las cosas más pequeñas. El castigo es la justa compensación que se debe a Dios por haber ofendido su infinita santidad y majestad con nuestra desobediencia. La Biblia enseña que algunos castigos son eternos, durando para siempre, pero otros son temporales, durando sólo un tiempo.

Daniel 12: 2 — Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno.

Este pasaje nos enseña que existe el castigo eterno por las faltas irredentas de los pecadores.

Génesis 3: 16-19 — A la mujer le dijo: “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará.” Al hombre le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás.”

Dios castiga a Adán y a Eva por su desobediencia pero la duración de este castigo es limitada al tiempo de sus vidas terrestres.

Números 12: 10-15 — Apenas la nube se retiró de encima de la Carpa, Miriam se cubrió de lepra, quedando blanca como la nieve. Cuando Aarón se volvió hacia ella y vio que estaba leprosa, dijo a Moisés: “Por favor, señor, no hagas pesar sobre nosotros el pecado que hemos cometido por necedad. No permitas que ella sea como el aborto, que al salir del seno materno ya tiene consumida la mitad de su carne” Moisés invocó al Señor, diciendo: “¡Te ruego, Dios, que la cures!” Pero el Señor le respondió: “Si su padre la hubiera escupido en la cara, ¿no tendría que soportar ese oprobio durante siete días? Que esté confinada fuera del campamento durante siete días, y al cabo de ellos vuelva a ser admitida.” Así Miriam quedó confinada fuera del campamento durante siete días, y el pueblo no reanudó la marcha hasta que fue admitida de nuevo.

Cuando Miriam se rebela, Moisés le pide a Dios que quite de ella su castigo, la lepra. Dios asiente al pedido de Moisés y cura la lepra de Miriam. La plegaria de Moisés resulta entonces en una indulgencia de Dios para Miriam, que debe pasar siete días de penitencia fuera del campamento de Israel.

Isaías 1: 16-18 — ¡Lavaos, purificaos, apartad de mi vista la maldad de vuestros actos! ¡Cesad de hacer el mal, aprended a hacer el bien! ¡Buscad el derecho, socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda! Venid y conversemos –dice el Señor – Aunque vuestros pecado sean como escarlata, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, se volverán blancos como la lana.

Romanos 5: 9 — ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera!

Cuando alguien se arrepiente, Dios quita su culpa y todo castigo eterno, pero las penas temporales correspondiente pueden permanecer si Dios desea que la ofensa sea satisfecha. En este pasaje el apóstol Pablo afirma el valor de la sangre del sacrificio de Cristo tanto para la justificación como para la remisión de la justa cólera divina.

2 Samuel 12: 12-14 — Porque tú has obrado ocultamente, pero yo lo haré delante de todo Israel y a la luz del sol.” David dijo a Natán: “¡He pecado contra el Señor!” Natán le respondió: “El Señor, por su parte, ha borrado tu pecado: no morirás. No obstante, porque con esto has ultrajado gravemente al Señor, el niño que te ha nacido morirá sin remedio.”

David debe pasar por una purificación aún después de haber sido perdonado por sus pecados y es así como muere su hijo. Vemos que Dios disciplina a David aun después de perdonarlo, tal cual lo hacen a veces los padres humanos con sus propios hijos. La indulgencia es la remisión del merecido castigo por las acciones del pecador. Dios perdonó a David, hasta el punto de salvar su vida, pero David todavía tuvo que sufrir la pérdida de su hijo además de otros castigos temporales.

Números 14: 13-23 — Pero Moisés respondió al Señor: “Cuando oigan la noticia los egipcios –de cuyo país sacaste a este pueblo gracias a tu poder– se la pasarán a los habitantes de esa tierra. Ellos han oído que tú, Señor, estás en medio de este pueblo; que te dejas ver claramente cuando tu nube se detiene sobre ellos; y que avanzas delante de ellos, de día en la columna de nube, y de noche en la columna de fuego. Si haces morir a este pueblo como si fuera un solo hombre, las naciones que conocen tu fama, dirán: ‘El Señor era impotente para llevar a ese pueblo hasta la tierra que le había prometido con un juramento, y los mató en el desierto’. Por eso, Señor, manifiesta la grandeza de tu poder, como tú lo has declarado, cuando dijiste: ‘El Señor es lento para enojarse y está lleno de misericordia. Él tolera la maldad y la rebeldía, pero no las deja impunes, sino que castiga la culpa de los padres en los hijos y en los nietos hasta la cuarta generación’. Perdona, por favor, la culpa de este pueblo según tu gran misericordia y como lo has venido tolerando desde Egipto hasta aquí”. El Señor respondió: “Lo perdono, como tú me lo has pedido. Sin embargo –tan cierto como que yo vivo, y que la gloria del Señor llena toda la tierra– ninguno de los hombres que vieron mi gloria y los prodigios que realicé en Egipto y en el desierto, ninguno de los que ya me han puesto a prueba diez veces y no me han obedecido, verá la tierra que prometí a sus padres con un juramento; no la verá ninguno de los que me han despreciado.

Dios afirma que, aunque perdonaba al pueblo, les impondría una pena temporal al impedirles entrar a la tierra prometida.

Números 20: 12 — Dijo Yahveh a Moisés y Aarón: “Por no haber confiado en mí, honrándome ante los israelitas, os aseguro que no guiaréis a esta asamblea hasta la tierra que les he dado.”

Aunque Moisés es evidentemente una de las almas salvadas por Dios (como se expresa en Mateo 17: 1-5), se le dice que sufrirá una pena temporal. Existen suficientes razones para sostener que las penas temporales pueden permanecer luego de que un pecado es perdonado.

Daniel 4: 24 — Por eso, rey, acepta mi consejo: redime tus pecados con la justicia y tus faltas con la misericordia hacia los pobres; tal vez así tu prosperidad será duradera.

La expiación por los pecados es necesaria. Los dones de caridad siempre se han asociado con la expiación de los pecados.

2 Macabeos 12: 42-45 — […] e hicieron rogativas pidiendo que el pecado cometido quedara completamente borrado. El noble Judas exhortó a la multitud a que se abstuvieran del pecado, ya que ellos habían visto con sus propios ojos lo que había sucedido a los caídos en el combate a causa de su pecado. Y después de haber recolectado entre sus hombres unas dos mil dracmas, las envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. El realizó este hermoso y noble gesto con el pensamiento puesto en la resurrección, porque si no hubiera esperado que los caídos en la batalla fueran a resucitar, habría sido inútil y superfluo orar por los difuntos. Además, él tenía presente la magnífica recompensa que está reservada a los que mueren piadosamente y este es un pensamiento santo y piadoso. Por eso, mandó ofrecer el sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran librados de sus pecados.

Orar por la remisión de los pecados de los muertos no es para nada una costumbre medieval. Es una antiquísima costumbre que se remonta, por siglos, a los tiempos anteriores a Cristo. Esta acción del noble Judas Macabeo no puede ser entendida sin entender también que existe un estado intermedio en el que los muertos pagan por sus faltas después de esta vida terrenal. Resumiendo, las oraciones de Judas Macabeo buscan la indulgencia divina por las faltas aún no expiadas de sus camaradas muertos.

Génesis 17: 6-8 — Cuando Abram tenía noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: “Yo soy el Dios Todopoderoso. Camina en mi presencia y sé irreprochable. Yo haré una alianza contigo, y te daré una descendencia muy numerosa.” Abram cayó con el rostro en tierra, mientras Dios le seguía diciendo: “Esta será mi alianza contigo: tú serás el padre de una multitud de naciones. Y ya no te llamarás más Abram: en adelante tu nombre será Abraham, para indicar que yo te he constituido padre de una multitud de naciones. Te haré extraordinariamente fecundo: de ti suscitaré naciones, y de ti nacerán reyes. Estableceré mi alianza contigo y con tu descendencia a través de las generaciones. Mi alianza será una alianza eterna, y así yo seré tu Dios y el de tus descendientes. Yo te daré en posesión perpetua, a ti y a tus descendientes, toda la tierra de Canaán, esa tierra donde ahora resides como extranjero, y yo seré su Dios”.

Dios bendice a determinadas personas para recompensar la justicia de otras. Dios dijo a Abraham que de él saldrían naciones y reyes, que Dios haría un pacto con sus descendientes, y que ellos heredarían la tierra prometida. Todas estas bendiciones vinieron sobre los descendientes de Abraham como recompensa de Dios al mismo Abraham. Es necesario entender este principio para entender como se aplican las indulgencias. En el caso de la Iglesia, las indulgencias son parte del tesoro de justicia que Jesucristo y los santos han depositado en ella y que se usa para beneficio de los pecadores arrepentidos según el criterio que la autoridad de la Iglesia determina. Así como la conducta de Abraham afecta beneficiosamente a sus descendientes, también la justicia de Cristo y de los santos afecta de la misma manera a la Iglesia, que desciende espiritualmente de ambos: Abraham y Cristo.

Mateo 16: 19 — Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Jesús le promete a San Pedro que las acciones que tome la Iglesia serán respetadas y apoyadas por Dios mismo.

Eclesiástico (Sirac) 16: 11 — Aunque fuera uno solo el hombre obstinado, sería un milagro que quedara impune, porque en El [Dios] está la misericordia, pero también la ira, El [Dios] es tan fuerte para el perdón como pródigo para la ira.

Lucas 7: 44-50 — […] y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.” Y le dijo a ella: “Tus pecados quedan perdonados.” Los comensales empezaron a decirse para sí: “¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?” Pero él dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz”.

El amoroso acto de penitencia de la pecadora resulta en el perdón de sus pecados. Jesús otorgó el perdón a esta mujer porque El posee la autoridad para hacerlo como Hijo de Dios. Jesucristo ha otorgado esa misma autoridad a la Iglesia. La mujer mostró una contrición extraordinaria y genuina al ungir y besar los pies de Cristo. Dios otorga el perdón de los pecados a quienes se arrepienten sinceramente y hacen penitencia por sus errores. La indulgencia o remisión del justo castigo es otorgada por Dios luego de que los pecados han sido perdonados.

Una indulgencia no es meramente perdón, sino una remisión que la Iglesia otorga de la pena temporal que corresponde por un pecado que ya ha sido perdonado según la justicia de Dios. La Iglesia expide la indulgencia mediante la aplicación de los méritos de Cristo y de los santos, tesoro de Dios que la Iglesia misma administra. Al conceder una indulgencia, la autoridad que la otorga — el papa o un obispo — obra en justicia porque tiene jurisdicción en la Iglesia y puede dispensar gracia que obtiene del tesoro espiritual con el cual se salda la deuda adquirida.

La Iglesia no crea o posee la gracia que dispensa en las indulgencias sino que administra el depósito que Dios le ha confiado. Esto se hace en consonancia con los designios de la divina misericordia y según lo requiere la justicia de Dios. La autoridad eclesiástica determina la cantidad de cada concesión, como también las condiciones que el penitente debe cumplir si desea ganar la indulgencia. Las indulgencias están fundamentadas en solidos principios bíblicos. Son una muestra de la misericordia y la generosidad de Dios que ha dado a la Iglesia el poder de extenderlas. El Papa Pablo VI declaró:

Encíclica Indulgentiarum Doctrina, 9-11 — “Hoy también la Iglesia invita a todos sus hijos a que mediten y consideren el gran valor del uso de las indulgencias para la vida individual y para el fomento de la sociedad cristiana. […] Afirmada en estas verdades, la santa Madre Iglesia, recomienda nuevamente a los fieles el uso de las indulgencias, como práctica muy grata al pueblo cristiano a lo largo de muchos siglos y también en nuestros tiempos, como lo prueba la experiencia.”

La práctica de las indulgencias está de acuerdo con las Escrituras y es en verdad un tesoro de gracia y misericordia que Dios ha dado a la Iglesia y por el cual debiéramos estar muy agradecidos.

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