Introducción a la Apologética Católica

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Introducción

En esta obra trataremos dos temas íntimamente relacionados: la Sagradas Escrituras y la Fe Católica. La intención de esta introducción es presentar brevemente varios tópicos que tienen que ver con estos dos temas principales. A manera de introducción definiremos cómo los católicos ven la Biblia, de qué manera creemos en ella, por qué creemos que las Escrituras son Palabra de Dios inspirada y sin error y — un tema muy importante — por qué los católicos creemos que el único camino para probar lógica y racionalmente que las Escrituras son efectivamente la Palabra de Dios corre paralelamente al camino que la Iglesia Católica ha recorrido desde sus principios en el año 33 a.D.

Aquellos que están dispuestos a creer en la Biblia encontrarán aquí las razones para creer también en la Iglesia Católica, la dueña legítima de las Sagradas Escrituras, que produjo, guardó y dio al mundo ese magnífico testimonio de Dios; ya que la Biblia es y siempre será un libro católico que es testimonio de Dios que llega a nosotros por medio de la Iglesia. No se puede creer en las Escrituras sin creer en la Iglesia, cuyos santos y sabios la escribieron inspirados por el Espíritu Santo, cuyos fieles la guardaron y estudiaron con reverencia a través de los siglos. Es por lo tanto imposible separar Biblia e Iglesia.

Al continuar, el lector apreciará cómo el tratamiento católico de la Palabra de Dios puede abrir las puertas de la Iglesia a aquellos que — teniendo fe en Jesucristo — buscan toda la verdad de Dios y la salvación de sus almas. Entender las Escrituras correctamente acerca al hombre a la salvación, así como el rechazo de las verdades divinas expresadas en las Escrituras conduce a la destrucción del alma. San Pedro nos advierte de este peligro:

2 Pedro 2: 1-3 — Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras y hasta negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos una rápida destrucción. Muchos seguirán su proceder disoluto, y por causa de ellos el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia os envolverán con palabras falsas. Sobre esos pesa hace tiempo la condena que no se tarda y su perdición no duerme.

2 Pedro 3: 15-18 — Tened en cuenta que la paciencia del Señor es para nuestra salvación, como os ha escrito nuestro hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le ha sido dada, y lo repite en todas las cartas donde trata este tema. En ellas hay pasajes difíciles de entender, que algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente – como, por otra parte, lo hacen con el resto de la Escritura – para su propia perdición. Hermanos míos, vosotros estáis advertidos. Manteneos en guardia, no sea que, arrastrados por el extravío de quienes hacen el mal, perdáis vuestra firmeza. Creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡A él sea la gloria, ahora y en la eternidad!

Según San Pedro, tenemos el deber de “mantenernos en guardia” creciendo en “la gracia y el conocimiento” de Jesucristo. San Jerónimo — el primer traductor católico del Antiguo Testamento — lo dijo claramente: “Ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo.”[1]

Sin embargo nuestro deber no se circunscribe a nuestra propia salvación. También debemos trabajar para comunicar esa salvación a otros. Eso es en esencia “la gran comisión” que se encarga a todo cristiano. Ciertamente los obispos, sacerdotes, y otros religiosos en la Iglesia trabajan con un objetivo en mente: la salvación de las almas. Sin embargo, eso no exime a los laicos de su responsabilidad de llevar el Evangelio a otros, ya que todos somos instrumentos que Dios usa para salvar a quienes le buscan. Para cumplir bien esa obligación en esta era, es fundamental conocer las Escrituras y saber usarlas en la defensa de la fe.

Encontraremos en nuestro camino a muchos que dicen creer en Cristo y que erradamente afirman que las Sagradas Escrituras son la autoridad final en la búsqueda de la verdad. Muchos de esos creyentes desarrollan una admirable destreza en el manejo de ciertas partes de las Escrituras. También es cierto que dichas personas generalmente tienen en menos a los católicos, ya que pocos católicos ‘de a pie’ pueden defender su fe con habilidad y precisión. Esto da a los ‘cristianos bíblicos’ una cierta falsa seguridad en su propia fortaleza. Como católicos queremos encontrar a esas personas justamente donde ellos creen ser más fuertes. Así recuperamos para nuestro tiempo una vieja tradición de la Iglesia, afirmada por Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes expositores de las Escrituras que la Iglesia ha dado. El gran Aquinate tenía gran cuidado de conocer los argumentos de sus adversarios, hasta el punto que, habiéndolos estudiado bien, mejoraba y pulía las razones de sus oponentes para mejor contrastarlas con las verdades de la Iglesia que él tan hábilmente como modestamente exponía.

El mal conocimiento de las Escrituras es malo en quienes siendo “ignorantes e inestables” las   “interpretan torcidamente,” pero también puede afectar al católico que permanece voluntariamente en la ignorancia y luego es arrastrado fuera de la Iglesia por argumentos espurios a los que no puede responder.

Así, alguien puede acercarse a un católico mal preparado y citarle Exodo 20:4 “No te harás imágenes” y reprocharle la costumbre católica de usar imágenes de Jesús, de la Virgen y de los santos ¿Cómo se defenderá el católico mal preparado? San Pedro ya nos ha aconsejado sobre situaciones así.

1 Pedro 3: 15 — Santificad a Cristo en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa, con mansedumbre y reverencia, ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.

La expresión que en nuestro idioma se traduce “presentar defensa” (gr. apologia) está relacionada con la palabra española “apologética” que viene del latín eclesial apologetĭcus, que a su vez viene del griego ἀπολογητικός apologētikós que son los argumentos que se exponen para probar la verdad de una religión, o propuesta filosófica.[2]

Entonces, cuando algún ‘cristiano bíblico’ nos espeta que en Mateo 23:9 el mismo Jesucristo prohíbe el uso religioso de la palabra “padre” ¿qué le responderemos? O quizás se nos desafíe con argumentos como “¡Hay tantas tradiciones católicas que no están mencionadas en la Biblia! sotanas negras, agua bendita, mantillas, la señal de la Cruz, el Crucifijo, y tantas otras … el Señor Jesús ha condenado las tradiciones de hombres … etc.” De ahí surge la necesidad para el laico católico de conocer suficientemente las Escrituras como para poder responder con precisión, con autoridad y dignamente; o al menos tener a mano este mismo libro y una buena Biblia católica para poder encontrar el tópico en el índice y ver cómo enfrentar la situación.

Dios nos ha creado para conocerle, para amarle y para servirle lealmente en este mundo para que podamos ser partícipes de su felicidad en el cielo. La primera de esas obligaciones es conocer a Dios, o sea tener buen conocimiento de Dios. Comenzamos por conocerle escuchando su Palabra en la Misa y leyendo las Escrituras. Así vamos aprendiendo, alimentando con conocimiento de Dios nuestro intelecto para poder amarle mejor y servirle.

Las Escrituras y la Iglesia

Una importante misión de la Iglesia es enseñar las cosas de Dios a su pueblo. Y allí nuestro ‘cristiano bíblico’ nos responde que ya no necesita a la Iglesia Católica porque él ya tiene las Escrituras. En su inocencia, nuestro interlocutor nos muestra que ignora que la Biblia es un libro católico, escrito por católicos, para católicos; un libro que salió de la Iglesia Católica, que la Iglesia preservó y que con legítimo   derecho le pertenece a los católicos. Fue la misma Iglesia Católica la que determinó qué libros pertenecían al canon inspirado y qué libros quedarían fuera de esa lista.[3] Por todas esas razones sería ilógico creer en las Escrituras sin creer al mismo tiempo en la Iglesia que las recopiló, sancionó su canon, y las presentó al mundo.

Nuestro amigable ‘cristiano bíblico’ quizás esté al tanto de la ignorancia generalizada de las Escrituras entre los laicos católicos y por eso quizás se sienta movido a decir: “nosotros los cristianos bíblicos apreciamos y exaltamos este tesoro que los católicos ignoran y no aprecian.” Y aquí debemos admitir que algo de razón tiene ¡porque el mismo propósito de este libro es ayudar a revertir esa deplorable situación! Pero aún así podemos decir que las Escrituras están presentes a diario en la Santa Misa. Eso que los lectores leen en voz alta desde el podio, es la Biblia; no hay parte alguna de la Misa que no esté relacionada con las Escrituras.

Lamentable es comprobar que muchos católicos nunca lo han notado aunque escucharan esas palabras piadosa y diligentemente. Cuando rezamos el Rosario, los misterios están conectados con escenas y enseñanzas de la Biblia. De la misma forma muchísimas devociones católicas, novenas, breviarios, oraciones, indulgencias, frases sacramentales, etc. respiran las mismas Sagradas Escrituras aunque la atención de algunos no alcance para ver la conexión entre la devoción práctica y la Escritura misma. Es así como la Sagrada Tradición guardada en la Iglesia en miríadas de formas “viaja” en el tiempo indisolublemente atada a la verdad inerrante e inspirada de las Escrituras. En el pasado, cuando agnósticos y herejes comenzaron descaradamente a apuntar a supuestos “errores y contradicciones” en la Biblia, ha sido siempre la Iglesia la que ha salido en su defensa. En esto podemos decir que la Iglesia Católica jamás ha borrado una sola letra de la Sagrada Biblia porque estuviera en contradicción con sus tradiciones ¡Jamás suceda eso! Sin embargo la abrumadora mayoría de esos ‘cristianos bíblicos’ tienen en sus bibliotecas una copia de la Biblia donde faltan libros que ni Jesucristo, ni sus santos apóstoles jamás negaron. Esos libros fueron removidos del canon — quince siglos después que Cristo caminara esta tierra — por un grupo de disidentes alemanes cuyos descendientes espirituales hoy creen, muy erróneamente, que son ellos quienes respetan y defienden la integridad de las Escrituras.

Infalibilidad doctrinal de las Escrituras

La Iglesia enseña que las Escrituras son inerrantes e infalibles en todo lo que enseñan. La Iglesia impulsa, exhorta y premia la lectura asidua de las Escrituras, además felicita y bendice al estudiante fiel y responsable de las mismas. Creemos como Iglesia que Dios es el autor de las Escrituras y como toda su obra, las Escrituras son perfectas y verdaderas en todo lo que expresan sin excepción alguna, siendo además esenciales para la salvación de los fieles. Esa es la enseñanza eterna de la Iglesia en lo que toca a las Escrituras.

Encíclica del Papa León XIII, Providentíssimus Deus, 1 — La providencia de Dios, que por un admirable designio de amor elevó en sus comienzos al género humano a la participación de la naturaleza divina y, sacándolo después del pecado y de la ruina original, lo restituyó a su primitiva dignidad, quiso darle además el precioso auxilio de abrirle por un medio sobrenatural los tesoros ocultos de su divinidad, de su sabiduría y de su misericordia. Pues aunque en la divina revelación se contengan también cosas que no son inaccesibles a la razón humana y que han sido reveladas al hombre, “a fin de que todos puedan conocerlas fácilmente, con firme certeza y sin mezcla de error, no puede decirse por ello, sin embargo, que esta revelación sea necesaria de una manera absoluta, sino porque Dios en su infinita bondad ha destinado al hombre a su fin sobrenatural.” “Esta revelación sobrenatural, según la fe de la Iglesia universal,” se halla contenida tanto “en las tradiciones no escritas” como “en los libros escritos,” llamados sagrados y canónicos porque, “escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor y en tal concepto han sido dados a la Iglesia.” Eso es lo que la Iglesia no ha cesado de pensar ni de profesar públicamente respecto de los libros de uno y otro Testamento. Conocidos son los documentos antiguos e importantísimos en los cuales se afirma que Dios — que habló primeramente por los profetas, después por sí mismo y luego por los apóstoles — nos ha dado también la Escritura que se llama canónica, y que no es otra cosa sino los oráculos y las palabras divinas, una carta otorgada por el Padre celestial al género humano, en peregrinación fuera de su patria, y transmitida por los autores sagrados. Siendo tan grande la excelencia y el valor de las Escrituras, que, teniendo a Dios mismo por autor, contienen la indicación de sus más altos misterios, de sus designios y de sus obras, síguese de aquí que la parte de la teología que se ocupa en la conservación y en la interpretación de estos libros divinos es de suma importancia y de la más grande utilidad.

La Iglesia sabe que por voluntad de Dios, todos sus Santos Sacramentos han quedado expresados en las Escrituras. El Santísimo Sacramento de la Eucaristía en el Evangelio de Juan:

Juan 6: 53 — Entonces Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

El Sacramento de la Reconciliación …

Juan 20: 23 — A quienes perdonéis los pecados, éstos les son perdonados; a quienes retengáis los pecados, éstos les son retenidos.

Y de la Unción de los Enfermos …

Santiago 5: 14 — ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llamad a los presbíteros de la iglesia, y orad por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor.

El Bautismo y la Regeneración Bautismal …

Juan 3: 5 — Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.

Marcos 16: 9-20 — Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado.

Es así como todos los dogmas de la fe surgen del simple significado de las Escrituras en el contexto de la Sagrada Tradición de la Iglesia avalados por la autoridad recibida por los apóstoles de Cristo mismo y transmitida a través de los siglos en esa institución sagrada que hoy conocemos como la Santa Iglesia Católica.

Muchos descreen de este último versículo citado (Marcos 16:9-20) y lo juzgan espurio, insertado en las Escrituras con la intención de confundir ¿Por qué creen así? Porque esta parte de los Evangelios que Marcos nos presenta como palabra directa de Jesús, resulta inconveniente a los seguidores de la doctrina de Lutero: “una vez salvo, siempre salvo.” Aquí es necesario hacer una pausa y analizar cuidadosamente esa creencia promovida por una persona, un monje agustino y sacerdote católico, que vivió quince siglos después de Cristo.

Veamos entonces que si alguien declara esta parte de la Escritura como “errada” o “dudosa” — ¡o peor! supuestamente insertada aviesamente para promover el error— esa persona está implícitamente renegando de la inerrancia de las Escrituras. Si además esa persona remueve adrede varios libros que formaban parte del canon de las Escrituras en tiempos apostólicos[4] ¿Cómo puede esa persona tan siquiera insinuar que la Iglesia Católica no le da suficiente honor a sus Escrituras? ¿Es que el ladrón que se robó la gallina puede acusar al dueño del ave por darle malos tratos al animal? Esta es una posición tan curiosa que de no ser tan grave hasta resultaría cómica. Se podría decir que es un típico caso de jutzpah. Esta es una palabra Yiddish que jocosamente se define como “la actitud de un hombre que, habiendo asesinado a sus padres, pide misericordia al juez por haberse quedado huérfano.” En buen español le diríamos “tener cara de piedra.”

Vemos entonces que la advertencia de San Pedro en 2 Pedro 2:13 no carece de fundamento. Las Escrituras pueden ser “torcidas” por falsos pastores resultando en la perdición de quienes las tuercen y también de sus seguidores. Es por eso que al preservar los manuscritos antiguos, al traducir de las lenguas originales, al enseñar en seminarios y colegios; hace falta la seguridad de la autoridad apostólica de la cual también depende la mismísima integridad de las Escrituras.

Es verdad que las Escrituras son traducidas y reproducidas por seres humanos imperfectos que cometen errores, o pueden tener malas inclinaciones. Por eso es necesario tener una autoridad colegiada que determine la integridad del trabajo de traductores, recopiladores y maestros. Como bien enseñan los Proverbios: “En la abundancia de consejeros está el saber.” (Proverbios 11:14)

Estudiar y comprender las Escrituras

Dios no puede ser ajeno a la predicación del Evangelio y fue él mismo en su divina providencia quien nos dejó la Iglesia como autoridad magisterial. La obra perfecta de Dios a través de los siglos no fue simplemente dejada en el mundo para ser interpretada por ilusos o ignorantes. La Palabra de Dios que santifica a los fieles en la verdad, no fue conservada por siglos en la Iglesia para que cualquiera haga con ese tesoro lo que mejor le parece ¿Qué dice Cristo?

Juan 17: 17 — Santifícalos en tu verdad; tu Palabra es la verdad.

El entendimiento de las verdades de Dios es un fruto del Espíritu Santo. Esa compresión puede ser cultivada con santas lecturas, estudio, y oración. Esto nos ayuda a captar el sentido de las doctrinas reveladas de la religión cristiana y nos enseña a gozar del encuentro con Dios en los misterios de la fe. Nos prepara para penetrar en el significado íntimo de la revelación que reaviva nuestra vida. Así nuestra fe deja de ser estéril, superficial, e inactiva; dando lugar al nacimiento de una nueva persona que es testimonio elocuente de la fe que la impulsa. Comenzamos así a caminar de una manera digna creciendo con alegría en el conocimiento de Dios.

En el caso de la Escritura, ¿cómo haremos para entenderlas correctamente ya que   “en ellas hay pasajes difíciles de entender, que algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente”? ¡Con certeza no queremos ser contados entre esos que tuercen el significado de las Escrituras por ignorancia o por maldad! Para eso tenemos la autoridad magisterial de la Iglesia, que siendo Madre y Maestra quiere para sus hijos lo mejor: la verdad, la vida, y la salvación. Dios no nos ha dejado solos en el mundo con un libro. El se ha quedado con nosotros y nos ha dado una comunidad, una familia que tiene ese libro como un tesoro, como un regalo de Dios; o tal cual dice el Papa León XIII: “una carta otorgada por el Padre celestial al género humano” que él nos envía mientras peregrinamos lejos de nuestra patria celestial.

De dónde viene la Biblia

Concluimos entonces que la Biblia es buena pero no es absolutamente suficiente para la salvación. Cristo fundó una Iglesia y luego esa Iglesia produjo la Biblia. Las Escrituras no cayeron de una nube, sino que son parte del testimonio vivo de los servidores de Dios a través de los siglos, testimonio que la Iglesia confirma por su autoridad recibida de Dios.

Sin la Iglesia Católica, los ‘cristianos bíblicos’ no pueden probar satisfactoriamente que la Biblia es la Palabra de Dios. Tienen fe natural y aceptan la Palabra de Dios como tal — eso no es malo — pero a la hora de dar el testimonio de la fe a los que no creen, las pruebas faltan porque les falta justamente el testimonio vivo de la Iglesia ¿Cómo funciona eso en la práctica? Lo analizaremos claramente a continuación. Para eso debemos retrotraernos a los primeros años de la Iglesia. En el contexto religioso del Imperio Romano, el cristianismo no tenía justamente lo que hacía falta para convertir al entero imperio. Y sin embargo lo hizo ¿Cómo? Esa es la más asombrosa de las pruebas históricas de la Divinidad de Cristo y de la autoridad de la Iglesia que él nos dejó.

Primeramente imaginemos a un griego o un romano, pagano, devoto de Marte, Mitra, Apolo, de la Bona Dea o de cualquier otro culto popular en el vasto imperio. Un cristiano se le acerca y le invita a hacerse cristiano. La religión es nueva para los contemporáneos de Cristo y es normal que la interpretaran más o menos así: “Cristo es un judío, hombre santo que fue crucificado por un procónsul romano en una lejana provincia del Imperio. Sus discípulos dicen que murió pero que Dios lo resucitó de entre los muertos. Cristo se hizo visible entre los hombres por un tiempo pero luego se fue al cielo y pronto volverá con gran poder y gloria para eliminar el mal y la muerte en toda la tierra. Mientras tanto Cristo permanece entre sus creyentes por medio de presentarse como pan y vino que son su carne y sangre, las cuales uno debe comer y beber (en la apariencia de pan y vino) para poder salvarse de la muerte eterna. Entretanto los que crean en semejante proposición y se hagan cristianos, corren serio riesgo de ofender a las autoridades y ser arrojados a las fieras del Circo Máximo después de haber sido golpeados y torturados.”

Viendo ese resumen desde el punto de vista pagano, podríamos decir que el cristianismo tuvo un marketing muy poco atractivo en sus principios. Y sin embargo, menos de trescientos años después de la Crucifixión, el Imperio ya era mayormente cristiano y los paganos estaban en retirada. La razón de ese triunfo debe buscarse en la Resurrección. Si Cristo no hubiera resucitado, sus apóstoles hubieran sido meros estafadores, cuenteros religiosos como han habido miles desde que el mundo es mundo. Sin embargo todos menos un apóstol murieron una muerte violenta por causa de su fe.

Lo primero que salta a la vista es que un mero santón, un encantador de serpientes cualquiera no se hace matar por las mentiras que predica. Entre quemarle un poquito de incienso al César y ser arrojado a las fieras, el cínico engañador religioso no jamás elige lo segundo. Muy distinto es el testimonio que los apóstoles dieron al mundo entero. Esos hombres que por décadas recorrieron el imperio haciendo milagros y predicando dejaron una impresión tremenda en la población, algo que los movió a seguir a Cristo hasta un martirio cruel. La prueba está para siempre en la historia: la Iglesia Católica Romana es la institución continua más antigua del mundo civilizado. Una cadena ininterrumpida de Pontífices, muchos de ellos mártires, son prueba irrefutable de su excepcionalidad.

Lo que transformó al mundo antiguo fue el mensaje y testimonio vivo de la Iglesia, mucho antes de que la Iglesia produjera ese cuerpo ordenado de Escrituras inspiradas que hoy llamamos “la Biblia.” La Iglesia es la hija de la Resurrección y fue predicada por los apóstoles y discípulos, quienes produjeron en su tiempo suficiente evidencia sobrenatural como para convertir a un mundo que agonizaba espiritualmente.

Que el cristianismo fuera adoptado por todo el Imperio Romano en apenas un par de siglos, es a todas luces un milagro histórico que nadie puede negar. Que la fe católica haya resistido fieras y crueles persecuciones, es mayor prueba que los cristianos primitivos estaban bien conscientes de la sobrenaturalidad de su fe, fundamentada en la convicción que Cristo había resucitado de entre los muertos, dando testimonio entre ellos por medio de milagros y la enseñanza incorrupta de los apóstoles y sus sucesores.

La Iglesia es una desde el principio

Cuando observamos el testimonio que sobrevive de los padres apostólicos, aquellos que aprendieron la fe a los pies de los mismos apóstoles que Cristo envió, podemos ver en sus palabras una Iglesia y no varias. Esa Iglesia es a todas luces católica: con sus obispos, presbíteros, diáconos, santos, el culto de María Santísim, con su Pontífice Romano, sus Santas Misas, confesiones, penitencias, sacramentos, indulgencias, etc. En esa descripción escrita en la primera mitad del siglo segundo, se describe la Santa Misa como se celebraba entonces. El autor es San Justino, que vivió en la primera mitad del siglo II. Nótese el entusiasmo de la fe de Justino al explicar a un pagano la Santa Misa. Nótese asimismo que los elementos básicos de la celebración eucarística no han cambiado. Justino escribe esto aproximadamente unos cien años después de la muerte de Cristo y unos cincuenta años después de la muerte del último de los doce apóstoles y aproximadamente un siglos y medio antes del emperador Constantino.

San Justino, Mártir. Primera Apología §LXVII —”Terminadas las oraciones, intercambiamos el beso de la paz. Se presenta, entonces, al que oficia para los hermanos, pan y un vaso de agua y vino, y él tomándolos da alabanzas y gloria al Padre del universo por el nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo, y pronuncia una larga acción de gracias en razón de los dones que de él nos vienen. Cuando el oficiante termina las oraciones y la acción de gracias, el pueblo presente asiente diciendo: “Amén.” Ya dadas las gracias y hecha la aclamación por el pueblo, los que entre nosotros se llaman diáconos ofrecen a cada uno de los asistentes parte del pan, el vino, el agua, sobre los cuales se pronunció la acción de gracias, y la llevan a los ausentes. Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, y no es lícito participar de ella a quién no cree en la verdad enseñada por nosotros y ya se haya lavado en el bautismo de la remisión de los pecados y de la regeneración, confesando lo que Cristo nos enseñó. Porque no tomamos estas cosas como pan y bebida comunes, sino de la misma forma que Jesucristo, nuestro Señor, se hizo carne y sangre por nuestra salvación, así también se nos enseñó que por virtud de la oración del Verbo, el alimento sobre el cual fue dicha la acción de gracias — alimento transformado por el cual se nutren nuestra sangre y nuestra carne — es la carne y la sangre de aquel mismo Jesús encarnado. Y fue así que los apóstoles, en las memorias por ellos escritas, llamadas Evangelios, nos transmitieron lo que les había sido encomendado hacer, cuando Jesús, tomando el pan y dando gracias, dijo: “Haced esto en memoria mía, esto es mi cuerpo.” E igualmente, tomando el cáliz y dando gracias, dijo: “Esta es mi sangre” la cual solamente a ellos dio a participar. En el día del Sol (domingo) se celebra una reunión de los que viven en las ciudades y en los campos y allí se leen, cuanto el tiempo permite, las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas. Apenas el lector termina, el oficiante nos exhorta e invita a imitar tales bellos ejemplos. Entonces nos levantamos y elevamos en conjunto nuestras alabanzas, después de las cuales, como ya he dicho se ofrecen pan, vino y agua. El oficiante también, en la medida de su capacidad, hace elevar a Dios sus alabanzas y acciones de gracias, respondiendo todo el pueblo ‘Amén.’ Luego se distribuye a cada uno de los alimentos consagrados por la acción de gracias, y se envía a los enfermos por medio de los diáconos. Los que tienen, y quieren, dan lo que les parece, conforme su libre determinación, y la colecta se entrega al oficiante, que así auxilia a los huérfanos y viudas, los enfermos, los pobres, los encarcelados, los forasteros, constituyéndose, en una palabra, en el proveedor de cuantos se encuentran en necesidad.”

Fundación de la Iglesia

Circulan entre los sectarios y los ‘cristianos bíblicos’ historias no sustanciadas indicando que la Iglesia Católica Romana fue fundada por el emperador Constantino. Nada más alejado de la verdad histórica. Constantino fue el primero en decretar la tolerancia religiosa en el Imperio. Emperadores anteriores y recientes, tanto Galerio como Diocleciano habían perseguido cruelmente a la Iglesia. Mediante el edicto de Milán — cuyo texto se conserva — Constantino hizo oficial la intención del Imperio Romano de no perseguir a la Iglesia. En ese entonces el Papa Silvestre era el obispo de Roma. La Iglesia obviamente ya existía y si Constantino la hubiera fundado y se hubiera hecho a sí mismo Papa, habría algún documento o testimonio de semejante acción por demás revolucionaria. El Edicto de Milán declaró la libertad de cultos para todas las religiones del Imperio, lo cual incluía a los cristianos de entonces. Gracias al decreto de tolerancia se pudo convocar al Concilio de Nicea para tratar el asunto de la herejía arriana. El Credo Niceno proviene de ese concilio. Es común escuchar otra falsa aseveración: que Constantino hizo que el cristianismo la religión oficial del Imperio. Esa medida la tomó un emperador posterior a Constantino, el emperador Teodosio.

Teniendo en cuenta lo que se ha considerado hasta aquí, podemos definir — con precedentes muy justificados — lo siguiente: quienes se proponen crear una iglesia a gusto propio siempre necesitan modificar la Historia y las Escrituras. Quienquiera estudie las Sagradas Escrituras, la Sagrada Tradición y el registro histórico de la humanidad, encuentra a la Iglesia y a su misión. John Henry Newman, ilustre converso, erudito y Cardenal de la Iglesia dijo una vez: “Entrar en la profundidad de la Historia es cesar de ser Protestante.” Y esto quizás suscita la pregunta: “¿Por qué entonces hay tantos historiadores protestantes, eruditos en patrística y teólogos que nunca se convirtieron al catolicismo?”

Esa pregunta habría que hacérsela a quienes, conociendo la falsedad de muchas proposiciones de los ‘cristianos bíblicos’ están conformes de seguir asociados a esas creencias. No existe el derecho humano al error. El hombre ha sido creado para la verdad y la verdad no es meramente una “cosa” o un “concepto.” Para nosotros, hombres de carne y hueso, la verdad es una Persona, Jesucristo, el Señor de la Historia, para quien y por medio de quien Dios el Padre creó todas las cosas. Aceptar que uno fue creado para servir a la verdad y no para vivir una mentira, es primeramente una gracia, o sea un don de Dios que debe ser recibido por el intelecto y el espíritu humanos.

Lumen Gentium, 16 — […] Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuánto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio y otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida. Pero con mucha frecuencia los hombres, engañados por el Maligno, se envilecieron con sus fantasías y trocaron la verdad de Dios en mentira, sirviendo a la criatura más bien que al Creador (cf. Romanos 1:21-25) o, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, se exponen a la desesperación extrema. Por lo cual la Iglesia, acordándose del mandato del Señor, que dijo: “Predicad el Evangelio a toda criatura” (Marcos 16:5) procura con gran solicitud fomentar las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos éstos.

Quienes, viendo y entendiendo con claridad que la verdad de Nuestro Señor Jesucristo existe en la Iglesia Católica y por razones personales decide conscientemente no servir a Dios en la Iglesia, condena su alma pues ha rechazado la verdad y elegido vivir falsamente. Es por eso que la Iglesia espera, que en tiempos venideros, por medio de una inimaginable acción de la misericordia divina, Dios se acerque a los hombres y haga naturalmente evidente la verdad de su Iglesia, para que todos puedan decir con el centurión que reconoció al pie de la Cruz: “En verdad este hombre era Hijo de Dios.” (Marcos 15:39) Pero hasta que llegue ese momento, valen las palabras de Jesucristo: “El que conmigo no está, está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama.”

Es en el momento de fundar la Iglesia que Cristo requiere de sus discípulos ese reconocimiento. Oculta en una pregunta, está la enseñanza:

Mateo 16: 13-19 — Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Y ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; pero otros, Jeremías o uno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo , el Hijo del Dios viviente. Y Jesús, respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos. [5]

He aquí la verdadera fundación de la Iglesia por Cristo, la piedra fundamental, que elige a Simón el pescador y cambia su nombre a Pedro, para que sea la roca sobre la cual se asentarán las futuras generaciones de la Iglesia en la tierra. Esta fundación se hace no sobre la fe de Pedro, o sobre su intelecto, talento administrativo, educación, posición social, o cualquier otra calificación, sino sobre el cargo que Dios le da como mayordomo de su casa. Dios es quien está a cargo de la Iglesia.

Esa tarde en Cesarea, Cristo restauró la casa real de Israel tal como Dios se lo había prometido a David.

Isaías 11: 1-5 — Y brotará un retoño del tronco de Jesé y una ramita de sus raíces dará fruto. Y reposará sobre El el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del Señor. Se deleitará en el temor del Señor y no juzgará por lo que vean sus ojos, ni sentenciará por lo que oigan sus oídos; sino que juzgará al pobre con justicia, y fallará con equidad por los oprimidos de la tierra; herirá la tierra con la vara de su boca, y con el soplo de sus labios matará al impío. La justicia ceñirá sus lomos y la fidelidad su cintura.

Y al restaurar la casa real de David también nombró sobre ella un mayordomo, un visir que actúa con la autoridad del rey de Reyes. Dios ha ocultado grandes verdades en el Antiguo Testamento para revelarlas en el Nuevo. Este es uno de los casos en que el Antiguo Testamento contiene un modelo de las cosas por venir en Cristo.

Isaías 22: 20-23 — Y sucederá en aquel día, que llamaré a mi siervo Eliaquim, hijo de Hilcías, lo vestiré con tu túnica, con tu cinturón lo ceñiré, tu autoridad pondré en su mano, y llegará a ser un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Entonces pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; cuando él abra, nadie cerrará, cuando él cierre, nadie abrirá. Lo clavaré como clavija en lugar seguro, y será un trono de gloria para la casa de su padre.

La Iglesia es una avanzada del Reino de Dios en la tierra, para que Jesucristo “domine en medio de sus enemigos” (Salmo 110:2) mientras que Pedro y sus sucesores son los que administran los intereses del Rey hasta que él mismo regrese en Gloria.

Esta es la misma Iglesia cuya autoridad Martín Lutero rechazó en 1517. Ese rechazo tuvo consecuencias que seguramente Lutero no esperaba. En pocos años se multiplicaron las sectas. Siguiendo a Lutero un poco más tarde también Zwinglio en Suiza y Calvino en Ginebra rechazaron a la Iglesia. Los primeros protestantes rechazaron la autoridad papal en 1517. Doscientos años más tarde en 1717 la masonería europea rechazó a la Iglesia, al Papa, y a Cristo. Otros doscientos años más tarde en 1917 la Revolución Bolchevique llegaba al poder en Rusia, rechazando no tan solo a la Iglesia sino a Dios y a la religión en general.[6]

Los frutos de esa lejana rebelión que ya dura cinco siglos, son muy evidentes: el protestantismo está dividido en miles de ramas grandes y pequeñas. Desde el principio las constantes divisiones fueron la preocupación de Lutero, como lo expresa Calvino:

“Es de gran importancia que las divisiones que subsisten entre nosotros no deben ser conocidas para las edades futuras, porque nada puede ser más ridículo que nosotros, que nos hemos visto obligados a separarnos del mundo entero, tuviéramos tan mal acuerdo entre nosotros desde el comienzo de la Reforma.”[7]

En este mundo debemos vivir y predicar, un mundo en el que el error amenaza incluso con invadir la Iglesia, donde no faltan católicos mal formados, mal informados y sin un conocimiento profundo de su fe. Esta modesta obra pretende agrupar argumentos y citas de la Sagrada Escritura para iniciar a los católicos sinceros en los rudimentos de la defensa de la fe, pero también para alentar a otros que tienen fe en Cristo, a encontrar los tesoros de la Iglesia que Cristo fundó y de las Escrituras que esa Iglesia nos legó.

Hebreos 12: 22-29 — Por el contrario, vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la Jerusalén celestial, la ciudad del Dios viviente. Os habéis han acercado a millares y millares de ángeles, a una asamblea gozosa, a la iglesia de los primogénitos inscritos en el cielo. Os habéis acercado a Dios, el juez de todos; a los espíritus de los justos que han llegado a la perfección; a Jesús, el mediador de un nuevo pacto; y a la sangre rociada, que habla con más fuerza que la de Abel. Tened cuidado de no rechazar al que habla, pues si no escaparon aquellos que rechazaron al que los amonestaba en la tierra, mucho menos escaparemos nosotros si le volvemos la espalda al que nos amonesta desde el cielo. En aquella ocasión, su voz conmovió la tierra, pero ahora ha prometido: “Una vez más haré que se estremezca no sólo la tierra sino también el cielo.” La frase una vez más” indica la transformación de las cosas movibles, es decir, las creadas, para que permanezca lo que es inconmovible. Así que nosotros, que estamos recibiendo un reino inconmovible, seamos agradecidos. Inspirados por esta gratitud, adoremos a Dios como a él le agrada, con temor reverente, porque nuestro “Dios es fuego consumidor”.


[1] San Jerónimo; Comentarios sobre Isaías; Prólogo PL 24, 17.

[2] Ver ¿Qué es la apologética? en esta misma obra.

[3] Ver Canon de las Escrituras en esta misma obra.

[4] Los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento objetados mayormente por el Protestantismo son: El Libro de Tobías, El Libro de Judit, partes del Libro de Ester, del Libro de la Sabiduría, del Eclesiástico, Sirácida o Ben Sirac, del Libro de Baruc, La Carta de Jeremías en Baruc 6, partes del Libro de Daniel: La Oración de Azarías en Daniel 3:24-50, El Himno de los tres jóvenes en Daniel 3:51-90, La Historia de Susana en Daniel 13, La Historia de Bel y el Dragón en Daniel 14, El Libro I de los Macabeos, y el Libro II de los Macabeos.

[5] Para un tratamiento más completo del tema, ver en esta misma obra El Papado de Pedro.

[6] Ver en esta misma obra el capítulo Marxismo Cultural.

[7] Epistolario de Juan Calvino, §141, Carta a Philipp Melanchthon.

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